Opinión | Este humano desorden
La sencilla alegría de vivir
«Las boquillas doradas tenían un estigma de modernidad y las de Lark nos fascinaban porque guardaban en su interior un corazón oscuro, unos pequeños cilindros como semillas de carbón que parecían traídos de una película de extraterrestres»

La sencilla alegría de vivir / L.O.
Juan y yo nos llevamos seis meses y en, no mucho tiempo, vamos a cumplir setenta años. Nos conocimos hace cincuenta y cinco poniendo música en el Casino de Manolo y fumando Lark. Los cigarrillos de Lark eran extraordinarios, un lujo exquisito. Eran los más caros y los que más prestigio tenían. En aquella época, fumar suponía una pequeña ceremonia de rebeldía y arrogancia. Sacabas el paquete del bolsillo de tu camisa y ya, en ese instante, ocurría algo muy chulo, el mundo y tú os volvíais más interesantes. Eso sentías.
Una belleza sofisticada
En aquellos cigarrillos había una belleza sofisticada, de flamante diseño. Las boquillas doradas tenían un estigma de modernidad y las de Lark nos fascinaban porque guardaban en su interior un corazón oscuro, unos pequeños cilindros como semillas de carbón que parecían traídos de una película de extraterrestres. No sabíamos explicarlo, pero fumar aquello no era lo mismo que fumar otra cosa. Había como una inteligencia escondida en ese filtro, era un artificio delicado, como una ilusión de pureza. Encendías uno y, en ese instante exacto, parecías saber de qué servía estar vivo.
El humo filtrado por el carbón de la boquilla no resultaba tan ‘violento’ como el de otros cigarrillos. Era un humo ‘educado’, poseía un aroma dulzón y, sin darte cuenta, empezabas a fumar más despacio, con elegancia, como si el propio cigarrillo te enseñara a saber estar en el mundo y a demorarte en la vida.
¡Qué bien nos demorábamos en la vida entonces, haciendo aquello y escuchando la música que poníamos en la máquina de discos! Echábamos una moneda de duro por la ranura brillante y poníamos Long Cool Woman de los Hollies o Sweet Home Alabama, y cada calada escuchando esa música era un pequeño acto de grandeza. El humo ascendía, se deshacía en el aire, y tú te quedabas un segundo mirando cómo se borraba, como si en esa disolución hubiera una enseñanza secreta sobre lo que de verdad importa, y sobre todo había un halo cinematográfico en aquello.
Las jukeboxes
Algo parecido nos ocurría con las canciones. La música entonces no estaba en todas partes, sino en lugares concretos a los que había que ir como quien va a una fuente a beber. Tú llevabas en el bolsillo cuatro o cinco monedas de duro que te había dado tu madre esa tarde, redondas y perfectas, a veces muy nuevas y brillantes, y las hacías sonar entre los dedos antes de entregarlas para comprarte música o tabaco.
Las jukeboxes, así se llaman aquellas máquinas tan vistosas y consideradas última ola, estaban siempre esperándote con las carátulas de los singles pegadas con chinchetas en la pared. Había en ellas el señuelo de una preciosa luz interior que latía como un tesoro. Tenían también algo de altar y escaparate y, dentro, perfectamente alineados como pequeñas promesas circulares, los discos aguardaban su turno, cada uno con su canción de tres minutos. Entonces tecleabas y tú elegías con un gesto lleno de importancia, como de muchacho seguro de sí mismo. Pulsabas en los botones las letras y números correspondientes de tus canciones preferidas, que ya sabías de memoria, y el mecanismo despertaba como un alien y un brazo de plástico iba a buscar el disco correcto. Y mientras sonaba Algo de mí de Camilo Sesto, por ejemplo, a lo mejor te mirabas una muñequera que te habías comprado aquella mañana de lunes en el mercado de la Glorieta, y el mundo entero estaba allí suspendido, como si el tiempo mismo hubiera contenido la respiración para admirar todo lo que estabas haciendo.
Había un orden secreto en esas tres canciones que podías elegir por cinco pesetas. Eran una sucesión de estados de ánimo, un pequeño relato que escribías sin darte cuenta. Unas eran alegres, otras dolían un poco. A veces servían para mirar desde la nostalgia a alguien o algo que había en tu corazón y en tu cabeza, para decir con música lo que no sabíamos decir de otro modo.
Fumar y escuchar aquellas canciones era una sencilla manera juvenil de expresarnos, de hablar sin palabras. Y alrededor de aquellas elegantes jukebox, se creaba una especie de concreción en la que algo tenía sentido, incluso la propia vanidad y orgullo adolescentes tenían sentido, un sentido. Y luego el brazo devolvía el disco a su sitio con una delicadeza casi triste, como quien guarda algo que le ha gustado mucho en ese papel fino y encerado con que se envuelven los dulces en las pastelerías. Y quizá por eso metías otro duro, por recuperar esa porción de felicidad que cabía en tres canciones.
Juan y yo
En ese ambiente nos conocimos Juan y yo en 1969 o 70. Descubriendo Come Together de los Beatles, Proud Mary de los Creedence, Con su blanca palidez de Procol Harum, Smoque on the Water de Deep Purple. Descubriendo a The Animals, a los Bee Gees, a Gran Funk Railroad; todas aquellas canciones cuya letra no entendíamos, pero eran pequeños mundos de tres minutos donde cabía el amor, el verano y los sueños que nunca se cumplieron del todo.
En aquella época, y después también, Juan y yo fuimos siempre muchachos con la risa fácil. Luego la vida nos fue llevando por lugares distintos. Y ahora, como si el tiempo solo hubiera sido una curva que había que tomar sin derrapar y nos hubiera reunido de nuevo, seguimos viéndonos para andar las sendas de las montañas del Noroeste de Murcia y nos emocionamos con la luz del sol y con las cumbres y buscamos los hitos de piedra de los montes, y vamos hablando un poco de todo lo que ha pasado desde que poníamos música en el Casino de Manolo.
Hacemos todo eso bajo esa claridad que desciende del cielo y parece no haber cambiado nunca, ser la misma de siempre. A veces nos detenemos sin motivo, solo por el gusto de estar ahí, sentados a la sombra de un pino o en el lapiaz del suelo. Y luego volvemos y nos duchamos en el Poli y el agua caliente cae a chorro sobre los hombros de nuestra ‘segunda piel’, y durante esos minutos todo parece igual que ha sido siempre: la misma forma sencilla de estar vivos, la misma alegría de existir y el recuerdo de entonces que tenemos ahora.
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