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Opinión | Así Somos

Catedrático Emérito de Psicobiología de la Universidad de Murcia

Un punto flaco

Un gato descansa sobre un colchón

Un gato descansa sobre un colchón / L. O.

En los últimos años, la publicidad y el marketing emplean de forma intensiva herramientas que permiten medir lo atractivo o agradable de una imagen relacionada con un producto o servicio y, además, predecir la probabilidad de que el público en general lo adquiera o contrate. Una técnica es, por ejemplo, medir la actividad del cerebro cuando se contempla una fotografía y anticipar a partir de ella la reacción del posible cliente.

Los cambios que se observan en las regiones cerebrales asociadas al placer indican si las imágenes gustan o no, y pueden revelar el comportamiento posterior del consumidor. Aparte de su uso comercial estos instrumentos se emplean también en el marketing político para saber si un candidato gusta o si se le votará en las elecciones. Otro campo es el del apoyo y donaciones a las instituciones que se ocupan del bienestar animal y la conservación de las especies en peligro.

Animales salvajes en libertad

Investigadores de la universidad californiana de Stanford han confirmado recientemente que la actividad cerebral en las áreas del cerebro relacionadas con el placer está asociada a la sensación agradable de contemplar animales salvajes en libertad y a la intención de aportar fondos para su protección. Han ido más allá y han identificado dos aspectos de las imágenes que estaban directamente relacionados con tales reacciones. Uno era es que se viera la cara del animal y si manifestaba alguna expresión reconocible. Esta preferencia puede resultar del hecho de que ver caras o expresiones emocionales provoca una reacción mental espontánea, que es la capacidad de hacernos una idea de lo que piensa o siente otra persona, en este caso el animal fotografiado. El otro aspecto detectado era su cercanía biológica a la especie humana. Las imágenes de monos y primates eran las que más gustaban y más cantidad de dinero inducían a aportar. La parte práctica que deriva de estos datos es que se puede influir a través de las redes sociales y otros medios en cómo las personas actuarán, en términos de apoyo y donaciones, a la vista de textos, noticias y, como en este caso, material visual.

Un lado más negativo de la preferencia por imágenes de animales procede de la actividad recaudatoria de numerosos jóvenes de la ciudad ugandesa de Mityana y alrededores. Sin haber estudiado en Stanford y sin leer revistas científicas, conocen bien y se aprovechan de la mentalidad europea y occidental de amar y proteger a los animales, en especial las mascotas caseras. La cadena BBC denunciaba la semana pasada a los numerosos estafadores de la zona que publican en redes sociales vídeos de perros, gatos y conejos con señales de heridas, hambre o maltrato. Apelan a la carencia de medios e instalaciones en el país africano y piden donaciones para curarlos, alimentarlos y cuidarlos en refugios. El giro macabro de estos codiciosos sinvergüenzas es que, al parecer, ellos mismos maltratan o hieren a los animales que filman. Los periodistas de la cadena británica elevan a centenares de miles de dólares lo estafado a través de internet a los compasivos occidentales.

Conducta compasiva y cooperativa

Tenemos, al parecer, un punto flaco que nos enternece y empuja a una conducta compasiva y cooperativa. La preferencia hacia las imágenes de animales, que evocan nobles sentimientos de ternura y de amor a la naturaleza, puede ser utilizada, en el mejor de los casos, como un cebo o gancho para conseguir apoyos y fondos para instituciones con objetivos encomiables; pero también para nutrir a unos desalmados con fines mucho menos nobles. Lo que nos da placer puede ser lo que, sin darnos cuenta, haga daño a otros seres desvalidos, sean humanos o animales.

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