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Opinión | Grullas de papel

Profesor de Historia Antigua en la Universidad de Murcia

Bajo un sol extraño

'Josué ordenando al sol que se detenga sobre Gabaón', John Martin, 1816.

'Josué ordenando al sol que se detenga sobre Gabaón', John Martin, 1816.

El eclipse esperado

Fue un año prodigioso. Toda la población estaba conmovida ante la posibilidad de contemplar en condiciones óptimas un eclipse total del Sol. Nada así volvería a repetirse en decenios. Era como tener la posibilidad de contemplar el cometa Halley. Un año antes, la maquinaria social había empezado a poner sus mecanismos y resortes en funcionamiento. Primero se hicieron eco de la proximidad del fenómeno espacios de divulgación científica y los portales de internet, después la prensa y la televisión. Legiones de influencers y voceros digitales proclamaron la proximidad del eclipse. Un ejército de creadores de contenido, miles, cientos de miles si contamos por igual a bots autónomos y humanos, explicaron qué fenómenos orbitales lo provocarían, cómo se desarrollaría el alineamiento de los astros, y cuál sería la mejor forma de contemplar el evento en su integridad, de registrarlo, de captar la corona solar y, finalmente, de asociar y exhibir el perfil personal del mayor número de usuarios con las poderosas fuerzas del cosmos. Una pantalla con un gigantesco reloj de cuenta atrás se instaló en los edificios más emblemáticos de las ciudades. Los dígitos descendentes aparecían a todos horas en los recuadros de las pantallas de televisión.

Los rincones de la geografía nacional, considerados los más indicados para ver y grabar el eclipse, estaban en parajes rurales poco poblados, deshabitados y de acceso no siempre fácil. La red hostelera rural, los albergues, los restaurantes, asadores, los agentes locales de dinamización económica, las confederaciones hidráulicas, las consejerías de los gobiernos regionales, las concejalías de turismo, hasta las bodegas y las asociaciones de senderistas, todos, en fin, lograron rehabilitar transitoriamente aquellos mausoleos vacíos de población con una efectividad pasmosa, para prestar servicio a cuantos clientes desearan hacer suya la extraordinaria experiencia astronómica. La venta de gafas especiales para observar la evolución del fenómeno se multiplicaba conforme se acercaba el día señalado. Camisetas conmemorativas del suceso que aún no había tenido lugar se vendían a un precio tan alto como el que alcanzaban las prendas de los conciertos veraniegos con estrellas musicales del rock and roll. Los alojamientos rurales elevaron sus precios hasta hacerse equiparables con las suites de los hoteles más lujosos. Ya no era posible encontrar una casa rural en aquellos parajes de vacío demográfico. Para dar con un establo en Belén, José y María lo tuvieron más fácil que cualquiera de los miles cazadores de eclipses que inundaban el campo con sus todoterrenos. Era un negocio chispeante de emociones generando millones de euros. Todos proclaman la grandeza y anunciaban la inevitabilidad del gran eclipse del siglo XXI.

La hora cero

Llegó el día que tantas veces habían anunciado las agencias de información y los servicios meteorológicos, estos a su vez habían pronosticado con alegría un tiempo excelente con una visibilidad magnífica. Las pocas nubes que estaban en el cielo se batían en lenta retirada impulsadas, arrastradas, por una desconocida corriente de aire que brotaba de lugares ignotos y cuya meta final era un misterio. Todo irradiaba encantamiento, una extraña belleza previa al suceso, a la teofanía que se anhelaba. Llegó la hora. Y el eclipse no se produjo. Atónita, la masa consultaba teléfonos móviles y páginas de internet. Un servicio de observación, que transmitía vía satélite el suceso, tuvo que interrumpir la emisión mientras recababa información sobre qué estaba pasando. El reloj de la cuenta atrás quedó paralizado en la hora cero. La televisión restauró la emisión horas después sólo para confesar que no podían dar explicación alguna, que nadie sabía por qué la sombra de la Luna no había impedido ver el sol. El conductor del programa se desmayó en directo.

Del miedo, que es libre y veloz

Una unidad móvil de la radiotelevisión autonómica desplazada al término municipal de Solana de Caudete constató (para sorpresa de los técnicos allí destacados) que, aquella tarde el Sol no se hundía en su ocaso por Peñas de San Roque al oeste, sino por Peñas de San Pedro, por el este. Un eclipse total de Luna, con el que nadie había contado, derramó sombras de luto por toda la bóveda celeste al caer la noche. Improvisadamente los medios de comunicación intentaron localizar a expertos astrónomos que explicaran tan peregrinos acontecimientos, mientras miles de llamadas histéricas a los servicios de emergencia colapsaban las líneas. Un divulgador histórico dijo que Josué había hecho que Sol se detuviera en tiempos lejanos. Otros recordaron que, según antiquísimos anales chinos, en días muy remotos, el astro rey se quedó jornadas enteras fijo en el cielo; una voz atribulada comentó por radio para un programa de misterio que las crónicas mayas de distantes siglos registraron días enteros de noches continuadas en las que no amaneció. Algo terrible estaba ocurriendo para que se repitieran análogos prodigios. Hubo gritos de terror. Personas exaltadas asaltaron universidades y observatorios astronómicos, edificios públicos, bancos, estaciones de policía. Durante semanas unos se lanzaron contra otros. El miedo mató a muchos y volvió locos al resto.

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