Opinión | LAS FUERZAS DEL MAL
El que no vote
El que no bote es, siempre, el otro

Una imagen del España - Egipto. / Jordi Cotrina
Tengo un pasado de terceros tiempos. El tercer tiempo no es un estado metafísico de esa cuarta dimensión a la que Machín le decía que no marcara las horas, ni un ánimo de Proust de encontrar lo perdido entre caminos distintos que llevaban al mismo sitio. El tercer tiempo es, tras el primero y el segundo, las partes en las que se divide un encuentro de rugby, porque en el rugby te encuentras: primero a cara de perro, físicamente, y luego, cuando el equipo de casa da de comer y beber al equipo visitante y, de paso, se aprovecha para limar asperezas entre iguales que han sido contrarios durante ochenta minutos.
He asistido a terceros tiempos espectaculares de comida y bebida donde no se ha hablado de nada y a otros donde, con una simple olla de macarrones con tomate y atún y cerveza a chorro, hemos acabado más amigos que marranos. Ahí sí el tercer tiempo ha sido un estado metafísico, sobre todo porque no te acuerdas de lo que sucedió anoche; pero mientras se llega a ese estado interdimensional, se ha comido, se ha bebido, se ha acabado desnudo y se ha cantado eso de «maricón el que no bote». Antes de salir del armario yo botaba también, pero llegó un día en que decidí dejar de botar, también porque en el rugby, al menos en los equipos en los que he estado, he podido eso, estar, lo que me ha permitido, luego, ser, a mi tiempo y a mi modo, y nadie allí me ha excluido por eso.
El que no bote. El que no bote es, siempre, en la broma del tercer tiempo de rugby o en la seriedad camorrista de las hinchadas de fútbol, el otro. En toda broma siempre hay algo de broma, pero no sé si en la seriedad de señalar a un adversario con el que no te vas a ir a tomarlas luego, pavimentamos el camino para convertirlo en enemigo. «Musulmán el que no bote» era un intento de insulto, aunque el diputado de Vox en las Cortes catalanas haya intentado buscar una negación plausible, un «no hay pruebas» que le ha salido por la culata porque ha acabado amenazando veladamente a otra diputada, además ausente, con la extradición. Se ha tenido que disculpar, sin pena de multa y suspensión, pero terminando con una regla de nacionalidad curiosa: «España cristiana y nunca musulmana».
¿Así que una representante electa no es española por su religión? ¿A pesar del DNI? ¿A pesar de la ley? ¿Este es el plan? Dicen que los españoles primero, pero con esta gente el concepto de nacionalidad es indeterminado, así que no sabemos exactamente quién se pone el primero de la fila, sobre todo siendo ellos los que guardan la vez. No basta que hayas nacido o vivido aquí, o que después de estar aquí hayas llegado a ser de aquí. Para ser español de primera, no serás ni de piel extraña, ni de afecto distinto, ni de un dios ajeno, o un sindiós, ni de izquierdas, ni de lo que a ellos, en el timón de la ley y del gobierno, se les figure en el momento.
Sabiendo esto, me sale del alma: tiene toda la pinta de que terminará siendo extranjero el que no vote, ahora, cuando toque.
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