Opinión | Las horas
El silencio
Me he enterado un poco tarde, como me pasa con casi todo casi siempre, de que en abril se celebró el Día del Silencio. Seguramente será que ha quedado acallado por el fragor, el griterío, el permanente ladrido de los perros de la guerra. Estas cosas han dejado de tener importancia porque todos los días son el día de algo, asuntillos banales que solo sirven para chismorreos y chistecillos en la aldea global de las redes. Pero esto del silencio, de lo que no había oído hablar (cosa que podría ser lógica, por otra parte), me ha interesado, porque amo con avaricia el silencio. Soy de los que creen que la cultura (al menos la cultura cívica) de un pueblo puede medirse por su respeto al silencio, por cómo ama el sonido de la nada, ese rumor mínimo que tararea el universo, y por cómo cuida de él.
Alguna vez he contado que, con frecuencia, el alma, la conciencia quizás, aquello que está oculto adonde no se alcanza y que es nuestro misterio, me pide mar y silencio. Mi pasión por el silencio nació en una plaza de este sur que habito y que me habita, una plaza de casas pálidas donde ya no está mi sombra. Allí el silencio era hondo y frágil, como al principio del universo. Más tarde descubrí que hay también un silencio del mar que no es silencio del todo, sino un rumor de rezo que acompaña a la luz o que encamina hacia ella, o que acaso la reparte, y otro del campo, que surge de la tierra, de lo sencillo y lo necesario, y que tiene una intimidad de cuna. Y aprendí que ese modo de silencio ‘sonoro’ es necesario y benigno, y que se reconoce fácilmente porque a su arrullo se siente uno como mecido y apetece dormir. En mi mitología privada hay una Diosa del Silencio a la que dedico plegarias que nunca atiende. Sus manos y sus pies son como la sombra de una acacia. Muda de nacimiento, posee un delicadísimo oído. Vive en los objetos, que son formas maravillosas del silencio. Mi diosa es esquiva, pero le gusta hacerse notar en la música, a la que llena de intenciones paseándose por sus sonidos como una claridad repentina que, de pronto, todo lo explicase.
El necesario, imprescindible silencio. Lo preciso para escucharme, para saber de mí. Por eso tengo en mi casa habitaciones que guardan el silencio igual que hay muebles que guardan mi ropa despeinada, estancias donde acudo a conversar con los ancestros, a sentir su voz vieja y seca, lugares donde la luz se ampara, ensimismada, porque a la luz le afecta el ruido igual que al mar el viento. Y es que la luz, tan frágil siempre, es otro modo de silencio.
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