Opinión | Boulevard Flandrin
Los últimos de la fila
La patria apareció aquella mañana en una sala de espera con olor a lejía, café requemado y derrota de martes. Una pantalla detenida desde hacía veinte minutos, una mujer abanicándose con una receta doblada, un hombre mirando las baldosas como si allí estuvieran la avería de la rodilla y la otra, más civil, que le había dejado este tiempo de consignas y teléfonos a gritos. Dos jubilados callaban con ese silencio masticado. En una esquina, una madre joven vigilaba a su hijo. El niño llevaba una mochila de dinosaurios y unas zapatillas luminosas. Cada salto encendía sobre el suelo gris una pequeña feria eléctrica, un relámpago limpio en mitad de la espera. Hablaba con su madre en otro idioma, con el murmullo de los recién llegados, de los que trabajan mucho y explican poco, de quienes saben que una mirada puede hacer de aduana por la que seguir pasando.
Alguien dijo: -Así no hay manera.
Primero deberían ir los de aquí. La frase es veneno de sobremesa, una de esas opiniones que se creen valientes porque ya han perdido la vergüenza. Era otra nota de esa música ignorante que lleva tiempo sonando en bares, móviles y tertulias: la melodía de quienes confunden el hartazgo con permiso para señalar al más débil. Nadie respondió. La mujer siguió con el abanico. El hombre no levantó la vista. Lo grave no fue sólo la frase, sino el sitio que encontró para quedarse.
La madre bajó la cabeza. El niño dejó de saltar. Allí estaba el país reducido a una demora, una cola, una sospecha.
Cuando el Estado llega tarde, cuando el sueldo no cruza el mes, cuando el alquiler muerde y la consulta se atasca, el malestar social busca salida. Si nadie lo explica con honradez, acaba traduciéndolo quien mejor sabe fabricar enemigos. La matraca mediática termina de blanquear el veneno: coge una queja de pasillo, la sube a una tertulia, la corta en vídeos de veinte segundos y la devuelve como si fuera una idea. Así la prioridad nacional ya no protege a los de abajo: los ordena contra sí mismos. Es la pelea del penúltimo contra los últimos que llegan, el modo más barato de que nadie pregunte por los primeros. El poder conoce esa vieja prestidigitación: coloca a los de abajo frente a frente hasta que uno cree que el otro le ha quitado algo.
El niño volvió a subirse a la silla. Su madre le acarició el pelo. Las zapatillas parpadearon otra vez sobre el suelo gris, que quizá colocó un hombre que hablaba su mismo idioma, o uno parecido, o cualquiera de esos idiomas que levantan el país mientras el país finge no escucharlos.
A veces la decencia de una ‘nación’ depende de algo mínimo: no enseñarle a un niño que estorba antes de haber encontrado su sitio. Una patria que se tranquiliza apagando las zapatillas de un niño no ha descubierto un enemigo: ha confesado una pobreza moral. Aquello no fue sólo una frase miserable, sino una pequeña ceremonia de expulsión: una sala entera enseñándole a un crío que, antes de saber leer el país donde vive, ya podía sobrarle.
No hace falta echar a nadie del todo; basta con enseñarle a pedir perdón por estar, por crecer, por buscar un poco de felicidad en esta esquina del Mediterráneo que a ratos olvida sus propias maletas, sus abuelos en trenes nocturnos, sus jornaleros cruzando fronteras, sus madres cosiendo futuro donde sólo había hambre.
Algunos llaman hacer patria a decidir quién sobra en la cola, cuando lo único que sobra es ese odio, satisfecho de sí mismo, que llega siempre puntual para señalar al último y siempre tarde para recordar de dónde venimos.
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