Opinión | PAN PARA HOY
Cronista taurino
La leonera

Ya es tiempo de quitar el edredón... o no / L.O.
«Tiempo de primavera o de otoño próximo al verano y de temperatura suave». O «llévate una chaqueta que luego refresca». En él nos mantenemos cuando el agua aparece de las nubes, aunque ya el verano asoma la patita. Por el campus también asoman las primeras, expuestas por los pantalones cortos que evito ponerme desde que en un capítulo de Cuéntame a Carlitos le decían que eran de niño. Pero nunca se fueron del centro de la ciudad, donde las parejitas transpirenaicas se asoman a su mapa plegable en busca del Casino o la Catedral.
Son guiris, pero tienen que tener algo de bilbaínos, porque es encomiable que se aferren a la manga corta y la chancleta cuando a los aborígenes solo nos falta la manta morellana, que golea, junto a su binomio zamorano, al edredón en términos de aura.
Tengo que cambiar el edredón. Y no digo por un cobertor de Lorca para darle empaque al cuarto, que también. Tengo que cambiarlo por sábanas más frescas. Aún quedan las últimas noches plácidas, las que se nos regalan antes del bochorno insoportable, cuando los mosquitos penetran en el horno para tocarnos al oído una balada triste de trompeta. Todavía no. Ya mismo, pero no todavía. Y, cómo no, ahí sigue mi edredón, al que tengo que apartar la mayoría de las noches para no adelantar julio. Su presencia es casi siempre un anacronismo. Pero luego, esa noche fresquita de ventana abierta, me abrazo fuerte a la almohada y cubro mi edredón de gloria cubriéndome yo con él. Esas horas es el amo de mi habitación, león y rey de la selva.
Sigo sin recibir respuesta del ministerio, pero asumo el silencio administrativo como positivo. Una jungla como la que tengo a veces en la habitación merece ser preservada, lo que me llevó a pedir la protección de la autoridad. Su ecosistema corre peligro, pues existe también contra ella un cazador furtivo ronda buscando su extinción: mi padre me dice que ordene, y que se juega conmigo un almuerzo a que los calcetines cautivos en la bolsa de plástico tienen allí a sus familiares desaparecidos. Creo que me conviene aceptar la apuesta, porque en la selva virgen es normal que las plantas carnívoras se fagociten a los incautos aventureros, pero para ello tendría que ordenar y entonces sí que voy a tener que entrar con el machete. De momento no entrego las armas, aunque para llegar a una tregua tendré que despejar el suelo. Lo de la cama es harina de otro costal. Y el edredón ni mentarlo. A él me aferro como un koala a su eucalipto. En mi selva mando yo, al menos hasta que el verano dicte la orden de desahucio.
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