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Opinión | La Feliz Gobernación

Vendetrenes en el Senado

Pedro Saura, en su calidad de exsecretario de Estado de Transportes, en su comparecencia del pasado viernes en la comisión de investigación sobre el ferrocarril en el Senado.

Pedro Saura, en su calidad de exsecretario de Estado de Transportes, en su comparecencia del pasado viernes en la comisión de investigación sobre el ferrocarril en el Senado. / Alberto Ortega - Europa Press

Tenemos muy presente Adamuz y a sus víctimas, así como también el modo truculento, evasivo y bulero con que el ministro responsable del transporte público, Óscar Puente, ha contaminado sus respuestas, disfrazando su responsabilidad política en la disponibilidad para prestarse a múltiples comparecencias, como si atender a esa obligación fuera una virtud que debiera ser celebrada. Basta recordar que el político que más atiende a la prensa, a veces varias al día, es Trump. Dicho queda.

Tenemos, digo, muy presente Adamuz, pero parece que ya se nos ha olvidado Chinchilla, en cuyas proximidades se produjo otro accidente ferroviario, línea Madrid Chamartín-Cartagena, en junio de 2003, con diecinueve muertos y cincuenta heridos, algunos con consecuencias irreversibles. Gobernaban por entonces José María Aznar en España, con Francisco Álvarez Cascos en el ministerio de Fomento, y Ramón Luis Valcárcel en la Región de Murcia. Es decir, un PP plenipotenciario.

Las causas de aquel suceso aparecieron claras desde el primer momento, y pueden resumirse en un dictado general, necesariamente asumido por todos: en la línea Murcia-Madrid no se había invertido una peseta desde Isabel II. Tal vez algo exagerado, pero solo un poco, y en lo fundamental, es decir, en lo estructural, nada.

Altos vuelos

El Gobierno Valcárcel estaba por entonces empeñado en el nuevo aeropuerto, con cuya realización justificó su continuidad rompiendo su promesa de que solo permanecería en el cargo ocho años, como si solo él pudiera aplicarse a esa tarea. El proyecto contaba con la oposición de los ministros Álvarez Cascos, que solo tenía ojos para Asturias, y Federico Trillo; éste lo boicotecaba dedicando inversiones al aeropuerto de San Javier (una costosa segunda pista de aterrizaje) para tratar de fortalecerlo y apagar las demandas de una alternativa.

Sin embargo, Valcárcel necesitaba un aeropuerto flamante para atraer turistas a la urbanización de Cabo Cope (una Marina D’Or pública) que promovía su Gobierno en ese paraje natural, y para lo que había reivindicado la creación de una autopista, que nadie, ni siquiera el entonces presidente, se atrevió a inaugurar, que corría paralela por la costa a la autovía ya existente, de manera que los visitantes dispusieran de un servicio puerta a puerta nada más desembarcar en Corvera. Todo aquello se fue al traste: los ecologistas consiguieron parar en el Constitucional la urbanización de uno de los pocos parajes del litoral libres de cemento, y por la autopista, que luce el dudoso galón de haber sido rescatada (el Estado, ya se sabe, está para asumir al final los costes de los delirios de grandeza que hacen plafff), circulan cabras libres de peaje y algún vehículo despistado por el GPS.

Queda el aeropuerto, en Corvera, gestionado por la misma empresa que el de Alicante, que difícilmente admitirá competencia; en todo caso, un realojo subsidiario. Esta infraestructura ha colonizado durante años los presupuestos de la Comunidad y en sus sobrecostes se aplica la lupa de una comisión de investigación parlamentaria. Si nos pusiéramos a contar los millones de euros que tanto al Gobierno central como al regional, ambos del PP, les ha costado esta sucesión de fracasos e inversiones baldías sería prudente recurrir a una grajea contra el desmayo.

El intento de acorralar a Saura con imputaciones atribuibles a Ábalos, Koldo o Aldama contrasta con que tan sólo unos días antes el exsecretario de Transportes había declarado ante el Supremo en calidad de testigo, sin que ninguna de las tropelías de su ministro o del asesor de éste le hayan rozado siquiera

Los retos del siglo XIX

Mientras tanto, del tren ni hablábamos. Todo iba de altos vuelos, pero a las conexiones ferroviarias no se dedicaba ni pizca de atención. Y esto a pesar de una amplísima demanda en el largo recorrido y un intenso uso en cercanías. Los políticos gobernantes hablaban mucho de los retos del siglo XXI, pero los trenes, efectivamente, eran cosa de otro siglo, el XIX en concreto. Un alcalde del Guadalentín que me escuchó decir que era usuario frecuente del cercanías Murcia-Lorca me advirtió: "Pues ten cuidado, porque las vías son peligrosas, y el día menos pensado vamos a tener un disgusto". Gobernaba el PP, así que me quedé muy tranquilo.

