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Opinión | El retrovisor

Tardes de mayo

Martes de mayo

Martes de mayo / Aparicio

Decíamos ayer -vano remedo de Fray Luis de León- que mayo huele a iglesia, a cera y a azucenas, con profundos efluvios marianos. Sacramento de la penitencia en la capilla colegial los viernes por la tarde, con sacerdotes aquejados de halitosis o de sordera, y mes de las flores con ofrendas a María.

Mayo también olía a pólvora en aquellos años del bachillerato elemental. Las aulas se contagiaban del orgullo patrio y de las soflamas de Andrés Torrejón, alcalde de Móstoles, y de frailes excautivos de la horda roja, que en sus arengas docentes agitaban los brazos haciendo tronar el cañón contra el gabacho invasor.

Sí, señores, sí: yo estuve allí, en el Parque de Monteleón, arrimando munición al armón que arrastraban Pedro Velarde, Luis Daoíz y el teniente de infantería Ruiz, mientras jaleaban al pueblo de Madrid, que se defendía de la carga de mamelucos y dragones con la faca, el tiesto desde la ventana o la pica de castigar toros bravos.

Y aquel fraile, bajo de estatura, cetrino, de pelo enratonado y oculto tras sus gruesas gafas de pasta, se enardecía por momentos. Mamaba la gloria al nombrar a los que dieron su vida por la patria y las canalladas a las que el francés sometió al noble pueblo español. El retrato de Franco (de Jalón Ángel, por supuesto) se iluminaba al cantar las gestas patrias, al hablar de Trafalgar -allí empezó todo. El almanaque con los fusilamientos de La Moncloa, de don Francisco de Goya, volvía a cobrar vida.

El modesto marista señalaba la bandera, defenestraba al corso y apelaba a Pepe Botella como intruso y usurpador. ¡Ah! Si don Benito Pérez Galdós lo hubiese visto tan pequeño sobre la tarima y con tan altos ideales… La sombra de las invencibles águilas palidecía ante la llegada de la enseña rojigualda: bandoleros, curas, militares y pueblo en definitiva se lanzaron a la lucha desigual contra el invasor.

Felipe se llamaba el que ejercía el magisterio, el que nos hacía calar la bayoneta en imaginarias ofensivas contra el liberalismo impío y las corrientes afrancesadas que ponían en peligro los sagrados destinos de España. Los barboquejos ajustados, las jacas listas, revisadas las herraduras y bien ceñidas las sillas; el herrumbroso sable de nuestros gloriosos antepasados, limpio y listo para cargar en los campos de Castilla, de Cataluña, de Aragón o de Extremadura.

¡Guerra y cuchillo! ¡Al trote! ¡Al galope! ¡A la cargaaaa!

A Wellington ni nombrarlo: que nos devuelvan Gibraltar. Y ante los muros derruidos de Zaragoza, el buen fraile levitaba sobre el cañón de Agustina de Aragón, aparecía y desaparecía entre el humo de las explosiones, señalando con el dedo las posiciones del enemigo, que una vez más se batía en retirada mostrando el trasero a los héroes que, orgullosos, galleaban entre ruinas y muertos.

Gabrielillo de Araceli, creado por don Benito en la batalla de Arapiles, se convertía en una sombra ante la elocuencia imponente del maduro religioso, que repetía una y otra vez las palabras del valeroso Álvarez de Castro: «¡No quiero trato ni comunicación con los enemigos de mi Patria!».

Yo estuve en Aranjuez, en Bailén, en las guerrillas del Cura Merino, de Milans del Bosch y del Empecinado; en Gerona y en Valencia con los de Murcia, con Palafox y con Espoz y Mina…

En mayo siempre será la Guerra de la Independencia, siempre será aquel profesor que hablaba, al atardecer, de las gestas heroicas de España, que se elevaba hablando de las glorias alcanzadas, de la sangre derramada, de un conflicto bélico fruto del orgullo y la dignidad, aunque para ello tuviéramos que pagar el precio de quedar como nación atrasada, alejada de las nuevas ideas que harían progresar a Europa y dejarían a nuestro país arrinconado y desmembrado su imperio.

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