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Opinión | Pasado a limpio

Los trabajos de Europa

Entre dos aguas, como la rumba de Paco de Lucía, podría ser el título de las tribulaciones de Europa, pero quizá sea una metáfora demasiado lírica para un dilema más épico, a vida o muerte. Este artículo se publica entre dos fechas señaladas en el calendario: el viernes pasado fue Primero de Mayo, homenaje internacional del movimiento obrero, y este próximo sábado es el día de Europa, el aniversario de la Declaración Schumann, acto fundacional de la actual Unión Europea. Dos movimientos que marcan nuestras vidas y probablemente nuestro futuro. Son dos corrientes líquidas porque continúan dibujándose como el curso del agua que discurre entre dos riberas sin conocer dónde desembocará.

Seguramente Europa es el mejor lugar del mundo para vivir, en especial, cualquiera de los principales países de la UE. Más de ochenta años de paz desde la II Guerra Mundial es una de las razones; un periodo inusualmente prolongado en la historia contemporánea.

Una de las razones de este paréntesis en la larga historia de Europa, que podría reescribirse como una historia bélica, es el desencadenado por esa Declaración Schumann de la que se cumplen 76 años este sábado. La Unión Europea empezó siendo una alianza esencialmente comercial, un espacio de libertad aduanera, pero no era ajena a la vieja idea de una Europa de los pueblos, superadas las diferencias y tensiones dinásticas o nacionalistas.

Pero la paz no es suficiente sin unas condiciones necesarias de libertad, prosperidad y justicia social. La historia europea da cuenta de épocas de paz, pero la impuesta, la del tirano, la del silencio y el miedo. Esa era la paz del franquismo, también la espartana, incluso la de Augusto. Sólo apariencia, orden impostado, que reclama para sí el poder absoluto, la dominación y el sojuzgamiento de los pueblos.

El complemento de la paz europea es la ciudadanía y aquí aparece la segunda gran referencia: el movimiento obrero y los derechos ciudadanos. Parte de una conquista del liberalismo decimonónico enraizado en la Revolución Francesa. Pero ese ideal revolucionario era el de la burguesía, no el de las clases populares. Coincidió en su germen y en su primer desarrollo con la revolución industrial, que a lo largo del siglo XIX generó movimientos migratorios hacia las ciudades, pero también miseria y penosas condiciones de vida producto de un capitalismo sin reglas, hobbesiano, explotador, el que nace de la necesidad y el afán especulador.

Los derechos políticos se fueron forjando durante el siglo XIX como consecuencia de la imperiosa necesidad de establecer límites al poder económico. Pero no desestimemos el valor del movimiento obrero en la consecución de los derechos sociales que son esenciales en la Europa: el salario, la asistencia sanitaria, las vacaciones pagadas, el seguro de desempleo, la libertad sindical y hasta la formación profesional, sin olvidar la negociación colectiva y el derecho de huelga. Derechos que han sido consolidados merced a varios factores confluyentes, pero en los que no ha sido menor el protagonismo del movimiento obrero.

Ciertamente que han contribuido otros factores, cierta conmiseración burguesa, compasiva ante los excesos de la explotación industrial, la doctrina social de la iglesia y hasta puede ser que cierto temor inconfesable a una revolución. Pero no habrían sido nada sin la lucha obrera personificada en los sindicatos y el derecho de huelga. Rastreemos en los derechos fundamentales y libertades públicas de nuestra Constitución, pero también en los principios jurídicos que rigen en la UE y pensemos en cuántos de ellos son una conquista social de las clases medias y trabajadoras.

Otros países serán punteros en tecnología, en armamento, incluso en renta per cápita, pero también en desigualdad, carencia de derechos laborales o de servicios sociales y asistenciales. Además, hasta los más inefables tiranos y los nuevos ricos del capitalismo tecnológico norteamericano, tienen en Europa un mercado apetecible e imprescindible por el alto poder adquisitivo de sus clases medias.

Sin embargo, Europa se enfrenta a uno de sus momentos más críticos: las sucesivas crisis que desde el 2008 han hecho mella en el poder adquisitivo de sus trabajadores, la globalización ha mermado su capacidad industrial y sus decisiones de austeridad económica han lastrado su crecimiento. Para colmo de males, su principal socio económico ha perdido completamente su fiabilidad económica y su credibilidad diplomática; la guerra de Ucrania le obliga a un imposible esfuerzo bélico; el conflicto de Oriente Próximo la sitúa ante la inanidad diplomática y la guerra en Irán es la enésima prueba de fuego. Pero el enemigo también está en el interior, porque el ascenso de la ultraderecha es un seísmo que afecta su estructura, revive fantasmas del pasado y pone en riesgo el futuro de la Unión.

Así las cosas, tal vez el título hubiera debido rendir tributo a Sartre, el ser y la nada, pues estamos ante una disyuntiva existencial. En ese contexto, la nada es un contrapunto que mueve necesariamente a la acción, la razón que impulsa a ser, a dar un sentido a la existencia. El título es un guiño a Hesíodo y a una conclusión de su obra: el trabajo es el destino del hombre. Para Europa, es el tiempo del trabajo.

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