Era la misma línea cuya supresión para trazar la del Ave a Almería escandalizó al entonces consejero de Fomento, José Ramón Díez de Revenga ("¡el PSOE nos quita los trenes!"), quien seguramente, como ingeniero que es, tenía la solución para mantener el obsoleto trayecto mientras se realizaban las obras del nuevo prácticamente sobre el anterior. Si algún día recibe a los albañiles para que le reformen su cocina debiera probar a hacerse un huevo frito. Es curioso que al político-ingeniero le diera de pronto un sarpullido ecologista, lamentándose de que iba a aumentar el tráfico de vehículos por la autovía a Lorca, lo que no lo estimuló para mejorar el desastroso servicio de autobuses ni la ruinosa situación de las estaciones.

Tobarra y Chinchilla

La primera señal fue en enero de 2003, cuando el Talgo a Madrid descarriló a su paso por Tobarra con la consecuencia de dos víctimas mortales y más de una veintena de heridos. Pero fuera porque ningún afectado era murciano o porque las causas se atribuyeron a algún tipo de sabotaje, desde el Gobierno permanecieron impasibles. Poco tiempo, porque en junio del mismo año ocurrió la catástrofe de Chinchilla, con el agravante político de que el presidente de la Comunidad estaba disfrutando de un crucero a las islas griegas financiado para él y su esposa por la empresa referente de la distribución farmacéutica en la Región, Hefame. Se libró del horror mientras buscaba su Ítaca, pero Escila y Caribdis azotaban Murcia. Regresó a su despacho, se hizo la foto y se reintegró de inmediato a la excursión griega "para recoger a mi esposa", según declaró, sin aportar qué clase de impedimento la imposibilitaba para volver con el resto de los turistas.

Enseguida, la cuestión ferroviaria fue incluida en la agenda política, tratando de hacer creer que siempre había estado en ella. Estaba, sí, pero ‘por accidente’, y nunca mejor dicho. Con una perla cultivada: el Ave. Queríamos Ave, como todo el mundo. Y se celebró el Pacto de San Esteban, que mejor bautizado habría sido el Pacto contra San Esteban. Valcárcel tenía prisa o tenía poca influencia o las dos cosas. El caso es que el trazado diseñado entre él y los entonces presidentes autonómicos de Madrid, Castilla-La Mancha y Comunidad Valenciana, Gallardón, Bono y Zaplana, constituyó una aberración que enviaba a los murcianos a Madrid obviando la línea recta, como así ha quedado.

La solución a la obsolescencia ferroviaria de la Región constituyó, pues, una chapuza, después de que Eme Punto Rajoy prometiera en la plaza de toros de Murcia ‘dos Aves’, uno directo y otro a Alicante. Del olvido a la chapuza. Ese sí que es un glorioso trayecto.

La porra de Bernabé

Y después, ya sin Valcárcel, Francisco Bernabé se encargó de Fomento, y más tarde de la delegación del Gobierno. Como alcalde de La Unión se había opuesto a la ampliación del Puerto de Cartagena en el Gorguel, pero cuando pasó al Gobierno la defendió como prioridad política. Un día, en su etapa de alcalde, me subió a un monte para que observara desde él la proximidad entre dos proyectos en el litoral, hoy por hoy irrealizados: el nuevo puerto de mercancías y la infraestructura turística concebida para Portmán, ambos en la linde respectiva de los municipios de Cartagena y La Unión: "¿Quién querría hacer turismo al lado de un puerto de cargueros?", dijo. Muy convincente. Pero cuando lo hicieron consejero cambió de opinión, una virtud que, como vemos, no solo adorna a su querido Pedro Sánchez.

Ya como delegado del Gobierno se dedicó preferentemente a reprimir y apalizar a los vecinos de Murcia Sur que llevaban treinta años reivindicando el soterramiento de las vías del tren, porque él, con sus Gobiernos, querían ‘Ave Ya’ y en superficie, y no podían esperar a las obras para evitar la cicatriz urbana cuando tantas décadas habían ignorado al tren. El cuerpo de antidisturbios de la Policía Nacional, sin algo mejor que hacer, estableció su sede en Murcia a causa de las manifestaciones pacíficas de un encomiable colectivo vecinal cuyas peticiones no solo contribuían a mejorar sus barrios sino también a la modernización funcional del servicio ferroviario en la capital y a la cohesión urbana de la ciudad misma.

