Opinión | De dioses y de hombres
La boda del emperador

Parte del lienzo ‘La gloria’, del pintor italiano Tiziano / L.O.
En el equilibrio de este singular vals -entre pasado y presente- que forman los artículos de esta sección, les propongo este sábado, nuevamente, un viaje en el tiempo. Un viaje colmado de arte y personajes destacados que han definido y marcado, grandemente, nuestra historia. Ya les he confesado en varias ocasiones mi atracción por determinados lugares; espacios que llenan mi personal imaginario y a los que siempre me es grato regresar. En esta personal catalogación están dos ciudades europeas fascinantes; capitales que, especialmente en el siglo XVI, fueron prodigiosamente prósperas, tremendamente ricas, espectacularmente bellas y únicas. Me refiero a la ciudad ducal de Venecia y, en otro punto cardinal, a la española Sevilla. En ambas ciudades, en la mencionada centuria, se desplegaron un considerable número de artistas e intelectuales que fueron dibujando sus contornos, haciendo del arte y la maravilla un vecino cercano. Pues bien, en la capital hispalense, hace ahora quinientos años, se produjo un acontecimiento histórico al que las artes no quedaron ajenas y que definió, en gran medida, el rumbo de muchos de los países de aquel entonces y de los de hoy. Me refiero al enlace matrimonial del hombre más poderoso de la cristiandad, Carlos V, con su prima hermana Isabel de Portugal.
Carlos V fue un hombre educado con esmero en Flandes. Instruido por el futuro papa Adriano VI, recibió una formación de corte humanista influenciada por ideas del gran Erasmo de Róterdam. Hablaba francés, flamenco y latín, posteriormente castellano. Recibió una importante instrucción en historia y estrategia militar; sus conocimientos en el arte de la música también eran notables. Por otro lado, su prima hermana Isabel (ambos eran nietos de los Reyes Católicos), recibió una educación exquisita que completó la inteligencia y tesón de una mujer que demostraría, con sus actuaciones, una personalidad brillante y grandes dotes de diplomacia. Su padre, Manuel I, estuvo rodeado en su corte de diferentes intelectuales entre los que destacaron numerosos músicos, como el compositor Pedro de Escobar. La madre de la futura emperatriz, María de Aragón, dirigió el aprendizaje de su hija, habiendo sido ésta discípula del mismísimo Luis Vives. Este matrimonio respondía, como era habitual, a una alianza político-económica; sin embargo, su desarrollo dio lugar a una de las más auténticas y conmovedoras historias de amor entre reyes europeos. Se trató de uno de los pocos enlaces entre monarcas en los que la admiración, el respeto, el amor y la fidelidad fueron una constante durante los trece años de matrimonio. Concluyeron estos -abruptamente- por la prematura muerte de la emperatriz (con treinta y cinco años) como consecuencia de un aborto en su séptimo embarazo.
Sevilla fue, en aquel marzo de 1526, un prodigio de fiesta y belleza. Una Sevilla en la que el incienso y el azahar eran telón de fondo para unos esponsales destinados a convertirse en leyenda. Conocemos narraciones sobre el fausto portentoso del séquito con el que partió la nueva emperatriz que tuvo que cruzar gran parte de Extremadura y la sierra norte de Sevilla, hasta llegar a la ciudad del Guadalquivir, entrando a ésta por la puerta de la Macarena. Sevilla había sido entoldada con paños blancos y azules y ricos brocados y reposteros colgaban de los balcones. En diferentes y efímeros estrados de madera, numerosos músicos amenizaban el paso del séquito. Isabel, montada en una hacanea blanca, cruzó siete arcos de madera alzados exprofeso para el acontecimiento. Arcos que correspondían con una rica simbología relacionada con el buen gobierno. Formaban parte de la escenografía de cada uno de ellos las diferentes virtudes clásicas: prudencia, justicia, clemencia, templanza... El enlace se realizó en los Reales Alcázares donde Carlos V, tras un pequeño retraso, llegaría desde Toledo. Conocido es que la luna de miel la pasaron en la Alhambra de Granada, momento en el que el todopoderoso Carlos V gestó la creación de un palacio (acaso el mejor edificio del Renacimiento español), que nunca llegaría a utilizar (tampoco regresaría más a la ciudad Nazarí).
Al final de sus días, el hombre que todo lo había tenido, recluido en el monasterio de Yuste, enfermo de gota y cansado de su férrea lucha por una unidad que se le escapa de las manos, estuvo acompañado por dos cuadros pintados por su pintor predilecto: el maestro veneciano Tiziano. Uno era el retrato póstumo de su amor; el otro, es el conocido como La Gloria. En esta pintura que hoy atesora el Museo del Prado, el emperador y la emperatriz aparecen envueltos en toscos sudarios, las coronas en el suelo, la mirada y la actitud suplicantes hacia la Trinidad. Aquellos que todo lo tuvieron, no solo porque medio mundo fuese suyo sino porque gozaron del amor y la dicha, suplican a Dios, a través de la genialidad de un pintor, por sus almas.
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