Opinión | La nueva butaca

Periodista
Personas que dejan huella
Recibir una llamada telefónica es ya algo habitual. Lo que comenzó como una revolución en la comunicación ha terminado condicionando nuestra vida y hasta nuestra rutina. A lo largo del día podemos tener muchísimas llamadas que, en algunas ocasiones, terminan marcando nuestro rumbo.
Hay llamadas alegres, tristes e inesperadas, de números sospechosos o desconocidos; de trabajo, urgentes, incómodas. Algunas duran apenas unos segundos y otras pueden alargarse hasta ocho horas, como las que me contaba Cuca, la mujer de Ramón Gaya, que mantenía con un amigo suyo. Incluso hacían pausas para ir al baño.
Llamadas tediosas son las que, por necesidad, hemos tenido que hacer a alguna operadora automatizada. Hay que armarse de paciencia y resistir porque, como cuelgues, no hay forma de solucionar el problema.
Este proceso comunicativo entra en crisis cuando de adolescentes se trata. Ni te llaman ni te cogen el teléfono. Difícil de gestionar.
Luego están las llamadas que quiero tener toda mi vida. Las que mantengo diariamente con mi madre. Me cuenta, cuando va de camino a recoger a mis dos ahijados al cole, lo que ha hecho esa mañana, sus chascarrillos políticos... y nunca falta el comentario sobre el tráfico infernal de Murcia.
Hay llamadas que pasan y llamadas que quedan.
Están las llamadas que esperamos y las que nunca desearíamos recibir, como la del pasado 12 de mayo. Ese martes, mientras trabajaba frente al ordenador, seguía por la radio y La7 el histórico funeral del alcalde Murcia, José Ballesta. Un día triste. Minutos antes, mi marido me llamó. Era una llamada más de las muchas que solemos hacernos cada día. Su «¿qué haces?» me hizo intuir que no auguraba buenas noticias…
Es curioso cómo una voz al otro lado del teléfono puede tranquilizarnos, emocionarnos, hacernos sonreír o, en este caso, encogernos el corazón. Aquella mañana traía una dolorosa noticia. Había fallecido Raúl García, presidente de la Fundación Legado Humano Natural. Una persona especial. Murciano de adopción con alma gallega, una combinación que reunía lo mejor de cada tierra. Inteligente, entregado y comprometido con su gente y su entorno. Lideró importantes proyectos medioambientales y culturales. Aunque él, persona serena y reflexiva, sabía que no iba a solucionar algunos de los problemas que nos rodean, sí creía que había que dejar legado para que otras generaciones continuaran el camino.
Como con las llamadas, hay personas que pasan y personas que dejan huella. Descansen en paz.
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