Opinión | Obituario
No éramos indestructibles
Era una suerte tener a José Ballesta como amigo. Eso todo el mundo que lo ha vivido lo sabe.

José Ballesta / L.O.
Hace poco, Pepe Ballesta y yo nos encontramos en la sala de espera de una consulta médica. A él lo acompañaba su esposa y a mí mi hijo. Charlamos, nos contamos nuestros padecimientos, nuestras peplas, lo que nos decían los médicos y lo que opinábamos nosotros de sus diagnósticos. A ella, a Pilar, le dije que cómo podía Pepe seguir con el trabajo de alcalde con la intensidad que lo estaba llevando a cabo. Me respondió que era lo mejor para él, que, aunque a veces salía de casa, iba a un acto, volvía y tenía que irse a la cama, casi sin fuerzas, él se sentía mejor así y que no aceptaba cambiar nada mientras le fuera posible. Cuando nos despedíamos con un fuerte abrazo, Pepe Ballesta me dijo: ‘No te preocupes, Enrique, ¡Somos indestructibles!
El mes pasado, me mandó un wasap. Me contaba que estaba en el hospital y que le iban a hacer una broncoscopia, que tenía algo de infección y que se la estaban tratando. La verdad es que todo el desarrollo de su enfermedad ha sido una lucha sin cuartel de los médicos contra el mal, y él ha tenido una fe total en sus médicos, de los que hablaba maravillas. Decía, y con razón, que en La Arrixaca tenemos los de esta Región la mejor Sanidad posible hoy en día.
Últimamente no nos veíamos, pero durante años mantuvimos muchas charlas en sus despachos de consejero, de rector o de alcalde. Sin lugar a dudas, era un político especial, distinto a tantos otros que yo he conocido. Su interés se extendía a una amplísima gama de temas. Le gustaba la pintura, y siempre venía a la inauguración de mis exposiciones, y después se unía al grupo que nos íbamos a tomar la cerveza para celebrarlo.
Una de las características de su carácter era sin duda su afán de escuchar al diferente, al que podía darle una opinión o una idea que no fuese las que lo rodeaban en su quehacer político. Una tarde, un amigo y yo quedamos para ver varias exposiciones que había en las salas de Murcia. Cuando acabamos, algo cansados, decidimos ir a tomarnos un chocolate con churros en la plaza de Belluga. Cuando estábamos más afanados en lo nuestro, levanté la cabeza y allí estaba Pepe Ballesta con su guardia de seguridad, mirándonos con una amplia sonrisa y bromeando sobre eso de comer churros por la tarde una persona tan seria como yo. Le presenté al amigo que me acompañaba, persona culta y amable. Tras una corta conversación, nos dijo: ‘qué bien me vendría un poco de charla con vosotros después del día que llevo, ¿podéis venir un rato a mi despacho?’ Dijimos que sí y a la alcaldía nos fuimos. Disfrutamos de su capacidad de comunicar y sobre todo de la de escuchar, que era la que lo caracterizaba.
Pepe Ballesta estaba en política porque quería, porque le gustaba y yo creo que su mejor experiencia ha sido ser alcalde de Murcia. Lo de rector de la UMU estuvo bien, lo de ser consejero le gustó, pero, sin lugar a dudas, el convirtió en verdad la famosa frase ‘a lo máximo que puede llegar uno es a ser alcalde de su pueblo’. El hecho de tener las espaldas cubiertas con su cátedra en la universidad, le daba una gran tranquilidad, pero no le apetecía volver a la Enseñanza. Lo suyo era verdadera vocación política, ganas de hacer cosas por su ciudad. Cuando hablábamos desgranaba un proyecto tras otro, una ilusión tras otra que fueron convirtiéndose en las realidades que ustedes ya conocen.
Tengo en mi teléfono todos esos wasaps que van desde hace años hasta estos últimos tristes meses. Era una suerte tener a José Ballesta como amigo. Eso todo el mundo que lo ha vivido lo sabe. Descansa en paz, Pepe.
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