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Opinión | Salud y rock and roll

@la_unzu

Un anhelo imposible

La Región necesita, casi por prescripción médica, una fuerza regionalista de izquierdas que no pida permiso ni perdón en la capital.

Imagen José Ignacio García, en el mitin de cierre de campaña de Adelante Andalucía

Imagen José Ignacio García, en el mitin de cierre de campaña de Adelante Andalucía / Adelante Andalucía

Vivimos tiempos de digestiones políticas pesadas. Hay días en los que miras el panorama y te entran unas ganas locas de refugiarte en un disco para no escuchar el ruido de fuera. El problema es que cuando apagas la música, la realidad sigue ahí, tan desordenada como siempre, o peor: la moción de censura a Noelia Arroyo en Cartagena en las últimas horas. No hay un día en el que no nos sorprendan con un nuevo giro de guion en este teatro nuestro. Lo de la trimilenaria es el paradigma del caos: un bloque de oposición que se junta a prisa y corriendo con tránsfugas de Vox para desalojar al Partido Popular. Cambiarlo todo para que nada cambie, o para gobernar un Ayuntamiento a base de parches en un año preelectoral. Es el sálvese quien pueda. Al final, lo de siempre: mucha aritmética de despacho y muy poco proyecto de futuro.

Pero dejando de lado el último sobresalto político chusquero en la Región, los resultados de las elecciones andaluzas han dejado muchas claves y un anhelo imposible para mí. Si miramos a la izquierda del PSOE, lo que te encuentras no es una alternativa, sino una mudanza perpetua donde los platos rotos siempre los pagamos los mismos. «La izquierda transformadora» se ha convertido en un bucle melancólico. Se juntan, se prometen amor eterno ante las cámaras, se reparten las siglas y, a las primeras de cambio, llega el divorcio express. Es una fórmula que, sencillamente, no funciona. Se empeñan en diseñar laboratorios políticos desde despachos en Madrid, ignorando que la política, como la buena música, necesita sonar real y pegada a la tierra, al territorio. El hiperliderazgo mediático solo genera desencanto en unas bases cansadas de votar con la nariz tapada.

Mientras ese matrimonio de conveniencia naufraga, no conecta ni ilusiona, cruzas a tierras andaluzas y ves algo distinto. El fenómeno de Adelante Andalucía no es un milagro, es puro sentido común con identidad. Allí entendieron hace tiempo que para frenar la inercia de la derecha y de un PSOE ahora en horas bajas, pero que fue el rey durante más de dos décadas, no hacía falta un manual de instrucciones, sino un proyecto estrictamente andaluz. Convirtieron el orgullo, los servicios públicos y la defensa de su territorio en un pegamento social imbatible. No necesitaron integrarse en marcas globales difusas; les bastó con hablar el idioma de su gente, cantar con su propio acento y poner sus problemas históricos en el centro del tablero político. Y es ahí donde a una le entra el pellizco y la inevitable envidia sana. ¿Para cuándo un espejo así en la Región de Murcia? Llevamos décadas instalados en una especie de resignación colectiva. La Región necesita, casi por prescripción médica, una fuerza regionalista de izquierdas que no pida permiso ni perdón en la capital. Una voz propia que defienda su territorio. No se trata de inventar el nacionalismo de la noche a la mañana, sino de sacudirse el complejo de inferioridad, de sentirnos orgullosos de nuestra tierra dejando atrás los localismos. Si la izquierda convencional de la Región sigue empeñada en mimetizar los errores de sus marcas estatales, el resultado será el de siempre: más fragmentación, más frustración y una alfombra roja perpetua para los de siempre en San Esteban, y cuidado que ya no van solos, les acompaña la ultraderecha. El ejemplo andaluz demuestra que hay vida más allá de los bloques rígidos y las coaliciones precocinadas. Hace falta valentía para romper el guion, remangarse y construir algo puramente nuestro, social y desacomplejado. Vamos camino de que Vox se convierta en la segunda fuerza política en la Región, ante una sociedad inmóvil y desencantada. Va siendo hora de que en esta esquina del mapa empecemos a sonar de verdad antes de que el ruido de la ultraderecha nos ensordezca por completo. Mientras tanto, me volveré a poner los cascos. Al menos, ahí dentro, la música todavía tiene sentido.

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