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Opinión | El retrovisor

El bigote de Paca

Comulgantes en 1958.

Comulgantes en 1958. / Archivo TLR

Mayo, el mes que en ocasiones marcea y, pese a ello, es toda una promesa de luz radiante que parece iluminar la memoria para devolvernos a la infancia perdida. El mes de María trae aromas de azucenas e incienso. ¿Cómo olvidar el día más feliz de nuestra vida? La primera comunión quedó grabada para siempre en lo más profundo de nuestro ser, sobre todo cuando las sienes se muestran plateadas y la comunión de hijos y nietos hacen reverdecer el propio acontecimiento en la vida de cada cual. Es inevitable, al mirar el consabido y obligado álbum de fotos, un tesoro de aquella jornada, volver a ver las caras de quienes ya partieron de este mundo: padres, abuelos, familiares, amigos vuelven a la vida de forma emocionada con tan sólo una breve una ojeada.

Fue aquel día de mi primera comunión, en mayo de 1960, al salir de casa hacia la capilla del Seminario de San Fulgencio. Al abandonar el viejo ascensor de maderas de estilo colonial de la acreditada y madrileña firma Boetticher y Navarro, vistiendo mi trajecito de marinero y sintiendo aún la tensión capilar provocada por el efecto fijador del limón aplicado por mi señora madre en mi espléndido y abundante pelo de aquellos días, fui sorprendido por Paca, moza de servir de los vecinos del cuarto. La buena mujer lucía un mostacho recio, espeso y negro, más propio de un carabinero que de una moza. Emocionada al verme, me besó reiteradamente en la mejilla, quedando mi tersa piel resentida ante tamaña lija pilosa. Tanto fue el efecto que, alarmado, pregunté a mi madre, tras el efusivo asalto de la cariñosa mujer, si me había hecho sangre en las sonrosadas y frescas mejillas que únicamente aporta la lejana infancia. Un recuerdo nada místico que quedó grabado a cincel en mi memoria, hecho que, seguramente y de índole similar, muchos habrán vivido en el balance de aquel día memorable, tierno y familiar pese al paso del tiempo.

En el anecdotario de comulgantes figura también aquel amigo, ya fallecido, al que, por imperativo materno, vistieron el tradicional traje marinero de la época, eso sí, sin el obligado Lepanto que requería el inmaculado uniforme blanco. La falta del gorro llevó al niño a tomar una determinación drástica: o llevaba el tradicional gorro marinero o no haría la primera comunión en el día marcado. Así que dio cuenta de un bocadillo de mortadela, dando al traste con el exigido ayuno de doce horas de aquellos años preconciliares. La solución para aquella obsesión pasó por el confesionario, y una leve penitencia fue la que permitió al comulgante recibir el sacramento sin el ansiado Lepanto marinero.

Recuerdos, a fin de cuentas, de otros mayos y de días rememorados al volver a vivir otro mes de las flores y de los nervios previos a la ceremonia en la que recibiríamos a Jesús Sacramentado. Obligadas e ilusionadas miradas a los escaparates de Confecciones Pedreño, La Alegría de la Huerta o Flomar, en los que se exhibían las últimas novedades para los futuros comulgantes: uniformes con doble botonadura, entorchados con la Cruz de Santiago o del Santo Sepulcro en el pectoral, principescos atuendos de terciopelo con pañuelos de encaje… Velos, limosneras, piqué y tules de algodón vestirían a las niñas, mientras las abuelas buscaban con ahínco aquel rosario que ellas portaron en un idéntico día de hace mucho tiempo. Toda una gama de complementos que darían empaque al ilusionado día de la Primera Comunión, en los que no faltarían los recordatorios adquiridos en Sucesores de Nogués en la calle de la Platería, mientras los coros colegiales ensayaban sin descanso el Himno Eucarístico.

Qué decir de la ilusión de los designados para lucir el uniforme de Cruzado Eucarístico, los que acompañarían, montando guardia, a los comulgantes en tan importante día, orgullosos de sus blasonados trajes, luciendo capa con la cruz y portando bandera. Destacado Cruzado fue en su día un adolescente Carlos Egea Krauel (al que vemos en una de las imágenes) en el colegio de los Hermanos Maristas de La Merced.

Los días radiantes se citan en mayo para acompañar a la Virgen de Fátima y a los isidros en sus romerías. Mes de las flores, con fondo sonoro de himnos marianos, rezos del santo rosario y renuncias a Satanás, entre aromas de celindos y ceras. Ahora, cuando los estudiantes liquidan sus últimos piropos antes de coger los libros en serio.

Mayo, un mes festivo y luminoso, en el que las jacarandas se visten de azul, tiempo de festejos familiares que quedaron marcados en la antología de cada uno: bodas, comuniones y bautizos encuentran el marco perfecto en los días radiantes del mes de las flores.

(A Juan y María Peñarrubia Moreno, en el día de su Primera Comunión)

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