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Opinión | La Feliz Gobernación

Alcalde

José Ballesta dictó hasta el final dos lecciones paralelas: el compromiso público como instrumento de transformación junto al optimismo vital en la lucha por la vida

Cartón de fotos de José Ballesta en el estudio de Juan Ballester.

Cartón de fotos de José Ballesta en el estudio de Juan Ballester. / Juan Ballester

Ha muerto un buen alcalde. Con decir esto bastaría. No digo un buen alcalde porque es lo que se dice en los obituarios de instante, sino porque lo ha sido, y es preciso reconocerlo dejando de lado la emoción del domingo fatal. Con admitirlo no se anulan las críticas legítimas a su gestión ni la validez de las alternativas de otros grupos políticos, ni siquiera hay que esconder sus errores. Pero es preciso hacer un paréntesis en la polarización e incluso en el debate más templado y correcto para admitir el alto valor de esta personalidad política, tan singular en el actual contexto.

José Ballesta ha sido el nexo que ha cruzado con más naturalidad el tiempo en que la política se concebía de una manera a otro en que cambiaron todos los paradigmas. De ahí que se acreditara de una gran respetabilidad. Ha sido un alcalde tradicional y moderno a la par. Emitía mensajes que confortaban a quienes entendían la política como un escenario sólido, reconocible, y también a quienes exigían una cierta ruptura con las convenciones que para muchos eran inamovibles. Ha sido un alcalde de espíritu templado (aparte de su carácter exigente sin paliativos en la trastienda), que ha dado juego a modos y maneras diversas y a veces contradictorias en un intento de coordinar visiones y tendencias mientras, eso sí, pilotaran a su alrededor, como eje centralizador. Por esto ha sido capaz de aglutinar a mucha gente distinta, al poner como referencia la ciudad por encima de adscripciones de parte.

No pudo ser un alcalde populista, aunque a veces lo intentara, porque su solidez intelectual se lo impedía, y su sentido del humor, aunque procurara adaptarlo a lo que entendía que podría ser comprensible por los otros, no tenía vuelo. Pero transmitía una especial sensibilidad en el trato que se convertía en emocionalidad apenas contenida por las ‘cosas de Murcia’, y esto es lo que lo hacía cercano por encima incluso de su actitud reservada para desatarse como le pidiera el cuerpo. Tenía una enorme capacidad de control, insólita en la mayoría de los políticos, para no estallar contra la idiocia, como fue perceptible cuando se vio obligado a gobernar con Ciudadanos. Se limitó a soportar la estulticia hasta que, tras la prueba y error del gobierno socialista de dos años, resuelta en error, la ciudadanía lo recompensó con la mayoría absoluta.

Ha muerto con las botas puestas, apurando hasta el último instante su responsabilidad, ignorando el acecho de la muerte obscenamente prematura, como si la mejor medicina consistiera en acudir a su despacho contra el consejo de los médicos

Ha muerto con las botas puestas, apurando hasta el último instante su responsabilidad, ignorando el acecho de la muerte obscenamente prematura, como si la mejor medicina consistiera en acudir a su despacho contra el consejo de los médicos. Si se hubiera quedado en su casa en el momento oportuno, la noticia de su defunción se habría producido muchos meses antes. Su proyecto de ciudad ha alargado su vida contra todo diagnóstico, y cada día ha sido para él una conquista para sí mismo y para la capital a la que amaba. En este punto se han encontrado la pasión por la política como instrumento de transformación y el optimismo vital contra los designios de la caducidad humana en una lucha extrema, hasta el último resuello. Dos lecciones paralelas: el compromiso público junto a la lucha por la vida.

Todos, más especialmente quizá los observadores de la cosa pública que estábamos más informados sobre sus pasos, hemos seguido este último itinerario de Ballesta con el corazón en un puño, admirados de su resistencia, de su indiferencia ante lo inevitable, y de cómo Murcia se convertía para él en una percha de salvación. Era el hombre imperturbable, decidido, cuya fortaleza interior se imponía a un destino predeterminado, caprichosamente adelantado.

La última vez que coincidimos fue un día de la pasada Navidad, en que sorteó con inteligencia cómplice una pregunta mía en rueda de prensa en que dejé implícito, creo que con delicadeza, las circunstancias políticas derivadas de este momento. Después, se acercó a mí y deslizó en mi mano un bolígrafo de protocolo institucional que todavía acompaña mi agenda. Ha sido el último político de los de antes, o sea, de los que hacen falta ahora.

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