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Opinión | A un palmo del suelo

El periódico que uno lleva pegado a la piel

Nana Pez

Nana Pez

Hay periódicos que se leen y periódicos que se viven. Hay periódicos en los que uno se siente cómodo, como el que tiene entre sus manos. Y luego está El País, que durante medio siglo ha sido, para muchos, algo así como un DNI emocional. No es solo un diario: es una marca, un equipo, un modelo, un olor a tinta que se te queda en los dedos y en la memoria. Tener El País entre las manos, bajo el brazo, en el portaequipaje de la bici, ha sido un signo de identidad. Y vaya si lo ha sido.

Mi infancia siempre estuvo vinculada con periódicos y revistas. En aquellos años 70, todos los días llegaba a casa un ejemplar de La Verdad, por el hecho de mi padre fuese corresponsal del pueblo en el que vivíamos. Era un detalle. Pero incluso antes, al crecer en medio de un ambiente social muy politizado, también lo hacían a menudo ejemplares de Sábado Gráfico, Cuadernos para el Diálogo, Triunfo… y, posteriormente, Posible, Ciudadano, Cambio 16, etc. Qué decir de la revista, entonces quincenal, Noticias Obreras, sucesora del Boletín de la HOAC, en la que publiqué por primera vez en la primavera de 1976 un poema social sobre aquellos convulsos meses de conflictividad laboral.

Mi relación con El País, sin embargo, empezó en Yecla, en plena adolescencia, cuando uno aún no sabía quién era pero ya intuía qué quería leer. Al quiosco llegaba con un día de retraso porque entonces los diarios de Madrid viajaban más despacio que las noticias. Pero daba igual: lo importante era alcanzarlo en el recreo, abrirlo como quien abre una ventana y sentir que el mundo estaba un poco menos lejos.

Luego vinieron los años de estudiante en Madrid, ese tiempo en que uno aprende a vivir con lo justo: leche, pan, apuntes y El País. Era gasto común, casi un impuesto revolucionario de la vocación periodística. No se leía: se militaba. Se coleccionaban las tazas de los Beatles, los anuarios de fin de año, las promociones absurdas que hoy ya no significan nada pero entonces eran un tesoro. Y se soñaba —claro que se soñaba— con escribir allí algún día.

Hubo incluso aventuras de esas que hoy sonarían a locura. Como aquella noche del 86 en que quien suscribe se plantó en la sede de la calle Miguel Yuste para subirse a una furgoneta de reparto rumbo al País Vasco, camino del homenaje a Yoyes, asesinada un mes antes por ETA. Era tal la fusión con el periódico que hasta uno se emocionaba junto a sus repartidores atravesando la Nacional I, con control de la Guardia Civil incluido. Y uno imagina la mezcla de ingenuidad, coraje y hambre de mundo que se tiene a los veinte años.

También estaban los ídolos de entonces: Fernando Jáuregui, Bonifacio de la Cuadra, Soledad Gallego Díaz… o Juan Arias, con sus crónicas desde Italia que hacían llorar a estudiantes de periodismo que aún no sabían que la emoción también es una forma de información. El entierro de Enrico Berlinguer, uno de los padres del eurocomunismo, lo viví a través de esas páginas como si hubiera formado parte de cortejo del millón de personas que lo despidió en Roma.

Y los veranos en la playa, cuando el ritual aún consiste en ir temprano al quiosco, comprar el ejemplar y leerlo «de cabo a rabo», crucigrama incluido, como quien se toma el pulso a sí mismo.

Con los años, como en cualquier relación larga, hubo bandazos. Porque El País nunca ha sido tan de izquierdas como algunos quisieron creer, especialmente en temas económicos, pero tampoco ha dejado de ser el periódico de referencia para quienes crecimos con él. La contradicción también forma parte del cariño. Como las consecuencias del ere de sus trabajadores –entre ellos, Ramón Lobo- que lo vivimos muchos lectores como si nos hubiesen echado a nosotros a la calle.

Hoy, en plena era del clic, contemplo con admiración a quienes acuden al quiosco a por su ejemplar en papel. Y me reconozco en ellos, al ser parte del club. Porque hay objetos que se adhieren a la piel, y un periódico es uno de ellos. No por nostalgia, sino por compañía. Por las columnas de Manuel Vicent, por las firmas nuevas, por las reseñas de Babelia o la ironía de Íñigo Domínguez, por esa sensación de que, mientras haya alguien que escriba y alguien que lea, el mundo seguirá teniendo un poco de sentido.

Y sí, quizá resulte paradójico escribir esto en un diario que no es El País. Pero así es la vida: uno puede querer a varios periódicos a la vez, igual que quiere a varias ciudades, varios bares o varias etapas de sí mismo. Lo importante es reconocer de dónde viene cada pedazo de nuestra identidad. Y en la mía, como en la de tantos, siempre habrá un ejemplar doblado bajo el brazo o en el portaequipaje de la bici, un quiosco de verano y un chaval de Yecla leyendo un periódico que llegaba tarde… pero llegaba.

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