Opinión | Miradas furtivas

Fotógrafo
El único viaje posible

Visitante en el museo de Delfos / Juan Ballester
Con Grecia me sucedía lo mismo que ahora me sigue sucediendo con Egipto y con la India, que son lugares cuyo destino vas postergando por no se sabe muy bien qué razones, pero que, una vez visitados, pasan a la categoría de imprescindibles. En mi caso, creo que el reciente viaje a ese país no se trataba propiamente de un viaje turístico, sino, más bien, de esa búsqueda personal con el origen, con los principios de nuestra cultura e identidad. Se trataba de satisfacer aquella antigua, pero muy vívida, necesidad de pisar el mismo suelo y de sentir la misma luz de nuestros antecesores. De hecho, soy de esas personas que cada vez que se acerca a alguna construcción antigua, más que deleitarme con sus valores arquitectónicos o históricos, necesito acercarme para tocar aquel trozo de piedra concreto que aparece puesto en una determinada posición y poder así recrearme sobre la identidad del ser humano que lo realizó, sobre lo que haría durante toda la jornada de ese día concreto; imaginar lo que comió, en qué cama se acostó, cuál fue su último pensamiento antes de quedarse dormido… Es decir, que acaso no esté buscando solamente sus huellas materiales, sino lo que a través de las mismas llegó de ellos hasta mí.
«Grecia está, pero jo, cómo está: todo roto, tirado por el suelo…». Este chiste del genial Gila, por otro lado, tan absurdo como realista, quizá sea uno de los mejores juicios críticos que actualmente podamos hacer sobre aquel país y aquella cultura: es verdad que a Grecia se viaja actualmente para visitar el Partenón, los diferentes museos con sus míticas esculturas, sus templos y anfiteatros repartidos por toda su geografía, sus islas y paisajes... pero después de estar por allí durante varios días formando parte de ese gran río que es el turismo, lo cierto es que rápidamente empiezas a identificarte con uno de esos infinitos granos de arena que lleva el viento y va depositando en otros lugares diferentes a los que proviene. Pareciera que demostrar un interés por algo del pasado siempre es positivo, pero quizá, si ese algo no forma parte de aquella cotidianeidad, de aquella historia, de aquellos valores y nuestro interés se convierte en un mero interés turístico/comercial, en el fondo lo que estamos haciendo es sepultarlo todo aún más.
Entonces, ¿no hay que ir? Indudablemente sí, pero no simplemente a deleitarnos con un interesante pasado muerto, sino a intentar escuchar lo que te puedan decir algunos de aquellos seres vivos que aún quedan por allí. Después de estar un buen rato delante del Auriga de Delfos, todo lo que mirarás después se convertía en escultura, de ahí que al ver esa espalda de la turista que tenía delante no pude dejar de fotografiarla, siendo a día de hoy la imagen que mejor representa mi visita.
Acaso el único viaje posible no sea a través del espacio, sino del tiempo de la vida.
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