Opinión | Grullas de papel
El espíritu de Yahvé sobre las aguas

'El mar de hielo', Gaspar David Friedrich, 1806. / L.O.
El buque fantasma
Es un acontecimiento que aún recordamos, muy cercano en el tiempo. Destinado a burlar el bloqueo contra Rusia, el barco metanero Arctic Metagaz fue atacado por drones aéreos y marinos cuando cruzaba el Mediterráneo. La tripulación abandonó el barco y desde ese momento la nave fue a la deriva desde aguas cercanas a la isla de Malta hasta las costas libias. Llevaba los tanques cargados de gasóleo, fueloil y diésel. Hubiera podido estallar, o chocar con las plataformas petrolíferas en su camino, podría haber derramado su contenido contaminando extensas áreas de mar y costa. Durante dos meses representó una amenaza mortal. Su presencia impura y ponzoñosa atemorizó a malteses e italianos que no lo quisieron en sus aguas y evitaron cualquier acción para recuperarlo. El gobierno de Bengasi (bajo tutela de Moscú) ha asumido finalmente la gestión del barco y su carga.
El Arctic Metagaz, digno heredero del Holandés Errante, por fin ha podido tocar tierra y maldecirla; si es que esta puede albergar aún más semillas de maldición, como las que han sido sembradas en su seno.
La muerte desembarca en el puerto
En 1950 Elia Kazan dirigió una película titulada Pánico en las calles. Narra los esfuerzos de contención frente a una peligrosa epidemia que ha comenzado a extenderse por Nueva Orleáns. El portador de la enfermedad era un inmigrante armenio, polizón en la Reina del Nilo. El nombre del barco evoca ya la muerte. Víctima de una venganza entre jugadores de cartas, los primeros contagios se dan entre los asesinos que han tenido contacto con él.
Con frecuencia la muerte viene por mar. Thomas Mann cuenta cómo desde puertos lejanos llegan los patógenos del cólera que se abaten sobre la Serenísima República, Venecia, el mausoleo más grande de Europa. Bram Stoker sitúa el puerto de Hull como destino al que jamás llega el buque ruso Demeter, el barco donde se esconde Drácula. El bergantín aparece sin un solo tripulante vivo, varado en playas cercanas, sin haber llegado a tocar puerto. En sus bodegas se oculta la muerte, a punto de extender la epidemia más peligrosa de todas.
La guerra, el ocio y la peste
El barco es la imagen más antigua de la civilización técnica. Representa el triunfo del orden, de la jerarquía social: capitanes y oficiales frente a los tripulantes, a los simples remeros, a los cautivos, a los galeotes, o simplemente a los polizones. Representa también el control del espacio geográfico, el conocimiento del comportamiento del mar y de los fenómenos meteorológicos.
El Titanic, con su tragedia, sintetiza la fiebre prometeica que provoca alucinaciones a la humanidad. Fueron las fuerzas primordiales las que hundieron aquel Leviatán mecánico y tecnificado, aquel monstruo en cuyo interior se replicaba la sociedad de castas que existía en tierra firme. Hundido, recuerda a las ciudades legendarias tragadas por los océanos en tiempos inmemoriales.
Las enfermedades también han encontrado en los barcos la forma más sencilla de extenderse desde los mismos comienzos de la historia de la navegación. La peste, los virus, las alimañas y los parásitos, son componentes habituales de las bodegas de carga, habitantes ocultos de los camarotes. El crucero de lujo Hondius que ha cruzado recientemente el Atlántico con un brote mortal de hantavirus, ha dejado de ser una residencia flotante, exclusiva y elitista, para convertirse en una nave repleta de parias a los que ningún puerto acepta más que a la fuerza.
El barco (real o soñado, histórico o mítico) refleja de forma depurada y condensada nuestro mundo, con todas sus miserias y sus contradicciones.

Gaspar David Friedrich, 'El mar de hielo', 1806. / L. O.
El noveno círculo del infierno
En las regiones temibles que describe Dante en su descenso al Averno, Cocito, el lago helado, es el último rincón del Infierno. En pavorosas regiones polares muy semejantes se perdieron barcos modernos, fuertemente disciplinados. Sus tripulantes morían de escorbuto o de hambre, caían en la desesperación, conocían el canibalismo, después de que los cascos de sus naves atrapadas fueran aplastados por masas de hielo. En la novela Frankenstein, de Mary Shelley, la tripulación de un barco encallado en el hielo encuentra al famoso científico, creador del monstruo, persiguiendo a su espantosa criatura por aquellos desolados pasajes. El mito moderno de Frankenstein (actualización de Prometeo y su derrota) choca con el fracaso de la razón técnica, con el misterio irresoluble de la condición humana y con las fuerzas elementales de la naturaleza, que son más poderosas que la civilización.
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