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Opinión | Nos queda la palabra

Mi casa

Sueños, con los ojos abiertos y cerrados. Sonrisas a lo largo de los largos días de verano. Momentos muy previsibles y otros nunca esperados. Olores a tierra mojada y a los platos que jalonaban el día gracias a las manos de tu madre. Tu padre siempre dispuesto a que no te aburrieras.

La puerta abierta. Las dos. Por la que pasaba el ganado y por la otra, la nueva, donde una pequeña ventanita permitía acceder al pomo por dentro, pues el pestillo nunca estaba echado. Todo el mundo sabía que era bien recibido. No iba a faltar ni cerveza ni un torrezno o alguna sobra apetitosa del día anterior, claves para dar pie a una conversación ajena al reloj.

Cuando mis padres la compraron para tener nuestra propia casa en el pueblo descubrimos que su adobe ganaba a la de mis abuelos. Hacía frío incluso el 15 de agosto, donde había que dilucidar adonde se iba a ver el toro o bailar, pues había varios pueblos que rodean a Siete Iglesias de Trabancos, en plenas fiestas.

Las nuestras eran las primeras del verano. El 26 de junio. San Pelayo. De estreno, como con nuestra nueva casita, salíamos por ese largo pasillo, como tantos días, a celebrar la vida. Podríamos pasar calor, más en los años en que ya bajábamos a las bodegas a probar la limonada, pero lo que era seguro es que a la vuelta las paredes nos saludarían con un golpe de frescor que te costaba ponerte el pijama hasta recibir el abrazo de la colcha, ahora edredón.

Junto a mi hermano, el techo acogió los veranos de nuestra adolescencia y primera juventud. Luego, la familia entera tuvimos la oportunidad de respirar y compartir el mismo espacio. Para mí, idílico, como la isla al mediodía que diría Julio Cortázar.

Esta semana la hemos vendido. Mis padres, y más aún mis abuelos, hace tiempo que descansan en la misma tierra.

Un pedazo de mí sigue viviendo allí, contento de que ahora va a ser ocupada por una pareja joven en una época de éxodo rural. El tiempo pasa, pero los cimientos de la felicidad siguen firmes.

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