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Opinión | Pasando la Cadena

Jugar o juguetear

Luis Enrique da órdenes en el banquillo de Stamford Bridge, durante el último Chelsea-PSG de la Champions League

Luis Enrique da órdenes en el banquillo de Stamford Bridge, durante el último Chelsea-PSG de la Champions League / EFE

En la primera infancia jugueteamos sin orden ni concierto a cualquier cosa para entretenernos. Las reglas se improvisan y a veces responden a la conveniencia de los mandones. Experiencias que nos sirven para jugar a ser mayores cuando nuestros actos tienen consecuencias.

Y es entonces cuando aprendemos que hasta los juegos están reglados y responden a la lógica de cualquier otro aspecto de la vida, donde suele irles mejor a los más preparados y a quienes se adaptan mejor a los tiempos y circunstancias.

El otro día pregunté a unos amigos si alguien dudaba de la calidad de Mbappé. Ante su negativa, les recordé que, sin embargo, el PSG ha vivido su mejor temporada tras la marcha del francés al Real Madrid. Paradoja que nos sitúa ante la enorme labor de Luis Enrique en París. Guste más o menos su personalidad o querencia, el asturiano ha engarzado a una veintena de jugadores en un equipo campeón en la pasada temporada que sigue aspirando a todo en la presente.

Su partido de la semana pasada frente al Bayern nos ha puesto de acuerdo en que fue un homenaje al fútbol. Jugaron al fútbol unos y otros en lugar de juguetear a la pelota, que es la diferencia. Porque en Munich, también Kompany ha logrado enjaretar un equipo campeón con los restos de lo que ya era un gran conjunto, con el goleador Kane y el arquitecto Kimmich a los mandos. Y eso, tras aprender la pasada temporada, con el repaso que les dio el Leverkusen de XabiAlonso en la Bundesliga —la ganaron sin perder un solo partido—, que solo con grandes nombres no se logra jugar bien si no corren todos al unísono con idéntico propósito: ganar por encima de las individualidades.

Y eso es lo que intentó Xabi en el Madrid a principio de esta temporada, aunque nunca sabremos cómo hubiese terminado. Pero, como denunció Cervantes en su legendario Quijote cuando pretendía a Dulcinea: “con la Iglesia hemos topado, Sancho”. Venía a decir que tropezaban con una autoridad poderosa que les impedía su propósito.

FlorentinoPérez, en su desmedido afán futbolero, ficha, despide, opina e impone sus gustos en el Madrid con más o menos acierto. Pasiones y desvaríos de un aficionado distinguido con vitola de mandamás incontestable. Y con Xabi, que no era su primera opción y ni siquiera estaba convencido de su fichaje, se dejó llevar en una rara concesión por los criterios de algunos subordinados. El resultado ya es historia blanca. Un cese anunciado desde que el técnico osara poner los objetivos del equipo por encima de los individuales, por muchos tres años que tuviera de contrato.

El inicio de reconstrucción de la plantilla merengue que el tolosarra pretendía, el presidente lo entendió como titubeos de alguien todavía verde para manejar el vestuario de un club tan exigente. Una institución donde los egos dominan el paisaje. El primero el del propio Florentino y a continuación los de sus jugadores preferidos. El caso Vinicius se llevó por delante el buen vestuario de Ancelotti el pasado año, cuando el fallido Balón de Oro, y se ha llevado también el empeño de Xabi. Un proyecto tan ilusionante como necesitado de tiempo para materializarse. El que han tenido Luis Enrique y Kompany en París y Munich, e incluso Arteta en Londres.

Esta semana sabremos los finalistas de la presente Champions, pero lleguen quienes lleguen —¡suerte al Atleti de Simeone!— , el fútbol ha iniciado otra forma de jugarlo, que tampoco es revolucionaria. El fútbol total que iniciaran el Ajax y la Holanda de Cruyff cabalga de nuevo. Más físico y más veloz, sí, y más táctico, también, pero muy parecido en cuanto a la solidaridad y perpendicularidad de los jugadores en todo el campo y hacia el marco contrario.

Así, el juego posicional y el del toque y retoque hasta encontrar un hueco ha mutado en un correcalles continuo hacia el gol. Y eso gusta a la grada y a las televisiones, donde residen quienes pagan. El cinco a cuatro de París fue el inicio y el retorno al maravilloso espectáculo del fútbol. Se repetirá pronto o no, pero ya no hay vuelta atrás. O eso quisiéramos muchos. El futuro, como el pasado, son los goles.

Siempre habrá goleadores excelsos, pero se trata de que haya más que marquen a favor y que todos, ¡todos!, corran para evitar los del contrario.

Es decir, jugar para todos y no juguetear para algunos.

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