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Opinión | Dulce jueves

No dejes de buscar

Plataformas digitales

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En las redes sociales, cada vez más personas se informan sin ganas. Las noticias aparecen mezcladas con memes, opiniones y contenidos virales, de modo que se diluye la frontera entre lo que se busca y lo que se encuentra por azar. Según un estudio del Pew Research Center, este consumo incidental ya alcanza al 49% de los adultos en Estados Unidos, lo cual refleja un cambio profundo en la forma en que procesamos la actualidad.

El consumo incidental se asocia principalmente con contenidos de carácter reactivo, como el humor y las opiniones. En contraste, los contenidos más elaborados como análisis y reportajes presentan un patrón opuesto: la mayoría de los usuarios declara buscarlos activamente, y solo una minoría los encuentra de forma casual. Este escenario plantea desafíos para el periodismo en un contexto de polarización y lucha por la atención en redes sociales. Se puede deducir que la prevalencia de contenidos reactivos frente a la información elaborada, junto con el auge del consumo casual, dificulta la visibilidad del periodismo tradicional basado en la verificación y el trabajo colectivo. La conclusión es que el verdadero periodismo pierde relevancia frente al pseudoperiodismo viral.

Es decir, hoy es más fácil encontrarse con las payasadas de Vito Quiles que con el tipo de periodismo que representaba Soledad Gallego-Díaz, fallecida este martes, referente de una profesión que exige contexto, rigor y tiempo. Con ella —y con muchos otros de su generación como Raúl del Pozo o Fernando Ónega, de quienes tanto aprendimos— no desaparece un modelo ideal, ni mucho menos perfecto, pero sí una forma de entender el periodismo todavía sujeto a ciertas reglas compartidas y a una ética de la búsqueda de la verdad: la aspiración a la objetividad, el contraste de fuentes, la responsabilidad ante el lector. En su lugar, ganan terreno jóvenes «creadores de contenido» más atentos a las métricas de visibilidad que a los códigos de la profesión, y que prosperan cuando esos valores se han ido erosionando entre el cinismo, la polarización y la urgencia por destacar.

Este contraste no es solo generacional; tiene que ver con las nuevas reglas del juego. Por un lado, el periodismo entendido como un trabajo colectivo, apoyado en redacciones, donde la información se contrasta, se jerarquiza y se ofrece con contexto para que el lector la entienda. Por otro lado, un modelo donde manda la velocidad y la simplificación, que promueve la confrontación por encima de la comprensión y el relato propagandístico sobre la verdad.

Y no hay duda de quién va ganando. Triunfa lo contrario de lo que proclamaba esta semana Manuel Vicent: «El éxito de un periodista no está en ser leído, sino en ser creído». El periodismo que busca ser creído compite en desventaja frente al que busca ser compartido. Y el consumo incidental refuerza esa dinámica: si el usuario no busca información, lo más probable es que lo que le encuentre a él sea solo lo más llamativo. Y lo llamativo suele ser lo más simple, lo más emocional, a menudo lo falso.

Antes se decía que el buen periodismo debía dar al lector lo que buscaba, pero también lo que no sabía que necesitaba: sacarlo de su zona de confort y ponerle delante lo inesperado. No es malo que el azar intervenga. El problema es que ese encuentro se produzca bajo las coordenadas contaminadas de las redes, con ciudadanos pasivos y sin sentido crítico, a merced de los falsos periodistas. No dejes de buscar.

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