Opinión | Pan para hoy
Cronista taurino
Don Teodoro y su familia
El primero de mayo salí a comer con algunos Veras. Nuestra familia la dirige don Teodoro, quien heredó el cargo tras la muerte del recordado Don Pepe, hombre de silencios lapidarios y sangre prudente. Ese triste día, todos besaron la mano del heredero, cuya idoneidad para el gobierno anunciaba su profundo bigote.
Aquella mañana recibí una llamada de mi padre. Yo estaba en casa de mi abuela, que se marchaba con mis tíos a visitar a los Tataglia. Mi madrina, en la Sicilia del Trasvase para el puente, también me abandonaba. Entre que me invitasen a comer o hacerme macarrones con tomate, preferí obsequiar a la famiglia con mi magnánima presencia. Junto a la carretera de Pozo Aledo, que los lugareños pronuncian ‘el Pozaléo’, se pierde Santa Rosalía. Allí estuvo pensando esconderse Bin Laden, desechando la idea y eligiendo el país de los pastunes. Queda demostrado que se equivocó.
En la puerta del restaurante, el gentío y la foto de un matrimonio grabado con arrugas, anunciaba unas bodas de metal inoxidable. Ya en el salón, todo el peso gravitaba en torno a la panza del gran Teodoro, al que de pequeño bauticé —y aún guardo en mi teléfono— como Tito Po. Según cuenta mi padre, cuando vimos Kung Fue Panda y apareció el osito gordito lo compraré inocentemente con el tío Teodoro, aunque el bigote de mi tío da más miedo que el Kung Fu.
Unos minutos más tarde apareció en el salón don Jaime Palao, flamante cura párroco de Balsicas, Avileses y Los Infiernos, donde nació el sobredicho don José. Nacer en un sitio que se llama Los Infiernos imprime carácter. Los niños que nacen en Los infiernos se equivocan poco, y adquieren pronto un concepto bastante exacto de la vida. No fracasarán. Me levanté para saludar al pater, y cuando el Tito Po se dio cuenta de que nos conocíamos, me pidió que los presentase. Dos o tres veces me conminó para que no se escapase de allí el joven cura sin que hablásemos con él. Se lo dejé en suerte y le dijo lo que tenía que decirle. Pasando por allí el Pisuerga, también se encargó de encaminar algún asunto pascual que empieza a maquinar.
Al Don, y solo al Don, se dirigían los camareros, que tienen buen olfato para saber quién manda. A todos los llamó por su nombre. Nada se le escapaba a nuestro patrón, haciendo llamar a un tal Juan Gil, natural de Jumilla. Día festivo, bodas de plata… El restaurante estaba llenetico. Los dueños no contaban con aceptar más reservas, pero la llamada de Teodoro les llevó a generarnos un lugar. Bien hicieron. El Don, oferente irrechazable, nunca se olvida de devolver un favor.
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