Opinión | Salud y rock and roll
Hambre de sol

Hambre de sol / B. U.
Tengo en la terraza un limonero, plantas aromáticas y una buganvilla. Está enredada, las cuerdas que la sujetan al enrejado se están soltando; hay algo heroico en la forma en que se aferra a la pared. No sabe hacia dónde va, o si el sol la acabará quemando; solo sube o eso intenta. Así crecimos, aferrados desde pequeños a nuestros padres; tuvieron la mejor de las voluntades y ahora estoy convencida de que también el peor de los miedos. «Lo hicieron lo mejor que sabían» es la frase que repetimos cómo bálsamo cuando la herencia nos aprieta el cuello. En su esfuerzo por protegernos del viento, nos ataron tan fuerte al enrejado que terminamos por olvidar cómo sostenernos nosotros mismos. Y de repente llega un día, siendo adulto, en el que te detienes a mirar la buganvilla de tu propia vida y te das cuenta de que estás perdido, enredado. Las respuestas que te dieron en casa ya no sirven para las preguntas que te haces. Es el momento del vértigo: cuando comprendes que la pared por la que trepar, la de tus padres, se ha acabado y que, a partir de ahí, hay una pared desnuda y un abismo de libertad que se parece demasiado a la soledad y te entra un miedo atroz. Miras hacia atrás y te preguntas cómo has llegado hasta aquí, cómo has sobrevivido. Si has perdido el tiempo y si es demasiado tarde para lo que sea que venga. Tu vida ha estado marcada por decisiones que no gustaron, que no se entendieron. No seguiste el camino que había marcado para ti. Empezar de cero a estas alturas no es arrancar la planta. Es algo más delicado y más valiente. Es aceptar que el tronco está dañado por aquellos miedos, es aprender a soltar el enredo de las ramas del «qué dirán» o del «tienes que ser» para buscar una salida propia hacia la luz. No es tarde. La buganvilla lleva años resistiendo: sabe que puede crecer incluso en el desorden, cuando nadie la guía. Quizás encontrar respuestas no sea hallar un camino recto, sino entender que estás perdido, ese es el primer paso para empezar a marcar un camino propio. Debajo de cada corteza herida siempre latió una naturaleza indomable esperando poder ser.
A veces, al acariciar la dureza del tronco que somos, descubrimos que las marcas más profundas no las hizo el tiempo, sino las cuerdas con las que intentaron que no nos desviáramos. Nos enseñaron a temer al mundo antes de conocerlo, tatuándonos sus propias derrotas bajo la piel. Y ahora, frente a este muro desnudo de la madurez, nos descubrimos buscando una mano que nos diga por dónde seguir, sin entender que esa orfandad es, en realidad, nuestro primer brote de identidad. El pánico que sentimos no es por estar perdidos, sino porque por primera vez, el rumbo depende de un deseo propio y no de un mandato ajeno. Cuesta aceptar que el refugio que nos construyeron era también nuestra jaula. Pero no hay rencor en esta mirada, solo una tristeza limpia de domingo, al comprender que ellos también estaban asustados intentando guiarnos en mitad de su propia tormenta. Perdonar es, en el fondo, la única forma de soltar. La verdadera madurez empieza cuando dejamos de preguntar «¿por qué me sujetaron así?» y empezamos a preguntarnos «¿hacia dónde quiero volcar ahora mi sombra?». Hay una belleza desordenada en las plantas que crecen sin dueño. Son menos previsibles, más caóticas, quizás menos aptas para la foto de Instagram, pero tienen una verdad que la perfección no conoce. No es tarde para ser esa buganvilla que desborda la terraza y se asoma a la calle, esa que ya no busca la aprobación del jardinero, sino el tacto del aire libre. Porque al final, la buganvilla no tiene memoria de las cuerdas, solo tiene hambre de sol. Y en ese impulso salvaje de crecer a pesar de las cicatrices, en ese atrevimiento de inventarnos una salida donde solo había muro, es donde por fin empezamos a parecernos, no a lo que esperaban de nosotros, sino a lo que siempre fuimos debajo del miedo. Feliz domingo.
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