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Opinión | ESTE HUMANO DESORDEN

¿Primavera o consuelo?

«A ese hombre lo conozco muy bien. Es de mi edad y, cuando éramos críos, cogíamos alatones en el Rincón de Guitarra. Llevo viéndolo siempre. Caminar, sonreír, beber tercios en las peceras de los bares de Caravaca, realizar pequeñas compras en el Consum...»

El Camino del Huerto, en Caravaca de la Cruz

El Camino del Huerto, en Caravaca de la Cruz / END

Hay días en que la luz no decide nada porque, aunque amanezca con una claridad recién lavada, hay en el aire cierta melancolía y cansancio. No es frío ni es tristeza. Ni siquiera es fatiga. Es una rara sensación de que la vida está en otra parte, floreciendo muy lejos y agotándose aquí al mismo tiempo. «Te necesito para otra cosa», parece entonces decirte un lenguaje cansado de sí mismo. ¿Primavera o consuelo? Te preguntas. Pero no lo sabes. Los árboles están llenos de una promesa verde, de un fulgor que asciende por las ramas con una inocencia casi ofensiva, de una fe que no tienes, los miras y no sientes del todo la alegría. Sientes otra cosa. Un eco. Esa prisa heredada que casi nunca nos lleva a ninguna parte. Algo que ni siquiera puede acompañarte del todo. Y ahí está otra vez esta mañana el mismo hombre mirándose las manos.

El Camino del Huerto

En el Camino del Huerto hay todos los días a esta hora un hombre sentado en un banco de piedra, a la sombra débil de un chopo cuyas hojas aún no han terminado de crecer. No hace nada. Quiero decir: no hace nada que requiera moverse. Quizás esté ensayando algo. Descansa sentado igual que quienes ya han vivido lo suficiente como para no tener que fingir urgencias y solo mira sus manos esperando encontrar en ellas una señal o una noticia nueva de su vida. Lo hace con un respeto antiguo, como si esas manos no fueran las suyas, como si fueran extrañas u ortopédicas, como si alguien se las hubiese cambiado por otras o se las hubieran prestado después de su primera comunión y sospechara que tiene que devolverlas pronto, pero dónde. ¿Dónde hay un almacén o una oficina en la se puedan devolver unas manos o rellenar un impreso para que te devuelvan las tuyas, las que tenías de niño? ¿Primavera o cansancio? ¿Primavera o consuelo? Se pregunta tal vez, igual que yo.

A ese hombre lo conozco muy bien. Es de mi edad y, cuando éramos críos cogíamos alatones en el Rincón de Guitarra. Llevo viéndolo siempre. Caminar, sonreír, beber tercios en las peceras de los bares de Caravaca, realizar pequeñas compras en el Consum. Está soltero y hace mucho tiempo trabajaba en la huerta y tenía una mula en la que cargaba los haces de las copas del panizo verde y cruzaba hacia la Calle Larga por la Gran Vía. Ahora se ha hecho mayor, se levanta temprano y se baja a sentarse a los bancos del Camino del Huerto. Hoy hay algo en su quietud que me indispone un poco, como si con su inmovilidad me estuviera mostrando una verdad que yo he aprendido a esquivar con eficacia. Algo muy resignado y restringido. Algo muy parecido a preguntarse: ¿Primavera o cansancio? Y no tener respuesta para eso.

Y ahí están sus manos

Y ahí están sus manos, delante de su cara, como dos animales fieles que nunca preguntan nada, como si no las reconociera, como si ni siquiera se acordara de ellas. Qué cosa más extraña estar mirándose las manos debajo de un chopo a las nueve de la mañana, entretenerse en eso, hacerlo con la misma actitud con que te tocas un bolsillo para comprobar que las llaves de tu casa siguen ahí, quietas, sin perderse, y dudar de que no sean las auténticas. Incluso dudar de que nunca lo hayan sido. No es la mirada de quien busca una señal de enfermedad. Es otra cosa. Una forma de recogimiento, casi de oración. Una forma de lluvia. Tampoco sus manos de ahora son las que tocaron por primera vez el cuerpo de alguien con deslumbramiento y lo acariciaron con una ternura que a lo mejor no ha vuelto a practicar, ni son las que escribieron una carta de amor desde la vendimia en Francia. Son otras manos, aunque las lleve puestas e insistan en llamarse ‘manos’, sus manos.

Me alejo hacia casa

En realidad, las mira como si estuviera leyendo en ellas un idioma que solo aparece al final la vida. Quizá se esté contando algo a sí mismo. No en voz alta, claro, nadie cuenta en voz alta lo que de verdad importa. Quizás intente hablar con ellas porque no tenga con quien hacerlo. Quizás se esté diciendo a sí mismo: «El dueño de estas manos ya no vive aquí». Quizá haya descubierto que hay primaveras que llegan justo cuando tú ya no las necesitas y cansancio que surge cuando quieres ser otro.

Me pregunto si las manos saben que las mira así y que el hombre no atina a decidir entre primavera o cansancio. Tal vez sus manos sepan más que él porque han tocado lo que no entendía, porque han sostenido lo que algún día perdió.

Yo me alejo hacia casa y podría olvidarlo. De hecho, lo haré dentro de un rato, cuando termine este artículo que me he prometido escribir, y cuando la ciudad y la rutina me reclamen con sus pequeñas obligaciones y su ruido. Pero algo se quedará como una piedrecita en el zapato de mi conciencia. Esa manera de mirar. Esa mudez suya. Esa lentitud. Esa especie de aceptación sin palabras. Quizá premorir sea eso: llegar un día a sentarte tranquilo en un banco cualquiera y mirar tus manos sin prisa, como queriéndolas besar, como quien mira el mar por última vez sin saber que es la última. No para entenderlas, Sino para evaluarte tú mismo el corazón y asumir con decepción definitiva todo lo que pasó por ellas, y que, de alguna manera inexplicable, ya no sigue aquí.

El hombre levanta la vista, pero no me ve. Ni siquiera me mira o me saluda.

Mira algo que hay mucho más allá, algo que no se deja ver del todo. Y sonríe casi triste. Mira como si nunca hubiera estado de verdad en la Tierra.

Entonces siento que las personas así necesitan ser salvadas de algo, que casi todos creemos también que la Economía y la Democracia y el planeta mismo necesitan un salvador, que hay demasiada hambre de salvación en el mundo, pero que en realidad la raza humana lo que más necesita es consuelo.

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