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Opinión | La perdición

Países hundidos

Hubo un entrenador de fútbol británico al que contrataron en Países Bajos cuando se llamaba Holanda, en la época en que parecía que esa nación avarienta iba a ganar algo gordo en ese deporte (por fortuna, no lo logró). Pronto se volvió a las islas, escandalizado. Fue pensando que, como ‘mister’, los jugadores seguirían sus indicaciones, como en el resto del mundo.

Se encontró con que allí es típico que cada maleducado profesional quiera imponer su impertinente opinión sobre cómo debe jugar el equipo, se peleen entre ellos y luego se enzarcen con el entrenador. Así es la democracia a la holandesa, absurda. Hoy ese país diminuto al que se refería el periodista americano P.J. Rourke como una nacioncilla de juguete que «si escupes seguro que la saliva tendrá que pasar por la aduana» ha prohibido la publicidad de carne en todas sus calles, que serán media docena.

Para que no se siente ofendidita esa gente absurda montada en bici que merece ser vegana, en un país sin gastronomía que, según Houellebecq, «no es un país sino, a lo sumo, una empresa».

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