Opinión | La Feliz Gobernación
Una despedida sentida al alcalde de Murcia

Despedida a José Ballesta en la capilla ardiente instalada en el Salón de Plenos del Ayuntamiento de Murcia / Juan Carlos Caval
Murcia está de luto, y no es una formalidad. Hay en el aire un dolor profundo, sentido, verdadero, y gente a la que sorprenden las lágrimas en los lugares más inesperados de la ciudad. Se está produciendo un involuntario test que muestra que el cariño y el respeto están extendidos más allá de los acólitos, en círculos concéntricos de radiación muy abierta, muchos de ellos alejados de su sintonía. El cariño y el respeto no han de ir necesariamente de la mano; son sentimientos que surgen cada uno por su cuenta.
Hay cariño y hay respeto, y en ocasiones coinciden. Para adquirir la categoría de persona popularmente querida y honorable hay que ser de una pieza, y además serlo sin interrupción, sin pose, sin impostura. La nobleza cala. Aunque no todo sea perfecto, haya cuestiones importantes para la discrepancia y hasta se detecten tics o manierismos que faciliten resquicios para la caricatura. En el escenario político no puede ni debe, salvo en casos en que es preciso que la unión haga la fuerza, representarse la unanimidad. Ésta se consigue en otro ámbito, determinado por el factor humano.
No dejarse arrebatar, escuchar al otro, mantener actitudes coherentes, no contribuir al chillerío, respaldar los hechos en ideas, conquistar mediante el diálogo, no traducir los repechos en que a veces se ralentizan los proyectos en victimismo, mostrar la necesaria paciencia o que el marco intelectual propio no conlleve suficiencia ni alardes de superioridad sobre los de otros. Si vemos que era una persona ampliamente respetada es porque respetaba. Y como perejil a todo esto, una nota de emoción puesta en las cosas, pues no todo son tecnicismos, burocracia y mantenimiento. Una ciudad exige ser reconocida, sentida, procurar que los avances que experimente no sean percibidos como pegados postizos, sino que adquieran arraigo desde la continuidad, que no quede desfigurada en aras a una falsa modernidad que la convierta en un no-lugar más. Y, por supuesto, que sea funcional.
Entre los muchos aciertos y los asuntos legítimamente controvertidos, un error señalado, cuando atendió más a la disciplina interna que a los vecinos y a la lógica del futuro, pero que se resolvió para bien. Mejor una tacha, que en su caso es también otra señal de humanidad.
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