Y en éstas, Pedro Sánchez arribaba a Moncloa, con el murciano Pedro Saura en la secretaría de Estado de Transportes. Y decidió el soterramiento. A cada uno lo suyo. El Ave tardó algo más en llegar, pero llegó en las debidas condiciones y de acuerdo a la demanda ciudadana, que es para lo que están los políticos. Tardó menos que las promesas en superficie de Bernabé, a quien bautizaron en su propio partido como Paco Uvas por la promesa reiterada a unos periodistas de invitarlos a celebrar la Nochevieja en la Puerta del Sol, adonde acudirían en el Ave, un Ave cuya llegada se saltaba las Navidades. Que viene, que viene, pero no venía, y gracias a que no vino tuvimos Ave soterrado aunque nos perdiéramos las uvas madrileñas.

La pareja protestona

Y esto a pesar del consejero de Fomento de López Miras, José Ramón Díez de Revenga, otro partidario del ‘Ave Ya’. Alguien que debiera luchar por la máxima excelencia de las comunicaciones para la Región parecía conformarse con una instalación pronta en superficie. Lo que nos echen. No es extraño que a la primera oportunidad, el presidente murciano se lo quitara de enmedio enviándolo al Senado, donde, mira por dónde, ha acabado haciendo migas con otro ‘promocionado’ a Madrid, Bernabé, y ahora se quejan al alimón en tuits de los retrasos ¡y hasta del recorrido! imputable a la gestión de su propio partido. De lo que no se quejan es de que los billetes les salgan gratis. De vendetrenes han pasado a jefes de estación.

Es una pena que los telediarios reseñaran brevemente el pasado viernes la comparecencia en el Senado de Pedro Saura, en su calidad de exsecretario de Estado de Transportes, en la comisión de investigación sobre el estado de los ferrocarriles convocada a instancias del PP. En las reseñas de prensa tampoco es posible percibir el ambiente. Porque hay que verla con ojos propios en su integridad, como uno ha hecho en La 7, para quedarse pasmado ante la agresividad, la exhibición de falta de educación y las derivas dialécticas del senador Díez de Revenga en su interrogatorio a Saura, a quien apenas permitía responder, estableciendo un tono unilateral de bronca, respondiéndose a su propio interrogatorio y haciendo, esto sí de manera convincente, el papel del insufrible infante rabietas, como pidiendo taquilla en el vestuario del Real Madrid. Y esto, frente a la falsa neutralidad del presidente de la comisión, Bernabé, quien a su pesar muy de vez en cuando se veía obligado a reprobar a su cuate, de tan atropellado y faltón que era su proceder.

Una vendetta murciana

Cualquiera que los observara sin conocer sus antecedentes no podría creer que ambos han sido responsables de Transportes en la Región, que se opusieron al soterramiento y que pertenecen a un partido que, antes que en Adamuz, permitió la inseguridad ferroviaria que facilitó el accidente de Chinchilla, se mantuvo silencioso ante la desinversión en ferrocarriles en la Región y ha gastado un dineral en proyectos descabellados, irrealizados o en situación de déficit. Cuando la voz de Saura se pudo escuchar ("hemos invertido más en ferrocarril de lo que hacían ustedes") entre el desenfrenado interrogatorio de Díez de Revenga, éste respondió: "Han invertido más para robar más", de lo que se deduce que el PP invertía menos pero robaba igual, como avalan las cifras afanadas por Gúrtel o Bárcenas derivadas de la contratación pública. El delirio llegó cuando preguntó a Saura por el rescate de Air Europa, convirtiendo la comisión sobre el ferrocarril en aeroportuaria.

El intento de acorralar a Saura con imputaciones atribuibles a Ábalos, Koldo a Aldama contrasta con que tan sólo unos días antes el exsecretario de Transportes había declarado ante el Supremo en calidad de testigo, sin que ninguna de las tropelías de su ministro o del asesor de éste le hayan rozado siquiera. Pero en el PP no parecen contentarse con las investigaciones policiales y judiciales, en las que aparecen testimonios de audio acerca de cómo Koldo esquivaba la intervención de Saura o alertaba sobre que éste pretendería sugerir a Ábalos la destitución de Pardo de Vera o Javier Herrero. A los murcianos Bernabé y Díez de Revenga parece pesarles que el socialista que transformó su política ferroviaria de baja ambición en una solución acorde al siglo XXI se haya librado de cualquier afección a pesar de haber estado en un nido de serpientes. Algo por lo que debería ser felicitado en vez de someterlo a un juicio paralelo después (repito, después) de concluido el judicial.

No será aquí donde se ponga la mano en el fuego por ningún político, sea del partido que sea. Si Saura era o no consciente de las trapisondas de su jefe, sospechaba de ellas, las intuía, lo esquivaban o se resguardaba preventivamente es algo que solo sabe él. Pero por lo constatado por la UCO y la Justicia, al menos hasta ahora, está ajeno a toda sospecha. Y, además, en el desempeño de su cargo como secretario de Estado, apostó por una de las aportaciones más sobresalientes del Gobierno de España en la Región. Contra gestores del PP cortoplacistas y mediocres. Esto es lo que no soportan.

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