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Opinión | Salud y rock and roll

El motor del mundo

El deseo mueve más que el amor.

El deseo mueve más que el amor. / Pinterest

En mis años de insultante juventud, vivía con la certeza absoluta de que el amor era el motor del mundo. Y no sólo yo, diversas corrientes filosóficas lo han posicionado así a lo largo de la historia. Pues bien, ha llegado mi momento, me van a permitir que discrepe; es hora de vengarme de la asignatura de Filosofía de mis años de BUP y COU. El motor del mundo es el deseo. Ya está, ya lo he dicho. Que bajen ya de los altares a Cupido y le pongan una baja por estrés, porque el pobre no da abasto para justificar todas las meteduras de pata que ha cometido.

El amor está muy bien para las canciones de los domingos por la tarde y para envolver bombones en febrero, pero seamos sinceros: el amor es conservador y aburrido.

El amor busca cuidar, mantener, quedarse quieto al calor del nórdico en los días de lluvia. Lo que nos saca de la cama a bofetadas, lo que inventa la rueda, lo que nos mueve por dentro, lo que nos empuja a mandar un mensaje a las tres de la madrugada sabiendo que nos vamos a arrepentir es, única y exclusivamente, el deseo.

No crean que me he vuelto una cínica de bar trasnochada. Esto no lo digo yo; lo decía Baruch Spinoza, un señor con peluca del siglo XVII que ya vio venir el percal mucho antes de que inventaran las aplicaciones de citas. Spinoza dice que el deseo es la esencia misma del ser humano, es lo que mueve nuestras vidas, es el sentimiento de estar vivos en plenitud. Básicamente, venía a decir que no deseamos las cosas porque sean buenas, sino que nos parecen buenas porque las deseamos.

Pasamos la vida queriendo lo que no tenemos, devorando el presente para alcanzar el siguiente estímulo. Si el mundo dependiera solo del amor puro y desinteresado, seguiríamos viviendo en cuevas, abrazados para no pasar frío, pero sin fuego porque a nadie le habría picado la curiosidad de frotar dos piedras.

Deseamos el éxito, deseamos el cuerpo ajeno, deseamos el poder, deseamos salir corriendo cuando la rutina aprieta, y deseamos devorar un trozo de chocolate a medianoche sabiendo que arruinará el ayuno intermitente. Somos un motor de combustión interna alimentado por el "quiero". Pero claro, la cosa no podía quedar aquí; 150 años después Schopenhauer decía que la salvación solo es posible en la renuncia y el ascetismo. No negaré que hubo un tiempo en que abracé esta teoría, considerando que el ayuno, el celibato y la renuncia eran lo mejor que me podía pasar.

Pero llega ese momento en que llamas por su nombre a tus canas y arrugas, llevas unas cuantas decepciones a las espaldas, has soltado lastre y te niegas a caer en la trampa de la insatisfacción, la comparación social o la envidia.

Nada de darle la razón a Platón. Sólo encontraremos nuestra libertad despertando nuestros deseos más personales. Es el momento de dejarnos llevar mientras disfrutamos creando proyectos, aportando nuestra visión al mundo que nos rodea.

Es el momento de crecer, de dar un paso más, de amar o sentir sin más. Y por qué no, de darle una patada al libro de filosofía de COU y vivir. Así que mis disculpas a la sección de románticos incorregibles, a los cantautores y a los poetas de manual.

El amor adorna la vida y le da sentido al viaje, no lo niego. Pero la gasolina, el chispazo salvaje que nos hace mover cada rincón de nuestro cuerpo y mantiene el planeta girando a mil por hora, es el deseo puro, duro y obstinado.

Cumplir años tiene una ventaja maravillosa: te importa un bledo la teoría y te empieza a importar la práctica. Que Platón se quede con sus sombras y Schopenhauer con su amargura de biblioteca; yo me quedo con la piel, con el chispazo y con la libertad de querer lo que me dé la gana.

Las canas y las decepciones no son un freno, son el mapa que te dice por dónde ya no tienes que pasar. Así que vivan; la vida es demasiado corta para pasarla conteniendo el deseo. Feliz domingo.

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