Opinión | La balanza inmóvil
Huertano y pichi

Una instantánea del pasado Bando de la Huerta. / Israel Sánchez
Uno, que por naturaleza le gustan las tradiciones sanas, sin llegar nunca a ser británico por sus excesos que rozan lo arcaico. Y me gustan, esencialmente, por respeto a nuestros ancestros, y en el día de hoy más aún, para homenajear a los que forman parte del sector primario. Son los que celebran su onomástica, a los que me uno vistiéndome ad hoc con gorra, pañuelo al cuello, chupa con clavel reventón en el chaleco que descansa sobre una camisa blanca, completando la vestimenta madrileña con unos pantalones y zapatos negros. Y ya estoy hecho un chulapo o un pichi de libro, dispuesto a bailar un chotis con la gata que porte un vestido entallado de lunares o flores, con un mantón de manila que cubra las mangas de farol. Eso sí, sin salirme de una baldosa. Pero como soy murciano de nacimiento y de vocación, hoy me uno a todos los huertanos/as de nuestra Región que, con o sin zaragüelles, pero siempre con faja y chaleco, y las mujeres con refajo, blusas bordadas y mantones de colores vivos, rematados con broches, pendientes y cruz huertana, siguen nuestra tradición año tras año en las fiestas de primavera.
Hoy rindo homenaje a ese huertano que, con su esfuerzo y sabiduría, obtiene de una tierra más blanca que roja, y a pesar de la escasez de agua, los mejores productos en nuestras huertas y campos de secano. Y, a propósito de esta maravilla de huerta murciana, les contaré una anécdota vivida en Madrid hace algún tiempo, cuando en un restaurante de moda el chef me recomendó para comer unas verduras a la plancha que eran excepcionales, y al decirle que yo era de Murcia, me contestó: «Pida otra cosa».
Vestido de huertano murciano o de su hermano el pichi madrileño, hoy grito: «¡Viva el mozárabe San Isidro Labrador!», y sus ideas de cultivar humildemente las tierras en los alrededores de Madrid, como en la actualidad lo están haciendo los hombres y mujeres de campo murciano, que conocen hasta los vientos por propia experiencia, consiguiendo auténticas ambrosías para nuestra Región. Son la base de toda una alimentación sana y necesaria para esa dieta mediterránea tan elogiada, con razón, en todo el mundo. Por eso, los entiendo perfectamente cuando con sus tractores cortan, previa autorización administrativa, las vías de acceso y el centro de las capitales o ciudades más importantes de este país, reivindicando su papel primordial, para que al menos les sea rentable su inmenso trabajo. Lo que no sucede si se les paga en bancal a un mísero precio y después el consumidor lo adquiere en el supermercado tres o cinco veces más caro. Entiendo que se mosqueen y exijan lo más elemental, como es el reconocimiento a su labor también de manera económica, que al fin y al cabo es lo que les permitirá seguir en la brecha de la producción.
Por eso, hoy, día de los auténticos idus de mayo romanos, celebramos la festividad de todos aquellos que no tienen descanso ni domingos ni festivos, y subidos a un tractor, se pasan las horas, arando y sembrando, para obtener esa fruta y verdura que haga las delicias del buen paladar, sin necesidad de acudir a esa modernidad de cocinar el producto «a baja temperatura». Y ello, a pesar de la escasez de agua que padecemos de manera inmemorial, tanto de lluvia como de trasvase de ríos caudalosos. Jamás entenderé cómo se prefiere arrojar el agua al mar, antes que dársela a una región que la necesita. Menos aún comprendo cuando esa misma agua que era dulce se arroja al mar para después desalarla. Si San Isidro bajara de los cielos y viajara de Madrid a Murcia, les explicaría a los que nos niegan el agua lo que es el sentido común y la solidaridad entre los pueblos, pues a pesar de que siendo el agua un bien de dominio público, se nos niega con demasiada frecuencia, y quedan obligados nuestros huertanos a hacer maravillas para poder regar cuando no llueve, a costa de pagar un precio más elevado del deseado. Todo eso, además, con la esperanza de que no se cebe en las cosechas la mala suerte en forma de pedrisco o de riada, llevando al traste todo su sacrificio personal y económico.
Soy huertano y pichi a la vez, porque al fin y al cabo tenemos un mismo patrón que es San Isidro Labrador, festejado en la capital de España y en numerosos pueblos rurales de España. En su honor, y por conveniencia propia por mi salud, prometo comer hoy y todos los días productos del campo y de la huerta murciana.
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