Opinión | Astroyoga
Enseñanza milenaria para aprender a parar y volver a casa
Muchas personas llegan al yoga buscando un beneficio físico y terminan quedándose porque sienten algo que no saben explicar con palabras

Yoga mecido por las olas. / REDACCIÓN
Aquí en Occidente solemos asociar el yoga con algo meramente físico: estirarnos, aliviar dolores musculares, mejorar la postura o relajarnos después de un día intenso. Y, sí, todo eso también es yoga. Pero la realidad es que el yoga es muchísimo más grande que eso. Para empezar, la propia palabra ‘yoga’ significa unión. Unión de la mente, el cuerpo y el espíritu.
Cuando practicamos yoga, a través de las asanas, las posturas, no solo estamos trabajando el cuerpo. Mientras nos movemos y respiramos, la mente empieza a aquietarse poco a poco, y algo muy profundo se acomoda dentro de nosotros. Es como si, sin darnos cuenta, también estuviéramos cuidando el alma. Por eso el yoga engancha. Muchas personas llegan buscando un beneficio físico y terminan quedándose porque sienten algo que no saben explicar con palabras. Algo que llama, que sostiene, que acompaña.
El yoga acaba convirtiéndose en una necesidad, no por obligación, sino porque te hace bien de una forma muy completa. Es una meditación en movimiento, una práctica de presencia, de escucha interna. En la esterilla aprendemos a habitar el cuerpo con respeto, a observar la mente sin juicio y a conectar con algo más grande que nosotros. Para mí, incluso, es una forma de rendirle culto a lo divino, a eso sagrado que nos atraviesa cuando estamos realmente presentes.
Por supuesto, los beneficios físicos están ahí: más fuerza, más flexibilidad, más equilibrio. Pero el verdadero regalo del yoga va mucho más allá. Es una experiencia que te transforma desde dentro, aunque no siempre de manera evidente. Te cambia la forma en la que te relacionas contigo, con los demás y con la vida.
Creo sinceramente que todo el mundo debería darle una oportunidad al yoga, sin expectativas, sin exigencias, simplemente con curiosidad y apertura. Como decía uno de los grandes maestros, BKS Iyengar, el yoga no transforma a las personas, sino que transforma los ojos con los que vemos. Y cuando cambia la mirada, todo lo demás empieza a cambiar también.
Me gustaría, valiéndome del poder de la palabra, acercar a todos vosotros lo que realmente es el yoga. No solo como una práctica física, sino como un camino de autoconocimiento, de calma y de coherencia con la vida que llevamos. El yoga es una enseñanza milenaria que ha atravesado siglos porque sigue siendo profundamente necesaria hoy. En un mundo que corre deprisa, que exige, que a veces nos desconecta de nosotros mismos, el yoga nos invita a parar, a escuchar, a volver a casa. A nuestro cuerpo, a nuestra respiración, a nuestro corazón.
Mi intención es transmitiros su esencia y sus valores, tocaros desde un lugar honesto y humano, para que podáis sentiros identificados, acompañados y comprendidos. Porque el yoga no es para unos pocos: es para quien se siente cansado, para quien busca equilibrio, para quien quiere vivir con más conciencia y menos ruido interior.
Quiero que descubráis cómo esta práctica puede beneficiar vuestra vida cotidiana, cómo podéis utilizar sus enseñanzas a vuestro favor: para gestionar el estrés, para cuidar vuestro cuerpo con respeto, para relacionaros mejor con vosotros mismos y con los demás. No hace falta experiencia previa, ni flexibilidad, ni saber «hacerlo bien». Solo hace falta abrirse a sentir.
Ojalá estas palabras despierten vuestra curiosidad y os animen a explorar el yoga no como una moda, sino como una herramienta profunda y transformadora. Porque, cuando algo toca el corazón, deja de ser una práctica… y se convierte en un compañero de vida.
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