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Opinión | NOTICIAS DEL ANTROPOCENO

Como quien se cambia de camisa

Los británicos gozan de una de las versiones más puras de la democracia electiva. Desde que se celebró el referéndum del Brexit hace diez años han tenido nada menos que seis primeros ministros, como llaman a sus presidentes de Gobierno. Este número incluye a David Cameron, el listillo que se jugó a una carta el futuro de Gran Bretaña y perdió miserablemente. Él fue el primero en dimitir, una costumbre que no conocemos por estos pagos desde la transición política y Adolfo Suárez. Ahora estamos a punto de vivir el séptimo relevo, con el actual primer ministro Keir Starmer en la cuerda floja ante el desafío de Andy Burnham, el alcalde del Gran Manchester y significado político laborista. La crisis política viene motivada esta vez por la amplia derrota que ha sufrido el Partido Laborista en las recientes elecciones municipales. Los ganadores han sido Reform UK, del inefable Nigel Farage, los Verdes y, en menor proporción, los Liberal Demócratas.

La costumbre en Reino Unido es que los diputados del propio partido pongan en cuestión el liderazgo de su primer ministro cuando las cosas vienen mal dadas y ellos temen por una próxima derrota en las elecciones parlamentarias que les arrebate su escaño. Así cayeron uno detrás de otro Theresa May, Boris Jhonson, Lizza Trust y Rishi Susnak, todos primeros ministros conservadores y víctimas de sucesivas rebeliones por parte de su grupo parlamentario. Lo sorprendente es lo poco que ha tardado Keir Starmer en perder la confianza del electorado y, en consecuencia, provocar una rebelión en sus propias filas para destronarle.

Todo es consecuencia en gran parte del sistema electoral británico, basado en circunscripciones uninominales donde gana el que mayor número de votos obtiene. Hay tantas circunscripciones como miembros del Parlamento y, por definición,los diputados se deben a sus electores, no a la disciplina del partido, aunque este tiene poder para no dejar que se presenten en la próxima convocatoria. Ese sistema, en un momento en que el populismo a derecha e izquierda arrasan en un electorado muy enfadado por lo que está pasando en su país, significa pura y simplemente derribar a cualquiera que gobierne de forma prudente y realista.

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