Opinión | De dioses y de hombres
Cristino de Vera: Memento mori

El artista Cristino de Vera, retratado por Fernando Madariaga. / Fundación Cristino de Vera
Hay un tema al que siempre vuelvo, una idea obsesiva que, intermitentemente, siempre aparece en mi vida y creaciones de diferentes formas. Cualquier persona versada un poco en arte sabe que todo artista (no sólo los artistas plásticos), de una u otra forma, no hace sino volcar hacia fuera aquello que le inquieta y habita interiormente. El mismo Pablo Picasso, a lo largo de su dilatada vida, siempre tuvo una serie de temas sobre los que gravitó y articuló su vasta obra, casi de forma obsesiva. Ese tema que les comentaba arriba es la muerte, desde diferentes ángulos.
Especialmente en época barroca el género pictórico de la naturaleza muerta tuvo una singular manifestación con los conocidos cuadros de ‘Vanitas’. Obras ricamente alegóricas que nos hablan de la fugacidad de la vida y del cotejo igualador de la poderosa muerte. España fue también muy permeable a este tipo de obras en las que se recordaba a todos los estamentos sociales lo fugaz, la brevedad, de nuestro paso por aquí. Como no mencionar las geniales pinturas de Valdés Leal para el hospital de la Caridad en Sevilla o al genial Antonio de Pereda con su Alegoría de la Vanidad, entre otras.
Cursando un máster de posgrado decidí iniciar una investigación sobre la pervivencia de las Vanitas en el arte contemporáneo. Ese tema, que bastante tiempo después me sigue fascinando, fue el comienzo de una investigación que continúa abierta y a la que suelo volver intermitentemente. Fue en aquellos años de formación universitaria cuando conocí y quedé fascinado por un pintor cuya obra podemos disfrutar, ahora, en Murcia. Un hombre que falleció el pasado mes de enero con noventa y cuatro años, pero que llevaba décadas hablando con la muerte a través de su pintura. Refieren sus allegados que desde que tenía cuarenta años inquietaba a todos con la inminencia de la muerte. Me refiero al Premio Nacional de Artes Plásticas de 1998, el artista canario Cristino de Vera.
Vera ha sido un gran artista; profundo, pausado y con un imaginario característico que bebe, en gran medida, de esa tradición pictórica que mencionábamos más arriba. Habitualmente hablaba de la muerte y de Dios con la misma familiaridad con la que comía manzanas o bebía whisky. Ha sido habitual relacionar tanto su persona como su pintura al adjetivo ‘místico’. Tuvo una época en la que incluso preguntaba a la gente con la que se encontraba -arbitrariamente-, por sus inquietudes transcendentales, por los temas que a él le movían. De alguna manera, Cristino de Vera, fue heredero del gran Zurbarán. El crítico de arte Juan Manuel Bonet, con quien compartió amistad, lo definió magníficamente en una ocasión: «Es un eremita de la pintura». Los que lo conocieron hablan de su bondad natural y de su búsqueda obsesiva acerca de lo trascendental, donde habita, en frágil equilibrio, lo humano y lo divino. Contemplaba las estrellas ensimismado y pintaba con unos grafismos singulares, quizás titubeantes, a modo de posibles interrogaciones. Sus lienzos están habitados por paisajes, velas, flores, cráneos... depositados muchas veces estos sobre mesas que parecen evocar a refectorios o altares propios del genial cartujo Sánchez Cotán. Habita en sus representaciones una luminosidad que nace dentro de los propios objetos y que les otorga una especie de aureola que acrecienta su carácter metafísico. No en vano, muchos estudiosos y críticos han visto en los propios escritos del artista una gran conexión con filósofos y poetas místicos de Oriente y Occidente. También, por contra, su pintura ha despertado el interés de grandes poetas españoles como José Hierro o Gerardo Diego.
Cristino Vera estuvo acompañado prácticamente toda su vida por la misma mujer: Aurora Ciriza. Una presencia esencial que le ayudó a saber estar en el mundo y que, de alguna manera como ocurre con otros grandes artistas, ayudó a que su obra fuera una realidad mantenida en el tiempo. Una suerte de salvación terrenal para un hombre que habita entre los límites de lo inasible.
El pasado ocho de mayo, en el Museo Ramón Gaya de Murcia, se inauguró la exposición: ‘Cristino de Vera. El taller del Eremita’. Una muestra que, configurada por fondos de la Fundación del artista y de su propio estudio de Madrid, nos sumerge en la obra de este artista fabuloso. La ubicación escogida, junto a la pintura de Ramón Gaya, nos permite establecer puentes entre dos artistas que, aun siendo diferentes, estuvieron marcados por la búsqueda de lo esencial, de lo que perdura más allá del tiempo. Decía sobre Vera el poeta José Hierro: «Su pintura era una tentativa de reconstruir las formas reales partiendo de su imagen espiritual». Les invito a acercarse a la contemplación de la obra de un artista que brilla, más allá de la muerte, ante nuestros ojos.
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