Opinión | Este humano desorden
Un kilo de cerezas
«Eran unas cerezas extraordinarias, lustrosas, tersas y un poco oscuras como la superficie de un hígado sanísimo, rojas como sangre recién lavada en otra sangre, esa sangre que brilla en los tubos de cristal de los análisis de hematología»

Cerezas / L.O.
A veces es la última vez de algo y ni siquiera lo sabes, pero a veces es la última vez de algo y sí lo sabes, lo intuyes sin la necesidad de consultar oráculos confusos. Tengo la convicción de que existen personas que presienten finales, los finales, personas que empiezan a ordenar muy despacio los cajones para dejarlo todo bien arreglado y en su sitio, o meten los documentos importantes en una hermosa caja de latón y escriben arriba pegado con fixo: «Aquí está tó», para que sus deudos no se vuelvan locos buscándolos. Personas que ya no quieren comprarse ropa nueva, que no quieren viajes, ni relojes, ni corbatas de seda, ni teléfonos móviles. Personas que comienzan a desear únicamente lo esencial: un melocotón dulce, la sombra de una encina, un vaso de agua fresca después de barrer las hojas en el patio o una siesta tranquila al estilo de esa máxima que dice: «La siesta española se ríe en el sueño americano». El otro día vi a un hombre así, sin apenas saberlo. Me di cuenta después.
Yo estaba en la frutería
Yo estaba en la frutería eligiendo naranjas, mientras que el hombre entró despacio, arrastrando un poco los pies y con un andador de aluminio en sus manos. Era como si el cuerpo le pesara más que la gravedad, igual que si tuviera que caminar por Júpiter. El hombre estaba pálido, llevaba esa expresión en el rostro que tienen los enfermos cuando ya han dejado de discutir y enfadarse con el dolor. Lo hacía todo con una lentitud suprema, como si en cada movimiento tuviera que pedirle permiso al corazón para que se moviera.
Y, sin embargo, cuando llegó al mostrador, señaló con decisión y ahínco las cerezas. Eran unas cerezas extraordinarias, lustrosas, tersas y un poco oscuras como la superficie de un hígado sanísimo, rojas como sangre recién lavada en otra sangre, esa sangre que brilla en los tubos de cristal de los análisis de hematología. Eran unas cerezas tensas de luz, llenas de un brillo limpio como el de los peces recién sacados del mar. Hasta parecían hechas de barniz y algunas tenían todavía en la piel una gotita mínima de agua, como si acabaran de cogerlas en un amanecer recién llovido.
Pequeñas canicas vivas
Creo que el hombre se fijó muy bien en todo eso. No pidió un cuarto ni pidió ‘unas pocas’. Pidió un kilo entero y la muchacha de la frutería las fue echando con la mano dentro de una bolsa como pequeñas canicas vivas o como cilindros de jaspe o de zafiro chocando entre sí. Eran carísimas, catorce euros y medio le cobraron al peso. Estipulé que era un precio elevado para una fruta que dura tan poco, que se pasa enseguida. Pero el hombre las miraba como si fueran sagradas. Sacó un billete de diez y buscó el resto del importe en el fondo de su monedero. Le llevó su tiempo y completó el total rebuscando monedas de cinco céntimos. Luego salió de allí vencido físicamente, pero llevando su bolsa de cerezas con una delicadeza conmovedora, como si transportara un corazón fuera de un cuerpo para un trasplante o algo así.
Desde siempre por mi barrio
A ese hombre yo lo había visto desde siempre por mi barrio, a veces, antes de necesitar el andador, lo había visto pasear con el abrigo en la mano como un senador romano. Tengo esa cosa de fijarme en las personas porque me gusta la gente, mirarla, incluso pensar qué están haciendo o qué han hecho ya con sus vidas. Cuatro días después, supe que padecía un cáncer terminal y que acababa de morir. Entonces me acordé y comprendí lo de las cerezas.
Pensé que aquel hombre no estaba comprando fruta, sino algo muy parecido al último fulgor del mundo o al último deseo del condenado a la horca. Deduje que aquel hombre había llegado a esa especie de ribera existencial en la que uno ya no anhela poseer la vida, sino saborearla. Existe esa importante diferencia en la que poseer es acumular y saborear es agradecer, usufructuar con afán las últimas ‘garrafas’ de algo. (¿Qué más da en este caso escribir ‘ráfaga’ o ‘garrafa’: las últimas ráfagas de algo?).
Ahora imagino a aquel hombre llegar a casa con lentitud y dificultad, con fatiga, lavar las cerezas despacio bajo el chorro del grifo, ponerlas en un cuenco muy blanco y sentarse a comérselas frente a una ventana abierta con la persiana muy subida. Y tal vez entonces, lo hiciese una a una despacio y muy tranquilo, sin atragantarse de felicidad, más bien como quien reza una letanía. Rompiendo bien la pulpa entre los dientes, llenándose el cielo del paladar del jugo dulce y oscuro y escupiendo los huesos en la mano, recordando su amor a una muchacha con vestido claro despeinada por el viento en una de esas tardes de mayo en las que tiempo y el mundo le parecieron eternos.
Qué comprar antes de morirte
Entonces me di cuenta de que hay una sabiduría vital que consiste en saber exactamente qué comprar antes de morirte. Yo también lo tengo claro. Nunca lo he pensado ni lo voy pensar más, pero cuando intuya que voy a morir pronto, quiero comprarme un kilo de cerezas tan hermosas como esas. O un helado de moka, no uno cualquiera, uno grande, un helado XXL, de esos que saben a domingo de verano, y comerlo en la calle, despacio, sentado en la terraza de una heladería, mientras vuelan los ánades muy arriba y pasan por la calle niños con pantalón corto en bicicleta. Porque al final, la muerte, vuelve muy importantes esas cosas pequeñas y perfectas, esas cosas terrestres y llenas de verdad, tal vez innecesarias, tan banales y suculentas como un trozo de tocino ibérico, pero de alguna manera victoriosas.
Quizás el Cielo de la Biblia sea simplemente algo muy parecido a un cuerpo ya cansado, una mañana tibia con sol en las aceras, ¡es tan hermoso el sol en las aceras!, y un kilo de cerezas oscuras, como rubíes ‘sangre de paloma’, esperando encima de una mesa de cedro debajo de una pérgola.
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