Opinión | La balanza inmóvil
No me digas

Pedro Sánchez, en la clausura del Congreso del Espacio 2026, esta semana / Eduardo Parra / Europa Press
Sí te digo. Menos macroeconomía y más microeconomía. No me cuentes cuentos de que vamos bien económicamente, cuando la clase media de este país no puede ahorrar o, a veces, llegar a fin de mes. Ya lo decía el sabio Caralampio: de tejas para, arriba gatos y metafísica, pero de tejas para abajo, jamones y billetes. Pero todo es culpa de los bulos, de la desinformación, de los malos periodistas y de los jueces, que están mintiendo y poniendo contra las cuerdas al sanchismo.
Lo que han dicho los ciudadanos de Aragón, Castilla-León y Andalucía no significa nada. El no poder salir a la calle sin que abucheen al presidente o a sus ministros, tampoco es importante. El decir que la profesión de guardia civil y de policía nacional no es de riesgo, es de lógica, y por eso mandan a esos servidores de la ley para controlar a los narcotraficantes en condiciones menores de armamento, y con lanchas a todas luces insuficientes. Todo eso y que su mujer, su hermano, sus manos derechas en el Gobierno y, por si fuera poco, ahora también su referente, Zapatero, estén imputados por corrupción, tampoco es motivo para dimitir ni para anticipar las elecciones generales.
Y no lo hará, porque sus socios de gobierno tienen unas tragaderas interesadas enormes, a los que espero también las urnas les pasen factura. Por eso, son los socialistas de verdad —aquellos que aman esa doctrina— los que lo pueden arrojar de la poltrona si no quieren que Sánchez acabe con el partido, si es que no lo ha hecho ya. Lo dicen los socialistas auténticos como Felipe González, Nicolás Redondo, Emiliano Page, Javier Lambán o Alfonso Guerra, este último llegando a afirmar: «O socialismo o sanchismo, ambas cosas son incompatibles». No son los jueces, ni los periodistas de medios digitales o de programas de televisión como Horizonte —conducido por Íker Jiménez— o Código 10 —de Nacho Abad y David Alemán—, ni siquiera el Gato al Agua, los culpables de esta ola de corrupción, sino los autores de la misma. Son los propios socialistas de verdad los que ponen en cuestión y se avergüenzan de esta forma de gobernar olvidando los principios del socialismo, pues lo hace para sí mismo y para unos pocos, en contra del interés general de la mayoría del país. Los socialistas que no deben nada a Sánchez y los que han luchado por un socialismo limpio y solidario ya no aguantan más.
Hasta ahora, los Ábalos, Cerdán, Koldo, Zapatero y demás enjuiciados presentes y futuros no son suficientes para que dimita el presidente o alguno de sus ministros, empezando por aquél encargado de que no haya casi 50 muertos por la mala conservación de unas vías de tren. Tampoco las manifestaciones de Aldama, que una tras otra están quedando acreditadas, son razón suficiente para convocar elecciones generales. No aprobar los Presupuestos del Estado durante ya tres años consecutivos no es tampoco motivo para dejar la Moncloa. Que hayan imputado e incluso condenado a sus colaboradores más cercanos, no le afecta. El perder todas las elecciones autonómicas tampoco es nada del otro mundo, porque la culpa es de los medios de comunicación. Y lo último en pérdidas es la debacle de la mujer más poderosa de España, según ella, en esa Andalucía que la ha pisado solo para mítines donde Sánchez y Zapatero eran sus avales, y a los que aplaudía desaforadamente. Así le ha ido.
Entretanto, el Tribunal Supremo y la Audiencia Nacional siguen a lo suyo: sentando en el banquillo de los acusados a los que se gastaban el dinero de todos nosotros en juergas y puteríos y trayendo chicas desde Andalucía —dicen que a los paradores de Teruel y Siguenza— con pases falsos en la pandemia. Y a los que han cobrado comisiones ilegales por la concesión de obras públicas o favores a empresarios tan corruptos como ellos. Incluso han usado a una fontanera para tratar de sobornar o desprestigiar a jueces fiscales y policías. Las repúblicas bananeras de principios del siglo XX de ciertos países centro y suda americanos exportadores de plátanos, eran más democráticas que todo eso. De todo ello, Sánchez y su entorno no se enteraban nada. Solamente doña Francisca intuía que algo bueno le estaba pasando cuando a su tarjeta de El Corte Inglés nunca se acababa el saldo.
¿No me digas que todo eso está pasando en España? Pues sí te digo, la corrupción campa por sus anchas. Menos mal que los jueces, la Policía y la Guardia Civil, junto con los periodistas valientes, acabarán con esta vergonzosa manera de actuar que, en lugar de servir al pueblo, se sirven de él.
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