Opinión | Pasado a limpio
Pifias antológicas

Alumnos en las pruebas de selectividad. / EFE
Una noticia reciente da cuenta de unos detectores de frecuencia para identificar a los estudiantes que intenten copiar en los exámenes de acceso a la universidad, que se podrán utilizar en las próximas convocatorias en Murcia y en alguna otra comunidad autónoma. Copiar en los exámenes es una práctica muy antigua y cuantas más herramientas y medios técnicos, más sofisticados son los métodos para copiar. ¡Que no cunda la alarma! siempre ha habido copiones y los métodos han sido de lo más variado, como también han sido diversas las habilidades del profesor para detectarlos o para evitarlos. Todavía recuerdo un caso práctico en un examen de Derecho Mercantil que me costó identificar más de media hora y folio y medio de divagaciones, hasta que pude resolverlo en pocos minutos y media página al caer en la cuenta de lo que era. Pero si en la universidad se sigue extendiendo la práctica de los exámenes tipo test, lo mismo dará hacerlos en las autoescuelas.
Manuel Lamarca nos enseñaba Lengua y Literatura en el Instituto Floridablanca. En una de sus clases nos marcó una escala de graduación del conocimiento en su asignatura. De nuestro universo académico, el que más sabía era el autor del libro, Lázaro Carreter para más señas; luego estaba él, que sabía menos que el gran académico, pero más de lo que ponía en el libro, luego estaba el libro y nosotros tras él, pues nuestro objetivo era llegar a saber lo que ponía en el manual. La anécdota es una manera de espantar los temores a un futuro distópico en el que faltaran sobresalientes para calificar a los alumnos. Se supone que, por lo general, el profesor sabe más que el alumno y debería saber hacer exámenes que el alumno no supiera copiar. La solución no pasa por catear a toda la clase, sino por hacer pensar al estudiante en las claves de la disciplina.
De una anécdota pedagógica, salto a otra no menos académica, pues José Antonio Cobacho me contaba la otra tarde cómo explicó a los compañeros de un tribunal universitario algunas peculiaridades de las hablas huertanas. Tirando un poco de ironía, en Murcia se dice de quien no tiene muchas luces que «muy listo no es», mientras que de otro con capacidad intelectual por encima de la media se dice que «no es tonto».
Para poner en práctica estos usos lingüísticos, basta abrir los periódicos de estos días. Por ejemplo, el presidente canario, Fernando Clavijo, se ha cubierto de gloria con la crisis del hantavirus. Es titulado universitario, pero eso no lo libra de patinazos que, para colmo, eleva a pifia antológica cuando insiste en el error. Su comentario sobre las ratas natatorias habría merecido un especial de Fauna Ibérica, aun siendo insular, con comentarios incluidos del gran Félix Rodríguez de la Fuente. Ha sido tan grande su metedura de pata que ha difuminado las críticas cortoplacistas del principal partido de la oposición.
Mónica García, ministra de Sanidad, y por extensión el Gobierno central, han salvado notablemente la crisis sanitaria, pese a algunos titubeos iniciales. La gestión de una crisis de esa envergadura requiere, no sólo conocimientos de Medicina Tropical, Enfermedades Infeccionas, Epidemiología, Microbiología y Parasitología, disponer de las unidades sanitarias adecuadas y, en el menor tiempo posible, de todo un sistema logístico de actuación y coordinación de recursos. Claro que se han puesto a disposición recursos de la OMS y de la UE, porque ha sido una labor de coordinación internacional que ha liderado nuestro país.
Las felicitaciones y elogios desde los cuatro puntos cardinales y los más variados sectores no han tardado en llegar, mal que le pese a ciertos individuos con patologías ideológicas severas. Uno de ellos ha llegado a decir que esto era un montaje de Sánchez para ocultar sus casos de corrupción. En el colmo de su delirium tremens viene a comparar al presidente con el diablo, ¿qué calificativo merece en las hablas murcianas? Bien debería enjuagarse la boca con vinagre, porque mucho me temo que seguirá diciendo tonterías.
Ello no quita que la misma ministra haya de demostrar un poco más de inteligencia de la hasta ahora demostrada en el contencioso que tiene con sus colegas médicos, soliviantados por las precarias condiciones laborales y organizativas de nuestra Sanidad. Si nuestro sistema de sanitario público fue puntero, al cabo del tiempo se han generado muchas disfunciones que exigen medidas quirúrgicas precisas. Para ello debieran comprometerse también las comunidades autónomas, que tienen competencias exclusivas en la materia. Pero dada la bronca política en que vivimos, parece que los responsables no fueran muy listos. No estaría de más un poco de inteligencia y altura de miras para rectificar el modelo sanitario y potenciar la atención primaria y la medicina preventiva, entre otras cosas.
Mientras tanto, despedimos a nuestro alcalde, persona inteligente y carismática que, al margen de las críticas que pudiera merecer su gestión política, supo concitar simpatías y esfuerzos colectivos. Tal vez porque no tenía necesidad de demostrar su inteligencia, supo llegar más lejos que muchos de sus compañeros de partido, que debieran aprender de su talante. Que la tierra no le pese.
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