Opinión | Levedades
El piano como ataúd
El sonido nació dos veces. La primera, como mero fenómeno físico; la segunda, mucho después, como acontecimiento íntimo, como experiencia personal. Durante millones de años, las ondas viajaron sin destino, igual que cartas sin buzón. Rebotaban en superficies que ni siquiera sabían que estaban siendo golpeadas. Era un mundo lleno de un estrépito ausente. Hasta que, en algún punto remoto de la evolución, una membrana auditiva tembló ante su presencia. Y en ese instante, lo que era pura agitación se convirtió en aviso.
El primer sonido escuchado debió de ser un error, producto de alguna interferencia cósmica. Pero ese error inauguró una forma nueva de estar en el mundo: había que atender. Escuchar implicaba riesgo. Donde había sonido, había advertencia. Donde había advertencia, había promesa o amenaza. Con el tiempo, el sonido aprendió a ordenarse. Se convirtió en ritmo, en repetición, en esa arquitectura precaria que llamamos música. Y con la música apareció un artefacto singular: el piano. A diferencia de otros instrumentos, el piano no se sopla ni se rasga: se abre y se golpea. Su cuerpo es una caja de madera con tapa, como un cofre excesivo o, más exactamente, como un ataúd. Dentro, unas cuerdas tensas esperan el golpe de unos pequeños martillos que, al ser accionados, producen una vibración que recuerda, vagamente, a un latido domesticado. Quizá el piano tiene algo de ataúd porque el sonido, en él, no nace, sino que resucita, se pone en pie, como Lázaro al abandonar la tumba. Cada tecla abre una pequeña compuerta y deja salir una voz que estaba contenida. Y esa voz, una vez emitida, comienza a morir. Porque todo sonido, incluso el más hermoso, lleva dentro su muerte. Se extingue casi en el momento de afirmarse.
Tocar el piano consiste administrar pequeñas resurrecciones sucesivas. El intérprete levanta la tapa, como quien destapa un féretro, y permite que las notas salgan al mundo para desvanecerse en él. Cuando el concierto termina, el pianista baja la tapa con un gesto que no es muy distinto del de cerrar los ojos de un cadáver. A veces trato de imaginar el final del oído. Las vibraciones seguirían existiendo, pero volverían a ser un fenómeno sin destinatario. Un ruido sin historia.
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