Opinión | Miradas furtivas

Fotógrafo
La expresión de un vacío

Una esquina cualquiera del centro de Atenas / L.O.
Me ocurre con las pintadas callejeras algo parecido a lo que siento ante los tatuajes: un profundo rechazo, una especie de incomprensión hacia la idea de que unas letras, una frase, un dibujo o cualquier gesto, recuerdo, dogma o símbolo puedan quedar grabados de forma más o menos indeleble allí donde, en principio, no es —o no debería ser—, ya sea la piel o el entorno urbano. Es cierto que el ser humano ha utilizado desde siempre innumerables superficies para dejar constancia de su identidad mediante mensajes o dibujos; sin embargo, creo que el contexto histórico, las circunstancias y, sobre todo, el contenido y el sentido de esas manifestaciones podían justificar su existencia en determinados momentos, aunque difícilmente en la actualidad.
Entre las pintadas que he visto, recuerdo especialmente una que me impresionó profundamente: el nombre de una persona y la fecha de 1813 —si no me falla la memoria— grabados con algún objeto punzante en la pared interior de la torre del Castillo de Salvatierra, en Villena. Al parecer, pertenecían a alguien que estuvo preso allí antes de ser ejecutado por las tropas francesas de Napoleón Bonaparte. En cuanto a los tatuajes, nunca olvidaré aquellos cinco puntos —dispuestos como el cinco de los dados— marcados en la intersección entre el pulgar y el índice de la mano derecha, símbolo de «odio eterno a la policía», como explicamos en una ‘Mirada’ anterior. Hablamos de pintadas y tatuajes de forma genérica, pero es evidente que la función de aquellas marcas era muy distinta de la que hoy cumplen estos procedimientos, actualmente asociados, en el caso de los grafitis, a una supuesta «libertad de expresión» y, en el de los tatuajes, a una estética identitaria.
Tal vez la diferencia fundamental entre aquellas antiguas inscripciones y las pintadas actuales resida precisamente en su sentido. Muchas de las marcas del pasado nacían de la necesidad humana de dejar constancia de una existencia, de un miedo, de un sufrimiento o de una despedida, y por ello conservan todavía cierta dignidad emocional e histórica. En cambio, buena parte de lo que hoy aparece sobre paredes, persianas o fachadas responde más bien a una acumulación de firmas (Tag), símbolos y mensajes unipersonales que apenas significan nada para los demás.
Más que expresiones artísticas o reivindicativas, suelen convertirse en auténticas agresiones estéticas que degradan el paisaje urbano y ocasionan daños materiales sobre bienes que pertenecen a todos. Y todo ello sucede, además, en sociedades donde la libertad de expresión está ampliamente reconocida y protegida. La libertad, sin embargo, no debería confundirse con el derecho a imponer sobre los espacios comunes el ruido visual de una identidad tan vacía como efímera.
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