Opinión | Noticias del antropoceno
El guerracivilismo como estrategia electoral
Los que hemos vivido la Transición española, dábamos por sentado que la moderación habría de ser siempre la opción electoral dominante. Al fin y al cabo, fue el consenso alrededor de temas fundamentales lo que permitió superar el trauma de la Guerra Civil y aplacar el odio de las dos Españas enfrentadas históricamente. Con los años hemos venido a descubrir que ese enfrentamiento entre derechas e izquierdas, a costa del reformismo moderado, no estaba finiquitado y que, como la mala hierba, ha vuelto a resurgir por los intereses particulares de los que quieren conquistar el poder o perpetuarse en él de forma indefinida.
Por qué alguien decide alimentar el odio por intereses electorales está claro. El odio conduce al fanatismo y a la cerrazón mental. Eso hace que las adhesiones a un líder o a unas siglas ya no obedezcan a motivaciones racionales, sino a la obcecación. Se trata de ser del Betis «manque pierda». Lo vemos en los Estados Unidos de Trump. Ni siquiera tres atentados a la vida del presidente inducen en ese país de locos a reflexionar un segundo sobre si la accesibilidad universal a las armas tendrá algo que ver con los sucesos. Se podrán oír críticas a la eficacia del servicio secreto o al deterioro mental de los atacantes, pero las armas están fuera del debate, como si de un tabú religioso se tratara.
También la escasa izquierda radical que va quedando en el mundo occidental, básicamente en España y de alguna forma en Brasil y Colombia, intenta nublar con propuestas populistas y la inestimable ayuda de Donald Trump el juicio de sus partidarios. La izquierda parte de la premisa de que son más numerosos y, por lo tanto, saldrán ganando en cualquier confrontación a cara de perro. Tiran del resentimiento de los arrendatarios frente a los arrendadores, de los empleados frente a los empleadores, enfrentan unos vecinos contra otros a cuenta de los apartamentos turísticos, o a unos españoles contra otros otorgando privilegios fiscales a discreción.
El caso es que les funciona de momento. Trump gobierna en Estados Unidos y Sánchez en España con el guerracivilismo como estrategia. Ambos han montado una eficiente fábrica de extremistas.
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