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Opinión | Erre que erre (rock ‘n’ roll)

Sanitaria, activista cultural y Dj

Somos legión

Nos hemos —nos han— vuelto miedosos, insolidarios e individualistas

Ilustración de Leonard Beard

Ilustración de Leonard Beard / L.B.

Que peligroso el individualismo este al que nos estamos acostumbrando. Y mire usted que siempre admiré a los músicos de rock como esos entes revelados contra todo, rebeldes sin causa y autosuficientes. Vaya desde aquí mi recuerdo a Eduardo Benavente, cuya efeméride acaba de suceder.

Fue una catástrofe, como catástrofe resulta exaltar la figura del ‘genio solitario’ y las tensiones nacidas del ego creativo frente al trabajo colectivo. Y, oye, valga una sola mente dispuesta a generar buenas canciones; componer, grabar, tocar y producir (todo a la vez) por un singular, puede dar como resultado la visión artística más pura o una conexión emocional altamente profunda. A la existencia de Prince o Stevie Wonder me remito.

Pero en política, ¡ayyy, en política me da que las cosas no deberían funcionar así! Mirándose el ombligo por interés cada uno de los que un día juraron la Constitución o prometieron cumplir la ley en función del bien social. Nos tienen completamente desgastados, hartos, asqueados, y así no es, no está bonito regalarnos miedo con la única intención de vendernos seguridad.

La antropóloga Margaret Mead sitúa el inicio de nuestra civilización en un fémur roto; ni una reliquia o construcción, un hueso partido en dos que había sanado. Un fósil que evidenció que la tribu se detuvo a cuidar a uno de sus miembros cuando estaba herido. Alguien paró su tiempo y quehaceres para cuidar a un compañero y darle comida, refugio y protección, limpiar las heridas, vendar su pierna, y observar la evolución.

Tal vez, el tullido ya no tenía ninguna utilidad para la comunidad, pero lo hicieron igualmente. Para Mead, esto representa el verdadero origen de la civilización: el triunfo de la compasión, la empatía y la comunidad por encima de la supervivencia individual del más fuerte. Este episodio es el inicio de la civilización, pero también una huella de solidaridad, de humanidad y de cuidado mutuo; rasgos que nos definen como especie y que, sin embargo, vamos perdiendo a medida que la polarización, la desigualdad o la revolución tecnológica van arrasando poco a poco con nuestra sociedad. La clase política es la que debe cuidar nuestro fémur si este se rompe o simplemente se astilla por los golpes de la vida, y no hurgar en la herida con intención de fracturar y provocar más dolor, pero nos hemos empeñado en romper vínculos, fragmentando la confianza en el prójimo, debilitando los lazos de solidaridad y cohesión social.

Nos hemos —nos han— vuelto miedosos, insolidarios e individualistas, con el único propósito de exaltar el ego y el bolsillo de un puñado de arrogantes, soberbios y vanidadosos tecnócratas que únicamente miran su cortijo.

¿En qué nos estamos convirtiendo? ¿En qué nos están convirtiendo?

El desapego y la falta de ejemplaridad de muchos huele ya fatal; lo mismo es el momento de empezar a limpiar el gallinero, que para eso somos legión.

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