Opinión | El mapa y el territorio
Cuestión de arraigo

En la imagen, tomada de la película ‘Amanece, que no es poco’ (1989), un hombre emerge de la tierra de un bancal / L.O.
Las hijos del bancal
El político subió a la tribuna con una patata en la mano y dijo: «Propongo que las ayudas públicas solo se concedan a los verdaderamente arraigados. A los que broten directamente de la tierra de los bancales del pueblo. ¡A ver quién tiene el rizoma más gordo!».
Todos aplaudieron y, al día siguiente, un ejército uniformado de inspectores agrónomos recorrió la aldea, tahúlla a tahúlla, repartiendo cheques de ‘Prioridad Nacional’ a los enraizados. Los jóvenes que habían salido a formarse, los trabajadores que se ganaban el pan fuera, los recién llegados y los exiliados interiores se quedaron sin nada. España entera se convirtió en un huerto de hortalizas humanas donde nadie podía moverse por miedo a perder el derecho a existir.
Sábado 16. Cainitas
Me temo que la prioridad nacional no la ha inventado Vox. Es un concepto que los partidos nacionalistas llevan abanderando toda la vida: «Catalunya per als catalans», «maketos fuera», «fuera godos jediondos», etc. Mi pueblo es una nación y en mi casa manda mi señora. Los extranjeros molestan a algunos, pero a quien realmente no soportamos es al vecino de enfrente. El tribalismo nos une y nos separa al mismo tiempo. Soñamos con ‘cantonalizar’ nuestro barrio, blindar nuestra calle, bunkerizar nuestra casa y atrincherarnos en el sofá.
Domingo 17. Gofio y ensaimadas
La prioridad nacional ya campa a sus anchas en leyes y decretos de nuestro folclórico país. En Canarias, para acceder a una VPO, hay que acreditar una residencia continuada de, al menos, doce años. Es decir, si un joven tinerfeño se va a la península a estudiar la carrera o hacer un máster, no podrá acceder a una vivienda pública hasta que sea un cuarentón. La ley también exige que el solicitante viva o trabaje en el mismo municipio, al menos, cinco años seguidos, es decir, los propios canarios no pueden cambiar de isla por trabajo ni mudarse por amor (o desamor). Pero si la cosa pinta mal en las islas afortunadas, ni le cuento en las Baleares. El alcalde del municipio de Sóller, un señor que se viste por los pies, ha subido la apuesta hasta los dieciocho años. Vamos, que para poder soñar con un alquiler público tienes que haber sido concebido en la plaza del pueblo y no moverte de allí en tu vida. «Buscamos garantizar el arraigo y que la vivienda pública sea para los de aquí», dicen nuestros políticos. Al fin y al cabo, eso de los derechos constitucionales y la igualdad entre españoles es una ‘metía’, un engañabobos, un sacacuartos.
Lunes 18. Ni te atrevas
El nuevo Sapere aude patrio: «A mí solo me sacan del pueblo con los pies por delante y en la caja de pino».
Martes 19. Rufianes
Tras el éxito de Adelante Andalucía en las autonómicas andaluzas, Gabriel Rufián proclama que «es el tiempo de las izquierdas soberanistas».
Miércoles 20. Nota mental
Comprar acciones de Palantir y media docena de huevos.
Jueves 21. Obsolescencia
Al personaje de Jed Martin en el libro de Michel Houellebecq ‘El mapa y el territorio’ le sucede algo muy curioso con los objetos: cada vez que encuentra el utensilio perfecto, el mercado deja de fabricarlo. Esto le ocurre con prendas de ropa (su adorada parka) y también con aparatos electrónicos; objetos industriales que han alcanzado la cúspide de su perfección técnica y son eliminados, descatalogados o sustituidos por versiones peores. Una obsolescencia programada que refleja que el progreso hoy es inestabilidad, reemplazo permanente o, simplemente, decadencia. Si ni un abrigo puede durar, ¿cómo va a durar un matrimonio?
Viernes 22. Champú forever
A mí me sucede lo mismo que al personaje de Houellebecq, pero con los productos de higiene personal. Cuando me gusta un perfume, una pasta de dientes o un cosmético, el mercado los hace desaparecer. Lo último ha sido mi champú, extinto desde hace dos meses. Ahora uso otro más caro que destaca por su doble efecto: me deja el pelo tan grasiento como encrespado. Un calvario -nunca mejor dicho- que termina hoy, porque, en un giro del destino, he hallado mi viejo elixir capilar en un centro comercial perdido y he arramblado con las tres botellas que quedaban. Lo que parece un acto de consumismo compulsivo es, en realidad, una apuesta por la vida y el largo plazo. Se acabó la provisionalidad permanente, la falta de certezas, la precariedad existencial. El mundo puede tener sentido, al menos, durante los próximos seis meses (si apuro mucho los lavados). n
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