Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Opinión | Salud y rock and roll

Crónica de un pellizco

Dicen que en el sur el pellizco es algo que trasciende lo físico. Es ese instante fugaz en el que el flamenco te conmueve o en el que una copla de carnaval te eriza la piel sin previo aviso

'Castillo de San Sebastián, Cádiz'.

'Castillo de San Sebastián, Cádiz'. / Belén Unzurrunzaga

Dicen que en el sur el pellizco es algo que trasciende lo físico; no se aprende en los libros, se siente en las entrañas. Es ese instante fugaz en el que el flamenco te conmueve o en el que una copla de carnaval te eriza la piel sin previo aviso. Yo he sentido ese pellizco estos días: me ha golpeado en la cara con la naturaleza salvaje y el olor a salitre de Cádiz, y me ha envuelto con la luz filtrada de un vino oloroso en Jerez. Así comienza mi fin de semana en el motor de un autobús, crónica de un viaje de ida y vuelta a la raíz.

Es tiempo de amapolas; en el camino, el toro de Osborne y una botella con sombrero, chaquetilla y guitarra de Tío Pepe —dos iconos históricos— me dan la bienvenida a la provincia de Cádiz. Primera parada: Jerez de la Frontera. Volver a abrazar a los amigos que dejé al irme a vivir a otra ciudad alegra la vida y, si encima lo acompañas con un vaso de caracoles con un caldo hecho a base de hierbabuena, poleo e hinojo mientras te pones al día, el recibimiento no puede ser mejor.

Un breve paseo y llegamos a La Moderna, en la calle Larga, un bar con "solera"; en su interior queda parte de la antigua muralla que rodeaba Jerez. En su pared, colgado, un poema: "...aquí no hay prisas ni sirenas, solo un trozo de jerez con su finura que sabe a casa, a sol y a cosas buenas". Jenaro Álvarez, historia de la calle Larga y de esos mostradores donde se arreglaba el mundo. A partir de aquí me perdí entre tabancos, lugares que surgen en el siglo XVI; despachos de vino, hoy reclamo gastronómico y cultural, donde el vino se sirve directamente del barril y las cuentas se siguen apuntando con tiza en el mostrador de madera. Un papel con chicharrones cortados finitos, queso payoyo y un amontillado; poco más hay que pedirle a la vida.

A mi edad duermo poco, y menos cuando estoy de viaje. Empezaba a amanecer, cogí una gorra, un café, las llaves del coche y me planté en la playa de Valdelagrana. El sol acababa de arrancar el día, había bajamar, la arena estaba llena de conchas vacías; el Atlántico y Cádiz ante mí. De vuelta a Jerez, por delante, visita cultural y una comida muy especial. Me enamoré de la calle Porvera y los árboles que la abrazan a ambos lados, el Alcázar, la Catedral o la escultura de Terremoto de Jerez; él era, en esencia, la personificación de ese pellizco del que les hablaba. Cuentan los paisanos que era un cantaor irregular, como todos los que cantan a impulsos de inspiración. Cuando su madre murió, a la que adoraba, en el entierro permaneció sumido en un mutismo atroz, hasta que rompió gritando desgarradoramente por siguiriyas. Qué preciosidad de palabra, aunque sea un palo del flamenco triste que refleja el sufrimiento.

Tras el paseo, llega la hora de comer; lugar: la sede del equipo de rugby Unión Xerez, todo un giro de guión que no esperas. El anfitrión de mi viaje es el periodista deportivo Fermín de la Calle, jerezano y una de las personas que más sabe de rugby. Este deporte nos unió hace unos años y aquí seguimos compartiendo aventuras. Fue una gozada conocer al equipo de veteranos, disfrutar de una comida casera y escucharles contar anécdotas. Gracias a ellos y su amor por este deporte han creado una gran familia. Mención especial al amontillado, al montadito de lomo, al oloroso de Alberto, la paella de Caco y el queso que llevaron Popo y Blanca. Un tercer tiempo que me llevo para mí. Nos vemos en noviembre en Jerez.

Llegaba la hora del atardecer; Fermín y María me hicieron un regalo. Sentí esa especie de reverencia muda que solo te ocurre en los lugares sagrados al pisar La Caleta y detenerme ante la estatua de Paco Alba. Hay una dignidad en ese busto que te obliga a callar y escuchar el mar. La catedral a un lado, el Balneario de la Palma al otro y, dando un paseo sin prisa y en silencio, llegamos al castillo de San Sebastián para ver la puesta de sol.

Paseamos por el barrio de La Viña, parada en el bar El Laurel: unas huevas con piriñaca y una caña en una barra compartida con amigos. No pido más. Mi último día no tenía guión, dejé a mis anfitriones y volví a Cádiz. Visité la Catedral, salí sin rumbo y a escasos pasos estaba en el barrio del Pópulo, uno de los más antiguos de Europa; rezuma historia entre sus calles y arcos que lo rodean. Conocí a una persona triste, o eso decía, aunque no creo que lo sea; a veces buscamos cobijo en la melancolía y nos quedamos en ella, solo eso. Probé una torta de Inés Rosales con chicharrones y un croissant de pringá.

Paseé hasta la playa de La Caleta, conocí el origen de un ficus centenario que dice «el Libi» que empezó siendo un apio y, sin darme cuenta, llegué a una azotea desde donde se veía el mar y los tejados del barrio de La Viña. El salitre y el viento erosionan todo lo que encuentran; las casas tienen ese toque decadente y tan bello a la vez. Me habría quedado allí, pero el pasado encontró una rendija por la que colarse y me perdí. Como último regalo, el Gran Teatro Falla, la catedral del carnaval, el corazón sentimental de Cádiz cada febrero. Ese fue el principio del final. Ahora tocaba despedirme de Jerez, y tenía que ser en La Moderna: amontillado, cazón, lágrimas de pollo con alguna especia secreta adictiva y quedarnos a puerta cerrada mientras recogían; un cierre perfecto para acabar el que ha sido mi fin de semana en el motor de un autobús rumbo a Cádiz. Un viaje emocional como el disco de Los Planetas, del que me traigo una acuarela pintada con la luz de la Caleta y el convencimiento de que siempre hay que volver allí donde el tiempo se detiene.

Suscríbete para seguir leyendo

Tracking Pixel Contents