Opinión | Grullas de papel
Os enseñaré la justicia del rey

‘Las tres brujas y Macbeth’, por James Henry Nixon (1831)
Las lecciones de Roma
Temiendo que César tomara para sí la corona y aboliera la República, Casio rememora una historia de tiempos remotos. La cuenta en voz baja, como un criminal que temiera ser descubierto, a un patricio llamado Bruto.
—Hubo en tiempos lejanos otro, llamado igual que tú, que hubiera dejado al Diablo plantar su campamento sobre nuestro suelo, antes que tolerar la presencia de un rey.
Caudillos de antaño
Los hombres de los tiempos antiguos tardaron en darse reyes. Hablaban entre sí, se entendían y se combatían, se amaban y se mataban, pero no tenían reyes. Odiaban semejante cosa y escribían historias para desterrar tales pensamientos.
Un día los árboles quisieron tener un rey. El precio a pagar por el poder le pareció excesivo a la olivera, a la higuera y la vid, ninguna de ellas quería reinar a costa de perder sus frutos, tan beneficiosos para la humanidad, pues ¿qué duda cabe?: el rey de los árboles no tendría tiempo para madurarlos si había de guiar a la masa boscosa y velar por ella. Solo una zarza llena de espinos, verdadera vorágine de abrojos, aceptó ser reina. Para gobernar no necesitaba renunciar a su puntas afiladas. A todos exigió sumisión.
—Poneos bajo mi sombra y obedecedme, o juro por el que está en lo alto que de mí brotarán llamas como para quemar los inmortales cedros del Líbano y reducirlos a cenizas.
Samuel, viendo cómo los judíos, que hasta entonces no habían tenido un rey, ahora le pedían uno, anunció el mundo que vendría: las cosechas confiscadas, los ganados incautados, los hijos convertidos en soldados, las hijas hechas doncellas de placer. En tales cosas consiste la justicia del rey.
Hesíodo llamó a los reyes «devoradores de regalos». En la fuerza se basaba su razón, y su avaricia no tenía fin.
El rey del pantano
Es probable que después de su espantosa guerra contra los ratones (aquella que los poetas cantan igual que la toma de Tebas o la caída de Troya), el diezmado pueblo de las de ranas exigiera a Zeus gozar nuevamente de la presencia de un rey, pues añoraban a su monarca anterior. Zeus, que no había olvidado aún las penosas escenas de encarnizadas luchas entre ratones y ranas, se limitó a lanzarles un tronco por toda respuesta. Descontentas las ranas con semejante soberano, tosco madero que no hacía más que flotar, importunaron a Zeus una y otra vez, croando salvajemente, impidiendo que el Cronida, Padre de Dioses y Hombres conciliara el sueño. Ni él ni ninguno de los Inmortales que habitan áureos palacios encontraron sosiego. Tal fue el escándalo, que por fin, del Olimpo descendió un monarca formidable: la hidra espantosa, que devoró a las ranas y se apoderó para sí de toda la ciénaga.
Hemos de reconocer la profunda estupidez de las ranas y su admiración ciega por el poder. Algunos afirman que envidian el magnífico tamaño de los bueyes, que quieren ser a toda costa igual que ellos, y por eso mismo son capaces de hincharse hasta reventar.
Sorpresa inesperada
Asesinado Calígula, la infame memoria de sus crímenes y el momento de desorden, violencia y caos que siguió su muerte, hizo que el Senado considerara la restauración de la República. Pero entonces su tío Claudio, que había huido para evitar la muerte, apareció escondido detrás de una cortina, y un pretoriano lo sentó sobre el trono del mundo. Así, tan gallardamente, fue cómo la Roma de los Césares continuó su magnífica existencia.
Reyes y esclavos
Como Amado Nervo, yo también hubiera querido ser en vidas anteriores un poderoso rey bárbaro de larga melena, un sacerdote oriental consagrado a los más antiguos misterios, o un poeta que cantara guerras y amoríos. Pero acaso disfruté poco, padecí mucho, y fui, como en el poema de Rubén Darío, un esclavo en tiempos de la reina Cleopatra arrojado a los cocodrilos de Egipto para servirles un día de comida.
El dolor y la rabia
Los nobles de Israel echaban espuma por la boca cuando oían que Jesús (hijo de dudoso origen, que andaba entre prostitutas y leprosos), uno que comía con publicanos, se proclamaba de la estirpe de David, rey - por tanto- de los judíos. Por su audacia recibió la corona y un manto de púrpura.
—Este es vuestro rey, escribieron sobre su cadáver. Para que todo el mundo lo viera.

‘Las tres brujas y Macbeth’, por James Henry Nixon (1831). / L. O.
En la encrucijada
Un hombre malvado cabalga con el camino perdido bajo la tormenta. Tres figuras oscuras le salen al paso, son mujeres muy ancianas, de las que predicen el destino de las gentes y los pueblos. Señalan al jinete y le sonríen:
—¡Macbeth! ¡Tú serás rey!
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