Opinión | Dulce jueves
Lo excepcional
Cuando una ciudad se cuida, la vida adquiere una dimensión nueva

‘Silencio’, de Jaume Plensa. / E.A.
Este fin de semana la ciudad parecía otra, plena de creatividad y rincones interesantes, una primavera en plenitud. Incluso la brisa fresca parecía provenir de algún lugar húmedo y sensible, poco habitual, para abrir senderos hacia lo inesperado. La ciudad respiraba música y arte y, en su esplendor nocturno, nos obligaba a caminar con los ojos abiertos. Solo hace falta un poco de pasión, de interés y de amor por el lugar que compartimos para que la rutina retroceda. El tiempo se detiene en un espacio desconocido y renovado cuando aspiramos a lo excepcional.
Había algo hermoso en ver las calles llenas sin la urgencia de otros días. Familias, parejas, amigos, curiosos entrando y saliendo de iglesias, museos y plazas como si la ciudad hubiera decidido abrir sus habitaciones interiores y mostrar una parte de sí misma que normalmente permanece oculta. Eso también es la cultura: una manera de reconciliarnos con los lugares cotidianos, de devolverles profundidad y misterio, de hacer que lo conocido vuelva a parecernos nuevo. Todo tenía la ligereza de la vida cuando se atraviesa poniéndola encima de lo demás y su gravedad cuando la notas gotear sobre todo lo que la rodea y le da sentido, como la mezcla de emociones y silencio que envuelve las obras de Jaume Plensa en la Cárcel Vieja, ella misma abierta a la vida, a través de sus muros derribados, como la mejor forma de preservar la memoria.
Entramos en Las Claras atraídos por una voz. La de Mamen Fernández, que junto al guitarrista Víctor Belmonte, ambos sentados en sillas con forma de sueños, ponían música a la obra de Nacho Vergara. Nos servimos vino blanco. Comimos queso, uvas, fresas y arándanos. Mamen cantaba Alfonsina y el Mar. Al fondo, El caballero de los espejos, una acuarela sencilla y delicada, hecha con la luz del verano. Su autor explicaba la emoción de un instante en el que un destello de vida nos sorprende con su fuerza y nos pone a su disposición.
Nos asomamos a Verónicas ya a medianoche. El sonido del piano se expandía por la nave cuyas paredes estaban cubiertas por los grandes murales de color de Gonzalo Sicre. Los visitantes se detenían escuchando, mirando despacio. Allí, entre las notas que se expandían por la nave y el silencio atento de quienes contemplaban las pinturas, se comprendía que una ciudad no se construye solo con edificios o infraestructuras, sino también con momentos compartidos capaces de dejar una huella íntima en quienes los viven.
Atravesamos la ciudad de vuelta a casa. Las calles ya medio vacías, la plaza de las Flores despejada como tras un festín, los jóvenes camino de las discotecas y grupos de amigos separándose para tomar direcciones distintas. Murcia volvía poco a poco a ser la de siempre. Pero algo permanecía todavía en el aire: la certeza de que, cuando una ciudad se cuida y se imagina a sí misma más allá de la costumbre, la vida adquiere una dimensión nueva y florece con la fugacidad de la belleza.
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