Opinión | Grullas de papel
El océano sin límites

'La catapulta', Edward Poynter
Palabras de muerte
Tanto odiaba Jefté a los amonitas que por verlos no sólo derrotados, sino muertos y destrozados a sus pies, juró ofrecer a Yavé la primera criatura viva que saliese a su encuentro para darle la bienvenida al hogar después de la victoria. Una joven doncella, la misma hija del gran juez de Israel, salió cantando y bailando para recibir a su padre, vencedor. Y este cumplió el voto prometido.
La paz de los mares
El mar embravecido por los temporales hubiera destrozado la armada de Agamenón antes de que este hubiera podido llevar a cabo su carnicería en Troya. Pero entonces el Atrida, pastor de hombres, mandó sacrificar a Ifigenia, su propia hija. Los dioses, aplacados, calmaron las aguas.
Cuando la guerra de Troya terminó, Idomeneo volvió a Creta con sus barcos. El valiente, el héroe de los combates, tuvo miedo del mar. Por un feliz regreso, a salvo de las tempestades, el rey de Creta prometió a los dioses la vida del primer ser que le diera la bienvenida. Así murió el príncipe Idamante, su hijo. Cumplida la promesa, la peste se abatió sobre el reino para castigar el parricidio e Idomeneo huyó como un paria, perseguido por los hombres y los dioses.
—El mar, antiguo y violento, socava los pilares de la tierra. Así decía Borges.
Ojo por ojo
En cierta ocasión que habíamos huido de los bagaudas, nos encontramos con Aviano, quien a su vez se había refugiado en la villa fortificada de nuestro amigo Teodosio. Como nos sentíamos escasamente a salvo de los violentos huracanes con que el destino golpeaba la Galia y desesperábamos de la idea de volver a ver Roma, Aviano, hombre bueno y sabio, consoló nuestros corazones privados del sueño narrándonos fábulas, todas recitadas de memoria pues hasta allí había llegado con lo puesto y tenía razones para pensar que su biblioteca había perecido en los tumultos. Una de aquellas fábulas, muy hermosa, refería cómo los dioses querían entretenerse y hacer apuestas sobre las cosas tan tontas que hacen los mortales. Habiendo celebrado la paciencia del santo Job, Yahvé y Satán adoptaron la forma de Zeus y Apolo; abandonaron pues el monte sacro de Sión para acometer la ascensión del Olimpo. Desde allí, siguiendo el mandato divino, para mayor solaz y divertimiento del Padre de los dioses y de los hombres, Apolo descendió entre dos personas que se odiaban. Se presentó como enviado por aquel que pastorea las nubes, y anunció su intención de arbitrar y mediar en las disputas. Generoso como sólo un inmortal puede serlo, les prometió cuanto quisieran, a condición de que el primero que hablara habría de aceptar que el otro recibiría el doble. El deseo excitaba a ambos, pero la envidia refrenaba sus lenguas. Finalmente, Apolo, impaciente, les apremió a hablar. Uno de ellos dijo, al fin, que deseaba que el dios le arrancara un ojo. Así vería a su rival caminar ciego por la tierra el resto de sus días. Sonrió el bello Apolo, el maestro de las musas, ante semejante atrocidad. Sacó el cuchillo con el que antaño desolló a Marsias por una apuesta, y cumplió aquello que tan piadosamente le había sido solicitado.
Teodosio sonrió. Tenía otro libro en la mano, entonces leyó en voz alta: “¿De qué sirve a un hombre ganar todas las riquezas del mundo si pierde su alma?”.
Al mismo tiempo que lo cerraba, cantó el gallo.
La máquina de matar
Con una exhaustividad pasmosa describe Flaubert el funcionamiento de la maquinaria destinada al asedio de Cartago en su novela Salammbó. Su prosa sigue siendo de artista, pero también de arqueólogo e incluso de artillero. Brotan páginas enteras donde el protagonismo es para la catapulta, que goza de toda la atención del narrador, muy por encima de la que reciben los servidores del arma mortal, carne de cañón, puñado de mercenarios destinados a morir. Flaubert vio claramente que en adelante viviríamos bajo la sombra del automatismo, de la maquinaria de engranajes precisos. La brutalidad del hombre en armas unida a la frialdad del instrumento de precisión. La técnica calculará tensión, peso, distancia y velocidad. En el altar de la ciencia se sacrificará la inteligencia y la piedad. Quedará el cuchillo romo, empuñado por el antiquísimo instinto del depredador.

'La catapulta', Edward Poynter. / L.O.
Cartago ante el abismo
En 1868 el pintor Edward Poynter, que había leído a Plutarco, dedicó una de sus obras íntegramente a una catapulta. Fue un forjador de ambientes soñadores y transparentes en los que desfilaban soldados o hermosas doncellas de las antiguas sagas. Pero esta vez no. Las figuras humanas están a los pies del monstruo, gigantesca catapulta. Sobre su estructura de madera alguien ha pintado un texto de maldición: Delenda est Carthago. El hombre está al servicio de la máquina, vela por el correcto funcionamiento de un mecanismo que garantiza la muerte de los defensores de la ciudad y el hundimiento de sus muros.
Pronto está a sonar el toque de degüello que precede al asalto.
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