Opinión | Mujeres interesantes
María Martínez
Doña Isabel, amante real en Murcia
Se pueden contar las reinas y regentes españolas que gobernaron, veinticinco a partir de la regencia de Toda de Pamplona en el lejano siglo X a la más cercana de María Cristina de Habsburgo hasta principios del siglo XX.
Frente a estas reinas gobernantes, hubo en España desde los Reyes Católicos a hoy casi una veintena de reyes, sin contar los visigodos, castellanos, aragoneses y navarros antes de Isabel y Fernando. También algunas amantes monárquicas pasaron a la historia: tuvieron poder, riqueza y vástagos naturales que ocuparon tronos o cargos importantes. Algunas de ellas fueron bien consideradas, aun con repercusiones para la Corona: cada palo aguante la vela que ilumina su historia. El derecho sucesorio vigente se remonta a Las Partidas: a falta de varón hereda el trono la mujer: Leonor será reina.
Al grano: una tal doña Ysabel (con y griega en el Medievo) vino a Murcia hacia finales de 1365 a parir el segundo hijo engendrado por Pedro I (’el Cruel’). El monarca castellano había tenido con esta amante su primer hijo, Sancho, y comunicaba al obispo de Cartagena que iba a Murcia a alumbrar al segundogénito, Diego. Le ordenaba que dispusiese un grupo de caballeros y ballesteros para esperarla en Hellín y desde ahí escoltarla a la capital. Embarazada de unos seis meses, llegó el 26 de noviembre. La guerra entre ‘los dos Pedros’ (el ‘uno’ de Castilla y el cuarto de Aragón) aconsejaba un recibimiento militarizado. Entre algún Pedro seguimos.
Poco después del alumbramiento, el rey comunicaba el 19 de febrero que su amante, el bebé y el séquito se trasladaran a Sevilla (donde estaba la corte) acompañados por diez muleros pagados por el consistorio murciano, siempre escaso de liquidez.
Además del parto en Murcia, se llevó de recuerdo una copa de plata, regalada por el Ayuntamiento, y su ama y camareras una bonificación personal de 400 maravedís que también salieron de las maltrechas arcas municipales. Costumbre era gratificar el nacimiento de los hijos de la dinastía reinante. Doña Isabel no fue ni la única ni la más amada. La amante oficial del enamorado Pedro, María de Padilla, había fallecido, y el rey puso algo más que sus ojos en esta doña Isabel, que había formado parte del círculo de damas de la Padilla. Incluso parece que la sustituta Isabel fue nurse de don Alfonso, primogénito bastardo de la finada señora. A amante muerta, otra puesta.
Las amantes regias fueron respetadas y poderosas, si así lo oficializaba el rey. Mujeres influyentes. Ahora, reyes, políticos, plebeyos o putiferios varios tienen las propias, también a costa del Estado. Otro nivel diferente entonces. Y no señalo: pongan los nombres ustedes.
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