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Opinión | De dioses y de hombres

Todo ángel es terrible

Todo ángel es terrible

Todo ángel es terrible

La poesía es algo en lo que se va entrando poco a poco, algo así como una suerte de buceo sideral en el que vamos apreciando y despertando ecos dormidos de nuestro interior. No es cierto que siempre sea fácil de comprender ni tampoco que esté solo al alcance de unos pocos. Creo que el mundo de la poesía, para poder penetrar en él con un poco de madurez, necesita constancia, una relación, sosegada y apasionada, dilatada en el tiempo. Los ya considerables años de lector me han ayudado a darme cuenta de que un poema necesita siempre varias lecturas, en diferentes momentos; incluso lecturas solitarias en voz alta. Me ocurre con los poemas como con determinadas canciones: un día, por un motivo difícil de precisar, necesito buscarlos y volver a ellos, volver a su aliento vital que siempre consuela e ilumina. De esta forma, me descubro leyendo —por vigésima vez— esa maravilla de composición titulada Casas suecas situadas aisladamente del Premio Nobel Tomas Tranströmer; o El viaje definitivo, de otro Nobel más cercano a nosotros: Juan Ramón Jiménez. Igualmente me ocurre con Alzo una rosa, del también laureado portugués José Saramago, poema que grabé profundamente en mi interior —leyéndolo una y otra vez— cuando esperaba el nacimiento de mi primer hijo.

Esta reflexión la hacía estos últimos meses con motivo de un libro que llegó a mis manos (hace más de una década) y, sin embargo, no fui capaz de comprenderlo y de gozarlo hasta ahora. Me estoy refiriendo a una de las obras más celebradas de poesía en lengua alemana de todos los tiempos: Las elegías de Duino del gran poeta Rainer María Rilke. Casualmente, en este 2026, se cumplen cien años de su muerte y, como si fuera un extraño sortilegio, el aniversario me ha reconciliado con el poeta y con su simbólica obra. Rilke es de esas voces fundamentales en el mundo poético. Autor de culto para muchos, es también, por momentos, un gran desconocido para la mayoría. No suele estar en los planes de estudios (esos currículums educativos maravillosos que, por variopintas directrices de nuestros políticos, son cada vez más pobres y huecos), tampoco es un poeta especialmente mediático; sin embargo, su nombre es reverencial para la mayoría de los amantes de los versos.

Conocida es la anécdota de que la madre del poeta (sumida en una gran depresión por la muerte de una hija anterior) lo estuvo vistiendo de niña en sus primeros años de vida. Nació nuestro protagonista en Praga y murió, cincuenta y un años después en Suiza, tras una feroz leucemia. La vida de Rilke estuvo marcada por los diferentes y numerosos viajes que llevó a cabo por gran parte de Europa. También por su vivencia en la Primera Guerra Mundial (se retiró pronto por problemas de salud y quedó sumido en una gran depresión y crisis creativa) y por los diferentes amores que tuvo en su vida; de su breve matrimonio nacería su única hija reconocida (se le adjudican otros hijos naturales sobre los que él nunca se pronunció).

En París fue secretario del genial escultor Auguste Rodin, artista que le ayudó a profundizar en la observación objetiva de la realidad. También por esas fechas entabló amistad con dos célebres pintores: Cezanne y el español Ignacio Zuloaga. Las dos obras más celebradas y conocidas del poeta son de su etapa final. Se trata de Los sonetos a Orfeo y las ya mencionadas Elegías de Duino. En 1911, invitado por la princesa Marie Thurn und Taxis, residió en el castillo de Duino cerca de la italiana Trieste. Fue ahí donde comenzó la escritura de uno de los libros más enigmáticos y sugerentes de toda la historia de la poesía. Formado éste por diez elegías que exploran la condición humana y la búsqueda de un sentido trascendente en medio de un mundo fragmentado (una situación nada ajena a nuestro mapa actual). Esta obra fabulosa, llena de conceptos metafísicos, ahondó de forma magistral en el amor y en el desamor como vía de acercamiento hacia lo absoluto. La figura del ángel encuentra en éstas un poderoso concepto: seres sublimes que encarnan lo que difícilmente el hombre puede soportar. Son utilizados por el poeta para transformar el sufrimiento en belleza poética. Hace muchos años —una mujer que quise mucho— solía recitarme el verso de Rilke que da nombre a este artículo. No llegaba yo entonces a comprender muchas de las sutilezas y complejidades de este poeta inigualable.

Les invito a acercarse, con la distancia de cien años, a la obra inmensa de este poeta espectral y luminoso. Para comprender, quizá, nuestra limitada y eterna condición, como diría el mismo Rilke: «Solo nosotros pasamos de largo sobre todas las cosas como un cambio de vientos».

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