Opinión | Desde mi picoesquina
Líbano: una ‘presa’ más para el sionismo

Ataque israelí al sur de Líbano / EFE
Líbano, el territorio histórico que dio origen al imperio cartaginés en el norte de África, que, con capital en Qart Hadasht (la Nova Carthago de los romanos, hoy Cartagena), configuró parte de nuestra cultura nacional, y en fechas no tan lejanas considerado la ‘Suiza de Oriente Medio’, es un hoy territorio víctima del voraz apetito del sionismo israelí, empeñado en consolidar, a costa de sus países vecinos, el sueño, con pretendidas visiones bíblicas, de Eretz Israel, el Gran Israel.
El Líbano fue la ‘cuota’ que, como una de las grandes potencias europeas del momento, se asignó a Francia mediante el Acuerdo Sykes-Picot, de 16 de mayo de 1916, en plena Primera Guerra Mundial. Ese pacto secreto tenía como fin el reparto de las provincias del Imperio Otomano en Oriente Próximo y estableció zonas de influencia francesa (norte) y británica (sur), configurando fronteras modernas, como las de Siria e Iraq sin tener en cuenta identidades étnicas o religiosas. Así, Francia obtuvo el control de la costa de Siria, Líbano y sudeste de Turquía; a Gran Bretaña se le asignó la zona central y sur de Iraq, mientras que Palestina, que posteriormente, derrotado el Imperio turco otomano, quedaría bajo protección británica con la fórmula de Mandato hasta el año 1947, permaneció en ese momento bajo control internacional. Ese acuerdo Sykes-Picot incumplió las promesas de independencia árabe prometidas por los británicos y marcó el inicio de la injerencia occidental en la región, determinando gran parte de la inestabilidad, fronteras artificiales y conflictos actuales en Oriente Medio.
Líbano obtuvo la independencia de Francia en 1943, y desde entonces, sobre todo tras la partición de Palestina, apoyada por 33 países de la ONU en 1947 y la creación del Estado de Israel al año siguiente, ha sido un país inmerso en conflictos internos -derivados de las múltiples confesiones religiosas que habitan en su territorio (cristianos maronitas, cristianos ortodoxos, drusos, musulmanes chiíes y suníes…)- y externos, por la injerencia de las potencias regionales en el país (Siria, Iraq, Irán pero, sobre todo, Israel).
En los últimos 50 años, Líbano ha sido, pues, un país en guerra. Desde la creación de Israel en 1948, el país de los cedros ha sido el escenario de conflictos derivados de la llegada masiva de refugiados palestinos y de la presencia de distintos grupos armados en su territorio. La guerra civil libanesa fue un conflicto que duró 15 años, de 1975 a 1990 y que involucró a múltiples facciones religiosas y políticas y dejó más de 120.000 muertos y casi un millón de desplazados.
La última invasión israelí del sur del país, con un alto el fuego precario que Netanyahu no está dispuesto a respetar, no es sino una más de las intervenciones militares de la potencia sionista, como las de 1978, 1982 (con el dramático recuerdo de las matanzas de los campamentos de Sabra y Shatila, por falanges cristianas, entre el 16 y el 18 de septiembre de ese año y permitidas por el ejército israelí) y 2006, operaciones diseñadas para enfrentar a Hezbolá y a la OLP y controlar la frontera sur.
A juicio de Dimi Reider, periodista israelí e investigador en Berkeley (California), hoy existen varias razones por las que Israel se muestra reticente a un acuerdo de paz con el gobierno libanés. La primera, ya expuesta por Ben-Gurión en 1918, es la obsoleta doctrina de la seguridad, proponiendo por primera vez el río Litani como frontera natural, y a la que una fracción expansionista judía considera como la ‘Galilea del Norte’.
Al mismo tiempo, entre los estrategas judíos ha ganado impulso la doctrina militar de la que llaman ‘zona de amortiguación’, para alejar el frente de guerra de las fronteras de Israel internacionalmente reconocidas. A diferencia de una zona desmilitarizada, esa zona de amortiguación presupone, sin embargo, libertad de operaciones para el ejército israelí.
Empero, es una evidencia que un río puede constituir un obstáculo para la infantería, las unidades mecanizadas y los vehículos blindados pesados, por lo que, hoy en día, desde Ucrania hasta Irán, la mayor parte de la guerra se libra en el aire: drones, cohetes, misiles de crucero… mantienen el impulso bélico cuando las operaciones terrestres son mínimas o están estancadas. Hezbolá también ha mostrado capacidad para lanzar cohetes a cientos de kilómetros del territorio israelí. Aun así, existe una razón de peso, según Reider, para que Netanyahu rechace alcanzar un acuerdo de paz serio y equitativo con el Líbano: para el dirigente sionista y otros muchos israelíes la diplomacia y el compromiso son menos válidos que cualquier logro que pueda alcanzarse únicamente por la fuerza. La agresividad expansionista del Estado sionista israelí, añado a este respecto, nos retrotrae a la doctrina del Lebensraum de Adolf Hitler, esto es, la necesidad de ampliar el espacio vital del país ‘manu militari’, lo que incluye también la ‘limpieza étnica’ del territorio anexado. En Israel, existe una casi fascinación por el poder hegemónico y por la creencia de que los sacrificios y las pérdidas que conlleva perseguir objetivos por la fuerza son preferibles a la incómoda incertidumbre que resulta de tratar a otros actores regionales como iguales.
Finalmente, para Reider hay un motivo más por el que Netanyahu persevera en sus ataques en el Líbano: intencionadamente (a Netanyahu no hay quien le ‘tosa’ en Washington), EE UU no incluyó al Líbano en los términos iniciales de su alto el fuego con Irán, lo que brindó al dirigente sionista la oportunidad de quebrar el alto el fuego entre EE UU y el país de los persas antes de que pueda consolidarse en negociaciones significativas y que Trump empiece a retirar sus fuerzas del Golfo.
La invasión israelí del Líbano, en el contexto de la hegemonía regional que se ventila en Oriente Medio, demuestra la enorme fuerza del lobby judío, tanto en EE UU como en Israel, y su influencia en la política exterior yanqui. El Líbano no es sino una ‘presa’ más para el sionismo.
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