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Opinión | Mamá está que se sale

Abogada

Anatomía de un país bananero

Aún no me he recuperado del susto que me llevé cuando supe lo de Zapatero. Un claro ejemplo de hasta qué punto la realidad supera a la ficción. Por suerte -y de lo que me siento muy orgullosa- una tiene amigos de todos los colores, así que tan pronto me llegó la corriente de que todo es un invento, me llegó la otra, pidiendo la horca. Así de divertido es el género humano.

Lo único bueno que tiene esto, si es que tiene algo de bueno, es que es una forma de constatar que el imperio de la ley, y la misma justicia, están por encima de todo y de todos. Que nadie puede saltársela, ya puedes haber sido presidente del gobierno. A los hechos me remito.

En cierto modo es un consuelo saber que además de la justicia divina, aquí en la tierra también existe un karma.

Como no podía ser de otra manera, la clase política se comporta ante esto como los trolls que vienen siendo desde hace tiempo: unos hablan de presunción de inocencia, como si hablaran de las tablas sagradas de Moisés, porque el investigado es de los suyos. Mientras que los otros quieren hacer con él filetitos, y asarlo a la parrilla. Es gracioso que unos y otros tienen muertos en el armario como para poner un museo. Pero de eso no se habla.

Sin embargo, la pregunta es si todo esto lo podremos resistir los ciudadanos de a pie. Porque, aunque parezca una simpleza, este culebrón judicial que acaba de empezar sólo puede terminar de dos maneras: o es inocente, o es culpable. Y el terremoto que puede venir, da miedo.

No podemos olvidarnos de que los delitos son de órdago: que un expresidente use su influencia para enriquecerse, está feo, pero quizá tenga un pase, si se hace conforme a normas y dentro de la ley. Pero que se haga «utilizando sociedades instrumentales, documentación simulada y canales financieros opacos» (eso dice el Auto del juez), es simplemente brutal, brutal, brutal.

Hemos llegado al punto en que lo de menos es el destino de este pobre hombre (lo sé, de pobre nada. Pero no puedo remediar apiadarme de cualquiera que pise un juzgado en calidad de investigado).

Lo peligroso de esto es que se ha llegado tan lejos, que lo que está en juego es la credibilidad del propio sistema. Si esto queda en nada, después de la solidez de las pruebas, siempre nos quedará la duda de que las esferas de poder han cumplido su objetivo de hacer lo que les dé la gana. Si finalmente se le condena (como se hizo con Rato, con Urdangarín, con los ERE…) los ciudadanos podremos seguir creyendo en la justicia. Yo creo que el juez sabía que no había vuelta atrás cuando dictó el Auto de marras.

Mi jefa hoy decía que los países del tercer mundo no lo son por ser pobres, sino por estar carcomidos por la corrupción. Nunca hay bastante para esas esferas de poder que lo quieren todo.

Así que quizá a partir de ahora, veamos las orejas al lobo del tercermundismo: la posibilidad real de que, si dejamos que esas esferas de poder campen a sus anchas, perderemos oportunidades, calidad de vida, peso internacional, riqueza, en una palabra, el futuro de nuestros hijos. Quizá podamos tirar del freno de mano y no dar un paso más en el viaje hacia el tercer mundo que no sé cuándo iniciamos.

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