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Opinión | El que avisa no es traidor

La hidra nacionalcatólica

Cartel de Emaús.

Cartel de Emaús.

Es chocante que con un Gobierno medianamente progresista que procura algunos tímidos avances sociales, sin asustar demasiado a los reales detentadores del poder, se establezca con suficiente solidez en la sociedad una corriente ciudadana ultraconservadora que se manifiesta políticamente en forma de varios partidos parafascistas y se trasluce socialmente con una multiplicación de movimientos religiosos integristas, mayormente de la esfera católica.

Corresponde a sociólogos, psicólogos sociales y otros estudiosos revelar las causas de esa novedad sociopolítica, entendiéndola así puesto que no se daba nada parecido en España desde la época de la santa y adorada Transición. Parece conformarse el fantasma de un nuevo nacionalcatolicismo, salvando las distancias con aquel régimen primigenio en el que la simbiosis de Iglesia (católica) y Estado dictatorial fue casi total y parecía ser eterna.

Con todas las diferencias que haya obligatoriamente que observar entre aquellos tiempos y estos, resulta innegable que la surgencia de corrientes autoconsideradas apostólicas —es decir, dedicadas fundamentalmente al proselitismo y al adoctrinamiento— cobra cada vez más fuerza pública en la vida social.

Precisamente, contra esas corrientes fue indirectamente el hiératico líder de los Santiago y cierra España cuando criticó agriamente a la cúpula episcopal por mostrarse esta favorable a la regularización de inmigrantes en curso. Pues resulta que las tendencias católicas de que se habla son más papistas que el papa (por eso son católicas) y, consecuentemente, acatan las directrices que expresan los prelados reunidos en su Conferencia Episcopal, que es la que habla oficialmente.

Perdió entonces Abascal una gran oportunidad no solo de parecer más guapo al mantener la boca cerrada sino también de aglutinar en torno a su partido todas esas organizaciones católicas de acendrada tendencia general conservadora e integrista que parecen —lo dicen los institutos de opinión— estar creciendo aceleradamente en España. Se autoidentifican más o menos tanto con el sector de derecha profunda mayoritario en el PP como con los Santiago y cierra España y los acólitos del esperpéntico Alvise.

De forma y manera que, perdida la oportunidad de crear un neo-nacionalcatolicismo por la torpeza de su posible líder, parecería que eso ya no sería posible tras alinearse oficialmente la cúpula episcopal con la legalización de más inmigrantes. Sin embargo, resulta discutible esto último, habida cuenta de que, a pesar del pronunciamiento reciente de los monseñores, un buen número de delegados territoriales del papa de Roma están más cerca de aquel nacionalcatolicismo rancio que estropeó parte de su vida a muchos españoles, contribuyó a reprimirlos e incluso a maleducar a quienes tuvieron la desgracia de pasar por esos colegios religiosos en los que, se viene descubriendo, la pederastia era el pan nuestro de cada día.

No obstante, aunque el imitador político del Cid Campeador cometiera la torpeza reseñada, es irrefutable el hecho de que los movimientos católicos nuevos —Hakuna, Emaús, Effetá y otros— experimentan un reventón primaveral que no es climático sino político, espoleados por el auge del pensamiento y medios reaccionarios o de extrema derecha tan en boga en muchos países.

Siguen el ejemplo público de los pioneros «kikos» —Camino Neocatecumenal—, que tuvo tremenda expansión merced a la protección vaticana en el larguísimo mandato del papa polaco, ocupando profusamente parroquias, con la aquiescencia de sus curas, y creando negocietes académicos de dudosa prestancia en connivencia con autoridades políticas acordes. Pero esto no hace falta explicarlo en Murcia; obviamente, es bien sabido.

Esta hidra católico-política con más de siete cabezas —también el Opus Dei de San Josemaría sigue, oculto, influyendo— constituyen un panorama social en algunos sitios —es obvio dónde— con poco que envidiar en influencia a aquel nacionalcatolicismo de la Oprobiosa, aunque ahora no sea de forma unitaria ni unidireccional. Pero cuando esto ocurre, a la hora de la verdad, en España ya sabemos lo que puede pasar.

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