Opinión | Tribuna Libre
Juan Nicolás
Gobernar desde el centro de uno mismo

El presidente de Andalucía, Juanma Moreno. / Francisco J. Olmo - Europa Press
Las últimas elecciones andaluzas vuelven a dejar una fotografía política que ya forma parte de nuestro tiempo: partidos ganadores que necesitan apoyos imprescindibles para gobernar y fuerzas minoritarias que adquieren una capacidad de influencia muy superior a su representación numérica.
No se trata de cuestionar la legitimidad parlamentaria de ningún espacio político. Esa es precisamente la esencia de la democracia representativa. Pero sí merece una reflexión pausada cómo afecta esta nueva realidad a la percepción de liderazgo, autoridad y credibilidad institucional de los grandes partidos tradicionales.
Andalucía fue durante décadas uno de los grandes bastiones políticos del PSOE. Precisamente por eso, el ascenso del Partido Popular en los últimos años resulta especialmente significativo desde el punto de vista político.
El PP andaluz no logró consolidarse como alternativa mayoritaria compitiendo en los márgenes ideológicos más duros, sino proyectando una imagen de gestión, moderación, estabilidad y cierta normalidad institucional. Especialmente durante la etapa de mayoría absoluta, Juan Manuel Moreno Bonilla consiguió transmitir un liderazgo autónomo y transversal, capaz de generar confianza incluso más allá de su propio electorado.
Quizá ahí resida una de las claves más importantes del momento actual.
Porque cuando un partido ganador aparece excesivamente condicionado por una fuerza minoritaria, el debate deja de ser únicamente parlamentario y pasa a ser también simbólico. La ciudadanía empieza a preguntarse quién marca realmente el rumbo político. Y en contextos de incertidumbre, esa percepción importa tanto como los propios acuerdos.
La desaparición de Ciudadanos modificó profundamente el tablero político español. El espacio de centro liberal y moderado prácticamente quedó deshabitado, dejando al Partido Popular ante una tensión estratégica compleja: competir con Vox por el electorado más ideologizado o reforzar su perfil histórico de gestión y centralidad.
Y probablemente ahí exista una diferencia importante que conviene entender. Quien busca una derecha más identitaria, más dura o más confrontativa difícilmente elegirá una versión moderada de ese discurso. En política, como en tantos otros ámbitos, el original suele imponerse a la copia.
Por eso quizá el reto del Partido Popular no sea parecerse más a Vox, sino parecerse más a aquello que históricamente le permitió gobernar amplias mayorías sociales: experiencia, estabilidad, sentido común y capacidad de gestión.
Mientras tanto, en la izquierda sucede una dinámica distinta. A pesar de su fragmentación y diversidad interna, el PSOE continúa funcionando como espacio de concentración del voto útil progresista cuando el escenario político se polariza, así como la derecha moderada y ese centro, que anda un poco perdido. En cambio, en la derecha, la competencia ideológica entre PP y Vox parece estructural y no coyuntural.
Y es precisamente ahí donde el liderazgo político adquiere una importancia decisiva. Gobernar pactando forma parte de la democracia parlamentaria, pero un partido mayoritario necesita transmitir que mantiene su autonomía, su capacidad de decisión y su propia identidad política. Cuando la ciudadanía percibe que quien ha ganado las elecciones aparece constantemente condicionado por una fuerza mucho menor, puede erosionarse no solo la credibilidad del gobierno, sino también la idea misma de liderazgo.
Quizá por eso una parte importante del electorado no demanda únicamente firmeza ideológica, sino también serenidad, experiencia, previsibilidad y estabilidad institucional. Valores que, en momentos de polarización y ruido político permanente, vuelven a adquirir una enorme relevancia.
Confío en que Juan Manuel Moreno Bonilla afronte esta nueva etapa desde esa identidad política que le permitió ampliar el espacio del Partido Popular en Andalucía: sentido común, moderación, experiencia de gobierno y autonomía de liderazgo. Dialogar y alcanzar acuerdos forma parte de la democracia. Pero hacerlo sin diluir la propia personalidad política probablemente será uno de los grandes desafíos de esta nueva etapa.
Porque, al final, gobernar no consiste solo en alcanzar mayorías parlamentarias, sino también en mantener la confianza, la credibilidad y la sensación de rumbo ante la ciudadanía.
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